Una perra casi murió atrapada en un frasco, pero lo que llevaba dentro escondía una razón desgarradora

UNA PERRA CASI MURIÓ ASFIXIADA POR UN PEDAZO DE PAN… PERO CUANDO LA LIBERAMOS, DESCUBRIMOS PARA QUIÉN ERA REALMENTE.

Golpe.

Silencio.

Golpe.

Apagué la motocicleta y levanté el puño para que los otros cinco hicieran lo mismo.

El ruido llevaba varios minutos siguiéndonos por aquel camino forestal de las montañas de Coahuila. Al principio pensé que era una botella movida por algún animal.

Pero cuando los motores quedaron en silencio, volvió a escucharse.

Golpe.

Pausa.

Golpe.

—Eso no es un pájaro —dijo Elena, quitándose el casco.

Elena tenía 44 años y era la más baja del grupo, pero también la que mejor oído tenía para cualquier ruido extraño.

Nos metimos entre los árboles siguiendo el sonido.

Yo esperaba encontrar a una persona herida, una lata atrapada entre unas ramas o algún animal pequeño.

Lo que apareció detrás de un cedro nos dejó inmóviles.

Era una perra atigrada.

Tenía la cabeza completamente atrapada dentro de un frasco grande de vidrio.

Caminaba tambaleándose.

El frasco golpeaba contra los troncos mientras ella avanzaba casi a ciegas. Cada choque producía aquel sonido que habíamos escuchado desde el camino.

Su respiración había empañado el vidrio.

Apenas podíamos ver sus ojos.

Cuando escuchó nuestras botas intentó correr, pero el frasco chocó contra un árbol y la tiró de lado.

Se levantó.

Volvió a caer.

Y aun así siguió intentando avanzar en la misma dirección.

Noroeste.

—No la persigan —dijo Roberto—. Vamos cerrándole el paso.

Nos abrimos formando una línea para evitar que llegara a una zona de piedras.

Después de unos metros, sus patas dejaron de responder.

Se desplomó junto a un tronco caído.

Me arrodillé y sujeté el frasco para que no volviera a golpearla.

Su lengua estaba oscura.

Tenía saliva pegada por todo el interior del vidrio.

Roberto le tocó el pecho.

—El corazón va demasiado rápido.

Intentamos retirar el frasco.

No se movió.

La abertura había pasado sobre sus orejas cuando metió la cabeza, pero ahora la inflamación impedía sacarla.

Elena trajo el pequeño botiquín que llevábamos para emergencias.

Protegimos el cuello de la perra, cubrimos el vidrio y usamos un poco de aceite alrededor del borde.

Nada.

Entonces su pecho dejó de moverse durante un instante.

Roberto me miró.

—Hay que romperlo.

Yo había roto cristales antes para ayudar en accidentes de carretera.

Nunca uno que rodeara los ojos, las orejas y el cuello de un animal.

Cubrimos completamente la cabeza de la perra.

Apoyé una herramienta contra la parte más gruesa del frasco.

—Sujétenla.

El vidrio se quebró.

Fuimos retirándolo pieza por pieza.

Cuando salió el último fragmento, la perra aspiró aire con un sonido áspero y cayó sobre mis botas.

Roberto vertió agua en su mano.

Ella giró la cabeza.

Elena abrió una bolsa con un poco de pollo.

También lo rechazó.

—Está demasiado mal —dije.

Pero entonces vimos sus ojos.

No miraban el agua.

No miraban la comida.

Miraban los pedazos del frasco.

La perra comenzó a arrastrarse hacia ellos.

—No, pequeña.

Puse mi brazo delante.

Ella soltó un gemido bajo y rascó la manta donde habíamos colocado los cristales.

Algo seco se movió debajo.

Elena frunció el ceño.

—Quiere algo que estaba dentro.

Metí la mano con cuidado entre los pedazos cubiertos.

Encontré una pequeña corteza.

Era el extremo duro de una rebanada de pan blanco.

Estaba seco, sucio y apenas medía unos centímetros.

Lo levanté.

La perra lo tomó suavemente con los dientes.

Y volvió a mirar hacia el noroeste.

Roberto puso agua delante de ella otra vez.

La ignoró.

Elena acercó el pollo.

Nada.

La perra intentó caminar con aquella corteza todavía entre los dientes.

Dio seis pasos.

Cayó.

La levanté.

Pesaba mucho menos de lo que debería. Su pelaje ocultaba el daño, pero podía sentir cada una de sus costillas.

—Tenemos que llevarla a una clínica —dijo Roberto.

Tenía razón.

Sus encías seguían oscuras y respiraba con dificultad.

La cargué contra mi pecho y comencé a caminar hacia las motocicletas.

La reacción fue inmediata.

La perra empezó a forcejear.

Con una pata golpeó mi pecho.

—Tranquila.

Volvió a hacerlo.

Entonces giré hacia el bosque.

Se quedó completamente quieta.

Elena lo vio.

—Camina otra vez hacia el camino.

Lo hice.

La perra luchó.

Giré hacia los árboles.

Se calmó.

Los seis nos miramos.

—Quiere llevarnos a algún sitio —dijo Roberto.

Delante de nosotros había ramas, espinos y una pequeña barranca sin sendero.

La perra apenas podía levantar la cabeza.

Pero todo su cuerpo apuntaba hacia allí.

Improvisamos un collar suave con un pañuelo.

Yo la cargué mientras los demás apartaban ramas.

La perra se convirtió en nuestra brújula.

Cuando tomábamos una dirección equivocada, levantaba el hocico y movía las patas.

Cuando corregíamos, descansaba.

Veinte metros después encontramos una marca curva sobre barro rojizo.

Tenía exactamente el ancho del frasco.

Dentro había pequeños fragmentos de vidrio.

Junto a la marca había una huella ensangrentada.

Seguimos avanzando.

Algunos troncos tenían raspaduras a pocos centímetros del suelo.

El frasco había golpeado aquellos árboles.

Pero había algo todavía más extraño.

Las marcas iban en ambas direcciones.

La perra había recorrido aquel camino más de una vez.

Un poco más adelante vi una huella pequeña.

Mucho más pequeña que la suya.

Me agaché.

Luego encontré otra.

Y otra.

Roberto se quedó mirándolas.

—Son de cachorro.

Nadie dijo nada durante varios segundos.

La perra bajó la nariz hacia aquellas huellas.

El pan casi tocó el barro.

Ella levantó rápidamente la cabeza para no ensuciarlo más.

Entonces entendimos que esa corteza no era para ella.

Seguimos caminando más rápido.

Llegamos hasta el cauce seco de un arroyo.

Debajo de un árbol encontramos un recipiente metálico viejo y aplastado.

—Aquí alguien dejó comida alguna vez —dijo Elena.

La perra emitió un sonido corto.

Después otro.

No parecía un gemido de dolor.

Parecía una llamada.

Desde los árboles llegó una respuesta.

Muy débil.

Pensé que era un pájaro.

Entonces volvió a escucharse.

Cuatro sonidos pequeños.

La perra intentó saltar de mis brazos.

Nos metimos entre los cedros.

Las ramas nos golpeaban los hombros.

Cada vez que nos deteníamos, la perra llamaba.

Y desde algún lugar respondían.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio