Una niña llegó sola a la cita de su madre enferma, pero nadie esperaba lo que revelaría al desconocido

Alejandro miró dentro.

—He visto peores.

Laura soltó otra pequeña risa.

Fue la primera vez que él la vio relajarse.

Preparó algo sencillo mientras ella descansaba.

No intentó actuar como un salvador.

No hizo comentarios sobre dinero.

No ofreció resolverle la vida.

Solo calentó comida, llenó un vaso con agua y se aseguró de que Laura pudiera sentarse sin marearse.

Sofía observaba todo.

—¿Entonces esta todavía cuenta como cita?

Laura cerró los ojos.

—Sofía.

—Pregunto nada más.

Alejandro sonrió.

—Creo que las citas sirven para conocer a alguien.

—¿Ves, mamá?

—No la animes.

—Entonces sí cuenta —concluyó Sofía.

Alejandro se sentó en un sillón frente al sofá.

Tenía varias obligaciones pendientes aquella tarde.

Por primera vez en años, no sintió ninguna prisa por atenderlas.

—¿Por qué aceptaste conocerme? —preguntó.

Laura tomó una cucharada de sopa.

—Una amiga me insistió.

—Respuesta muy romántica.

—Es la verdad.

—La mía es casi idéntica.

Laura sonrió.

—Desde mi separación no he salido con nadie. Entre la escuela, Sofía y todo lo demás, no parecía tener mucho sentido.

—¿Y qué cambió?

Laura tardó en responder.

—Mi amiga me dijo que sobrevivir no podía convertirse en mi única rutina.

Alejandro asintió lentamente.

Entendía esa frase mejor de lo que quería admitir.

—¿Y qué esperabas encontrar hoy?

Laura miró a Sofía antes de responder.

—Alguien amable.

Nada más.

—Alguien que entienda que no soy solamente una mujer. Soy madre. Mi hija viene conmigo en cualquier decisión importante.

Sofía sonrió desde el otro lado del sofá.

—No necesito que nadie me rescate —continuó Laura—. No necesito que alguien llegue a solucionar mis problemas. Solo quería conocer a alguien que pudiera mirarme como persona y no pensar que tener una hija es una carga.

Alejandro guardó silencio.

Muchas de sus citas anteriores habían empezado con preguntas sobre viajes, propiedades, restaurantes o contactos profesionales.

Laura llevaba casi una hora con él y aún no le había preguntado absolutamente nada sobre su dinero.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Por qué aceptaste?

Alejandro apoyó los brazos sobre las rodillas.

—Porque llevo dos años usando el trabajo como excusa para no tener vida personal.

Laura sonrió.

—Al menos eres consciente.

—Mi divorcio no fue sencillo.

—El mío tampoco.

Por primera vez se miraron sin incomodidad.

No eran un empresario exitoso y una maestra con dificultades.

Eran dos adultos que habían confiado en alguien, habían visto romperse una relación y estaban intentando descubrir qué venía después.

—Sofía me contó que eres maestra —dijo Alejandro.

Laura miró inmediatamente a su hija.

—¿Qué más te contó?

—Bastantes cosas.

—Sofía…

—Solo cosas buenas.

—Eso no me tranquiliza.

Alejandro sonrió.

—Me dijo que trabajas hasta tarde, que ayudas a tus alumnos y que siempre buscas tiempo para ella.

Laura miró a su hija.

—Habla demasiado.

—Porque estoy orgullosa de ti —respondió Sofía.

Laura se quedó inmóvil.

Luego extendió un brazo y atrajo a la niña hacia ella.

—Yo también estoy orgullosa de ti.

Hizo una pausa.

—Aunque hoy me hayas quitado diez años de vida.

Sofía rió entre lágrimas.

Después miró a Alejandro.

—¿Puedes volver cuando mi mamá ya no esté enferma?

—Sofía.

—Para que tengan una cita de verdad.

Laura negó con la cabeza.

—Alejandro ya ha hecho suficiente por nosotros. Estoy segura de que después de todo esto no quiere volver a ver esta casa en su vida.

—En realidad —dijo él—, sí quiero volver a verte.

Laura lo miró.

—¿Por qué?

No había coquetería en su pregunta.

Parecía auténticamente sorprendida.

—Porque esta ha sido la cita más caótica que he tenido.

Laura se tapó la cara.

—Eso no ayuda.

—Déjame terminar.

Alejandro se inclinó ligeramente hacia delante.

—Durante el último año he conocido personas en situaciones perfectas. Restaurantes perfectos, conversaciones educadas, ropa perfecta.

Hizo una pausa.

—Y casi nunca aprendí nada importante sobre ellas.

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