Cuatro voces.
Habíamos recorrido algo más de doscientos metros desde el frasco.
No parecía una gran distancia.
Pero para una perra desnutrida, con un recipiente de vidrio alrededor de la cabeza y casi sin oxígeno, debió de ser interminable.
Encontramos más arañazos.
También sangre.
La almohadilla de una de sus patas estaba abierta.
Aquella perra no había recorrido el trayecto una sola vez.
Había ido y regresado.
Varias veces.
Finalmente llegamos hasta un árbol enorme que había caído hacía tiempo.
Las raíces levantadas habían dejado un hueco oscuro entre la tierra y las piedras.
Había hojas y un pedazo de tela vieja cubriendo la entrada.
La perra comenzó a temblar.
La bajé.
Intentó caminar.
Cayó.
Entonces se arrastró los últimos metros.
Todavía llevaba el pan en la boca.
Una pequeña cara apareció dentro del hueco.
Después otra.
Roberto encendió una linterna.
Había cuatro cachorros.
Dos eran atigrados como su madre.
Uno era negro con el pecho blanco.
El más pequeño era color café claro.
Ninguno salió corriendo.
Apenas tenían fuerza para levantar la cabeza.
La madre se acercó.
Y dejó la corteza delante de ellos.
El cachorro más pequeño intentó morderla.
Era demasiado dura.
Entonces ella sujetó una punta con los dientes y comenzó a humedecer la otra con la lengua.
Empujó la parte blanda hacia el cachorro.
Después hizo lo mismo con los otros tres.
Ella no comió nada.
Nada.
Miré sus costillas.
Su cintura casi desaparecía bajo el cuerpo.
Tenía las patas heridas.
Había estado sin aire.
Y aquella pequeña corteza por la que casi había muerto nunca había sido para ella.
Había metido la cabeza en aquel frasco porque cuatro cachorros esperaban bajo unas raíces.
Elena se giró para ocultar los ojos.
Roberto se sentó sobre los talones.
Yo saqué comida de mi mochila.
—Despacio —advirtió Roberto—. Están demasiado débiles.
Uno de nuestros compañeros regresó hacia el camino para pedir ayuda.
Poco después llegó Karla, una guardabosques de 39 años que conocía bien aquella zona.
Traía agua, alimento para cachorros y una transportadora.
Miró dentro del refugio.
Contó.
—Cinco vivos.
La madre observaba cada movimiento.
Cuando pusimos un recipiente con agua, lo empujó hacia los cachorros.
Solo bebió después de ver beber al más pequeño.
Cuando llegó el momento de llevarlos a una clínica, apareció otro problema.
La madre se puso delante de ellos.
Por primera vez nos gruñó.
No era agresividad.
Era miedo.
No sabíamos cómo había terminado allí ni quién la había dejado.
Pero estaba claro que no confiaba fácilmente en las personas.
Así que seis motociclistas nos sentamos en la tierra.
Nos quitamos los cascos.
Dejamos las manos visibles.
Nadie intentó tocar a los cachorros.
Durante casi veinte minutos no ocurrió nada.
Entonces tomé la corteza de pan.
La madre siguió mi mano con los ojos.
—No te la voy a quitar.
La coloqué dentro de la transportadora sobre una toalla limpia.
Retrocedí.
La perra miró el pan.
Miró a sus cachorros.
Luego tomó una decisión.
Agarró al cachorro más pequeño suavemente por la piel del cuello.
Y lo llevó dentro.
Después llevó al negro.
Luego a los dos atigrados.
Solo cuando los cuatro estuvieron sobre la manta entró ella.
El pan quedó a su lado.
Ni siquiera lo tocó.
En la clínica veterinaria descubrieron lo cerca que había estado de morir.
Su nivel de oxígeno era peligrosamente bajo.
Tenía deshidratación severa, anemia, parásitos y muy poca azúcar en la sangre.
Pesaba apenas 17 kilos cuando, por su tamaño, debería haber pesado alrededor de 25.
Su cuerpo había empezado a consumir sus propios músculos.
Aun así había seguido produciendo leche.
La veterinaria, Mariana, negó lentamente con la cabeza después de revisarla.
—Les ha dado prácticamente todo lo que tenía.
Los cachorros también estaban deshidratados y por debajo del peso esperado.
El más pequeño apenas podía sostenerse.
Colocaron a la madre en una zona con oxígeno.
Pero cuando separaron a sus cachorros, empezó a luchar.
Su respiración empeoró.
La doctora cambió el plan.
Pusieron a los cuatro cachorros justo al lado, separados por una pared transparente.
Cuando la madre pudo verlos, se acostó.
Un técnico le ofreció comida.
Ella tomó un poco.
Después caminó hasta la pared e intentó empujar el alimento hacia sus cachorros.
No podía atravesarla.
Soltó un gemido.
—Cree que todo lo que come les pertenece a ellos —dijo Elena.
Aquella misma tarde, Karla nos llamó desde el bosque.
Habían encontrado el lugar exacto donde estaba el frasco.
Había una bolsa de basura rota, platos desechables y varios recipientes vacíos.
En el fondo del frasco había estado aquella corteza.
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