Podía limpiarse antes y después de la visita.
La familia no tendría que entrar en contacto con otros animales.
Pero había condiciones.
Canela debía terminar su tratamiento.
Los cachorros tenían que crecer un poco más y completar sus revisiones.
Lucía tenía que encontrarse suficientemente estable.
Nadie le dio una fecha.
Pasaron más días.
Canela terminó los medicamentos.
La zona izquierda seguía ligeramente más grande que la derecha, pero ya no estaba caliente y la piel se veía bien.
Podía acostarse sobre ambos lados durante períodos cortos.
Aunque seguía prefiriendo el derecho.
Los cachorros llegaron a las siete semanas.
Corrían por todas partes.
Tiraban de las toallas.
Mordisqueaban la cola de su madre.
Canela ya no era aquella perra aterrada que permanecía de pie toda la noche.
Ahora empezaba a aprender algo nuevo.
Que también podía alejarse cuando estaba cansada.
Tuvimos un pequeño retroceso durante una prueba en una casa tranquila.
Cayó una bandeja metálica al suelo.
El ruido asustó a Canela.
Empezó a buscar desesperadamente a los cachorros.
Forzó un separador.
Corrió de una habitación a otra hasta reunirlos a todos.
No sufrió una lesión seria, pero la zona que había estado inflamada volvió a sentirse algo caliente.
Cancelamos temporalmente la visita al hospital.
Lucía recibió la noticia durante uno de sus tratamientos.
Miró a Canela durmiendo en la pantalla.
Solo hizo una pregunta.
—¿Le duele otra vez?
—Está un poco molesta, pero lo vimos pronto —respondí.
Lucía asintió.
—Entonces que no venga todavía.
Nadie tuvo que explicarle nada más.
La niña que llevaba meses esperando algo que nadie podía prometer se negaba a apresurar a Canela por verla.
Una semana después hicimos otra revisión.
La veterinaria observó caminar a Canela.
Revisó la zona.
Presionó cuidadosamente alrededor del tejido que había estado inflamado.
Canela permaneció tranquila.
Recibimos autorización.
Aquella misma tarde, el hospital confirmó que Lucía también estaba lo suficientemente estable para una visita breve.
Por fin existía un día posible para las dos.
Preparamos la camioneta del refugio.
Los seis cachorros viajaron en dos transportadores.
Canela tenía un espacio acolchado donde podía acostarse sobre el lado derecho.
Yo esperaba que dudara antes de subir, porque sus viajes anteriores habían sido a la clínica.
No lo hizo.
Siguió el olor de sus cachorros y subió lentamente por la rampa.
En el hospital habían preparado dos mantas en el patio.
Lucía llegó en una silla de ruedas.
Llevaba una chaqueta azul clara y un gorro tejido.
Su madre caminaba a su lado.
En la mano llevaba aquella hoja con seis círculos que Lucía había coloreado durante los primeros días de Canela.
Entramos primero con la perra.
Los cachorros permanecieron en sus transportadores.
Lucía y Canela se miraron desde varios metros.
Canela había escuchado la voz de la niña muchas veces a través de las llamadas.
Pero nunca había olido su presencia.
Lucía no extendió la mano.
Hizo exactamente lo que me había visto hacer tantas veces desde la cámara.
Giró ligeramente el cuerpo de lado.
Dejó una mano sobre su propia rodilla.
Esperó.
Canela avanzó un paso.
Se detuvo.
Olfateó.
Avanzó otro.
Hasta que su nariz tocó los dedos de Lucía.
No hubo una escena perfecta.
Canela no saltó sobre ella.
Lucía no la abrazó.
La perra olfateó la manga de la chaqueta, el borde de la silla y el vendaje que Lucía llevaba en el brazo.
Después colocó lentamente la barbilla sobre su mano.
Solo entonces acercamos a los cachorros.
Salieron uno detrás de otro.
Uno intentó subir al reposapiés de la silla.
Otro desapareció debajo.
Dos empezaron a jugar junto a las patas de Canela.
Botón fue la última.
Permaneció unos segundos en la puerta del transportador.
