Una niña de cuatro años interrumpió su cita a ciegas y dijo algo que le cambió la vida

Sofía contó chistes que apenas tenían sentido.

Javier se rio de todos.

Laura empezó a relajarse.

Hablaron del trabajo.

De películas antiguas.

De comida.

Javier confesó que apenas sabía cocinar.

—Puedo hacer huevos. A veces.

—Eso no cuenta —dijo Laura.

—También puedo calentar tortillas.

—Eso cuenta todavía menos.

Sofía se rio tan fuerte que casi tiró su vaso.

Laura contó que cocinar era una de las pocas cosas que la ayudaban a desconectarse después de un turno difícil.

—Mi mamá hace las mejores enchiladas del mundo —aseguró Sofía.

—Esa es una afirmación seria —respondió Javier.

—Y también pastel de chocolate.

—Eso mejora mucho su currículum.

Laura volvió a reír.

Javier se sorprendió pensando que aquella cena, que una hora antes parecía un fracaso completo, estaba siendo una de las mejores que recordaba.

En algún momento, la conversación llegó al padre de Sofía.

Javier no quiso preguntar demasiado.

Fue Laura quien lo explicó.

—Se fue cuando yo estaba embarazada.

Javier guardó silencio.

—Dijo que no estaba preparado para ser papá. Desde entonces prácticamente no sabemos nada de él.

—Lo siento.

—Al principio fue difícil.

Laura miró a Sofía, que estaba concentrada en terminar su comida.

—Pero salimos adelante.

—Parece una niña feliz.

—Lo es. Aunque a veces pregunta por qué otros niños tienen papá y ella no.

Javier no supo qué responder.

Laura sonrió con cierta tristeza.

—Intento ser honesta sin hacerla cargar con problemas de adultos.

—Parece que estás haciendo un gran trabajo.

Laura bajó la mirada.

—La mayoría de los días solo intento llegar al final sin sentir que olvidé algo.

—Supongo que eso también cuenta como hacer un buen trabajo.

Cuando terminaron de cenar, Sofía estaba luchando contra el sueño.

Apoyó la cabeza en el brazo de Laura.

—No tengo sueño —murmuró.

Cinco segundos después bostezó.

Javier pidió la cuenta.

Laura inmediatamente intentó detenerlo.

—Al menos déjame pagar lo nuestro.

—Yo las invité.

—Después de hacerte esperar casi una hora.

—Precisamente por eso necesito recuperar mi reputación como anfitrión.

—Javier…

—Laura.

Ella levantó las manos.

—Está bien.

Poco después salieron del restaurante.

—¿Cómo llegaron? —preguntó Javier.

—En transporte público. Pensé que sería más sencillo que buscar estacionamiento por aquí.

Miró a Sofía.

La niña apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Puedo llevarlas.

Laura dudó.

—No quiero seguir aprovechándome.

—No te estás aprovechando.

Finalmente aceptó.

Javier había estacionado su automóvil a pocas calles.

Sofía se quedó dormida casi inmediatamente después de sentarse atrás.

Laura se giró para comprobar que estuviera cómoda.

—Ya cayó.

—Fue una noche intensa para ella.

—Para todos.

Laura miró a Javier.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

—Sí.

Su voz cambió.

—No sabes lo mucho que significa para mí que hayas sido amable con ella.

Javier miró brevemente por el espejo retrovisor.

Sofía dormía con la cabeza inclinada hacia un lado.

—Es una niña increíble.

—Lo es.

—Y tú estás haciendo un gran trabajo.

Laura suspiró.

—A veces es difícil hacerlo sola.

Durante el trayecto hablaron en voz baja.

Laura le contó que Sofía comenzaba a notar cada vez más las diferencias entre su familia y las de algunos compañeros.

Javier, por su parte, habló de su propia infancia.

Su madre había muerto cuando él era pequeño.

Su padre se concentró completamente en el trabajo después de perderla.

La empresa familiar creció.

Javier también creció dentro de ella.

—¿Por eso trabajas tanto? —preguntó Laura.

—Probablemente.

—¿Tu papá sigue trabajando contigo?

Javier negó.

—Murió hace tres años.

—Lo siento.

—Me dejó la empresa.

Guardó silencio unos segundos.

—Desde entonces he intentado cuidar todo lo que construyó. Pero a veces pienso que estoy tan ocupado protegiendo su legado que olvidé construir mi propia vida.

Laura no respondió inmediatamente.

—Supongo que encontrar ese equilibrio no debe ser fácil.

—No.

Llegaron a un edificio de departamentos en una colonia tranquila.

Laura vivía en un espacio pequeño pero cuidado.

Como Sofía seguía dormida, Javier la cargó hasta arriba.

La niña ni siquiera abrió los ojos.

Dentro había dibujos pegados en una pared y juguetes organizados en cajas de distintos colores.

No era una casa grande.

Pero se sentía vivida.

—Puedes dejarla en el sofá —susurró Laura—. En un momento la llevo a su cama.

Javier la acostó con cuidado.

Sofía murmuró algo incomprensible y siguió durmiendo.

Los dos se quedaron mirándola.

—De verdad es especial —dijo Javier.

—Sí.

Laura lo acompañó hasta la puerta.

—Javier…

—¿Sí?

—A pesar de todo, la pasé muy bien.

—Yo también.

—O quizá precisamente por todo lo que salió mal.

—Puede ser.

Javier respiró hondo.

—¿Te gustaría volver a vernos?

Laura sonrió.

—¿Con niñera confirmada esta vez?

—Podemos intentarlo.

Su sonrisa desapareció poco a poco.

—Tengo que decirte algo antes de que decidas.

—Dime.

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