Sofía empezó a hablar a toda velocidad.
—Mamá, él es Daniel. Hoy cumple años y estaba triste y yo no tenía suficiente para el pastel y ahora somos socios del pastel.
Marisol cerró los ojos un instante.
—Sofía…
Daniel intervino.
—Nos encontramos en la pastelería. Su hija tenía cien pesos ahorrados y quería comprarle un pastel. Yo simplemente completé lo que faltaba.
Marisol miró la caja.
—No puedo aceptar algo así.
—Mamá, yo pagué cien.
—Lo sé, cariño.
—Entonces sí es mío.
Daniel casi sonrió.
Marisol volvió a mirarlo.
—Aprecio el gesto, pero esto es demasiado.
—No tiene ninguna obligación conmigo.
Daniel habló despacio.
—Hoy es mi cumpleaños. Su hija me encontró en un momento en el que estaba bastante solo. Quise compartir parte de mi celebración con ustedes. Eso es todo.
Marisol miró a Sofía.
La niña sostenía la bolsa de galletas contra el pecho.
—Y lo invité mañana —añadió.
—¿Qué hiciste?
—Está solo.
—Sofía.
—Tú dices que hay que tratar bien a la gente que está triste.
Marisol se llevó una mano a la frente.
Daniel sacó el papel.
—Le dejé mi número. No voy a aparecer aquí sin invitación. Si usted considera que no es apropiado, lo entiendo completamente.
Marisol tomó el papel.
—Gracias.
—No tiene que agradecerme.
Daniel miró a la niña.
—Gracias a ella, yo también tuve un cumpleaños mejor.
Aquella noche, poco después de las nueve, sonó su teléfono.
Daniel estaba sentado en su departamento, frente a una cena que apenas había tocado.
Número desconocido.
—¿Bueno?
—¿Daniel?
Era Marisol.
—Sí.
—Soy la mamá de Sofía.
—Hola.
Hubo un breve silencio.
—Quería darle las gracias otra vez.
—No fue nada.
—Para nosotros sí.
Marisol explicó que Sofía había estado ahorrando durante meses.
Había dejado de comprar algunos dulces y pequeños juguetes que veía en la tienda.
Incluso había guardado monedas que encontraba en los bolsillos de su mochila.
—No sabía para qué estaba ahorrando —admitió Marisol—. Pensé que quería comprarse algo.
Daniel sonrió.
—Tenía otros planes.
—Sí.
Marisol respiró profundamente.
—También quería disculparme por mi reacción.
—No tiene que hacerlo.
—Soy madre sola. Tengo que ser cuidadosa.
—Lo entiendo perfectamente.
—Sofía no ha dejado de hablar de su “socio del pastel”.
Daniel miró su sala silenciosa.
—Ella tampoco salió de mi cabeza.
—Entonces…
Marisol dudó.
—Si todavía quiere venir mañana, puede hacerlo.
Daniel se enderezó.
—¿Está segura?
—Sí. Será algo muy sencillo.
—Me parece perfecto.
Al día siguiente llegó con un ramo pequeño de flores, helado y un regalo para Sofía.
Había pasado demasiado tiempo pensando qué comprarle.
Al final eligió un juego de colores y materiales para dibujar porque ella había mencionado que le gustaba hacer tarjetas para su madre.
El departamento era pequeño.
Muy limpio.
Había un sofá gastado, una mesa para cuatro personas y varias fotografías familiares sobre una repisa.
Sofía había pegado hojas de colores en la pared.
En una podía leerse, escrito con letras grandes:
“FELIZ CUMPLE, MAMÁ”.
La cena fue sencilla.
Comieron comida que Marisol había preparado en casa.
Después pusieron el pastel en el centro de la mesa.
Sofía apagó las luces.
Encendieron las velas.
Y Daniel cantó cumpleaños con ellas.
Al principio se sintió ridículo.
Después dejó de importarle.
Cuando Marisol sopló las velas, Sofía aplaudió como si estuviera en una fiesta enorme.
—Ahora falta una cosa —dijo la niña.
Puso una vela nueva sobre el pastel.
Daniel la miró.
—¿Qué haces?
—Ayer no tuvo quién le cantara.
Marisol sonrió.
—Tiene razón.
Encendieron la vela.
Esta vez cantaron para él.
Daniel intentó bromear.
No pudo.
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