Canela miró hacia atrás.
Botón salió.
Cruzó la manta.
Y colocó sus dos patas delanteras sobre el zapato de Lucía.
La niña soltó una carcajada.
Luego se cubrió la boca, sorprendida por su propio sonido.
Canela levantó la cabeza.
Pero no se alejó.
Se acercó aún más.
Después giró el cuerpo con cuidado.
Y se acostó sobre la manta junto a la silla.
Los seis cachorros quedaron entre ellas.
La visita duró diecisiete minutos.
No podía durar más.
Canela comenzó a mostrar cansancio y las reglas del hospital eran claras.
Lucía no protestó.
Ayudó a contar mientras colocábamos nuevamente a cada cachorro en los transportadores.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Botón fue seis.
Antes de salir, Canela volvió hasta la silla.
Metió el hocico debajo de la mano de Lucía.
La niña acarició el pelo bajo su collar.
Y dijo:
—Yo te vi cuando todavía no podías dormir.
Canela, por supuesto, no entendió las palabras.
Pero no movió la cabeza.
Se quedó allí hasta que toqué suavemente su arnés.
Durante semanas, Lucía había observado cómo una perra aprendía a confiar lo suficiente para cerrar los ojos.
Aquel día, Canela le dio algo que ninguna cámara podía transmitir.
El peso real de una cabeza descansando sobre su mano.
Dos semanas después, los cachorros comenzaron a marcharse con familias temporales y, más tarde, a sus nuevos hogares.
Botón se fue junto con uno de sus hermanos porque todavía lo buscaba cuando algún ruido la asustaba.
Canela se quedó conmigo.
Al principio solo debía ser temporal.
Todavía necesitaba revisiones y una casa tranquila.
Además, cualquiera que la recibiera tenía que comprender que ciertos sonidos podían hacerla buscar cachorros que ya no estaban allí.
Esperé tres meses antes de firmar definitivamente los papeles.
Las primeras noches en mi casa, Canela dormía cerca de un cesto de ropa vacío.
Así que puse dentro seis toallas dobladas.
No porque pensara que las confundía con cachorros.
Simplemente era una imagen familiar.
Durante un tiempo siguió revisando cada habitación antes de acostarse.
Después dejó de hacerlo.
Lucía continuó con sus tratamientos mientras esperaba el trasplante.
Nunca quisimos convertir el encuentro del patio en un final perfecto.
No lo era.
Canela todavía necesitaba controles.
Lucía todavía vivía con incertidumbre.
La vida de ninguna había quedado resuelta de repente.
La cámara del antiguo espacio de maternidad siguió funcionando.
A veces mostraba nuevos animales.
Otras veces una cama vacía.
Lucía continuó entrando al enlace de vez en cuando.
Cuatro meses después regresé al refugio con Canela para una revisión rutinaria.
Pasamos por el antiguo espacio donde había estado con los cachorros.
Canela entró.
Olfateó el separador.
Miró la cama.
Alguien había dejado seis mantas limpias dobladas dentro.
Yo me quedé en silencio.
Esperaba que empezara a buscar.
No lo hizo.
Canela dio dos vueltas.
Bajó las patas delanteras.
Después la cadera.
Esta vez no tuvo que dejar la pata izquierda estirada.
Se acomodó completamente sobre las mantas.
Y apoyó la barbilla sobre una toalla.
En el hospital, por pura casualidad, Lucía había abierto la cámara ese día.
Vio aparecer a Canela en la pantalla.
La niña seguía conectada a la máquina de diálisis.
Canela todavía conservaba una pequeña asimetría en el lugar donde había sufrido aquella inflamación.
Ninguna de las dos tenía una historia sencilla.
Lucía acercó una mano al borde de la pantalla.
Canela cerró los ojos.
Meses atrás, aquella misma cámara mostraba a una madre agotada que no se atrevía a dormir porque creía que debía vigilar a sus seis cachorros.
Ahora la pantalla mostraba algo mucho más sencillo.
A Canela descansando.
Y esta vez, cuando cerró los ojos, ya no necesitaba contar hasta seis.






