Se sentó.
—Eligieron a otra persona.
Valeria se inclinó desde atrás.
—¿Por qué?
Laura se volvió.
—Porque tenía más experiencia reciente.
—Pero tú eres mejor.
Laura sonrió con tristeza.
—Gracias, cariño.
Yo permanecí callado.
Podría haber dicho que aparecería otra oportunidad.
Podría haber dicho que todo sucede por alguna razón.
O cualquier frase fácil que suena bonita cuando uno no tiene que pagar el alquiler.
No dije nada de eso.
—¿Quieren comer algo?
Laura negó inmediatamente.
—No hace falta.
—Yo también tengo hambre.
—Señor Arturo…
—Después vamos por Copito.
Sofía despertó al escuchar el nombre del conejo.
—¡Copito!
Eso resolvió la discusión.
Fuimos a un restaurante familiar pequeño.
Nada elegante.
Sofía pidió pasta con queso. Valeria eligió pollo con papas. Laura solamente pidió café hasta que insistí en que comiera algo.
Durante la comida comprendí mejor su situación.
Llevaba dos meses atrasada con el alquiler.
Su viejo automóvil había dejado de funcionar la semana anterior.
Aquella mañana habían llegado en transporte público hasta la cafetería porque Laura había tenido una entrevista previa cerca de allí.
Había enviado decenas de currículums.
Unos no respondían.
Otros pedían experiencia reciente.
Algunos puestos pagaban tan poco que, descontando transporte y cuidado infantil, apenas podía cubrir los gastos.
—No quiero caridad —me dijo.
Su tono fue firme.
—Lo entiendo.
—Solo quiero una oportunidad real.
Dejé el tenedor.
Algo llevaba varios minutos dando vueltas en mi cabeza.
Mi empresa había crecido mucho durante el último año.
Yo seguía intentando controlar personalmente agendas, documentos, proveedores, citas con clientes y tareas administrativas que ya no debería estar haciendo.
De hecho, mi contador llevaba meses diciéndome que contratara a alguien.
Siempre lo posponía.
Observé a Laura.
Desde que la había conocido, la había visto manejar dos niñas, varias entrevistas, horarios, documentos, transporte y una decepción sin perder la calma.
—Laura.
—¿Sí?
—¿Aceptaría otra entrevista?
Ella frunció el ceño.
—¿Hoy?
—Mañana.
—¿Para qué empresa?
—La mía.
Se quedó inmóvil.
—No entiendo.
—Tengo una pequeña consultoría. Necesito una persona que se encargue de la administración de la oficina, agenda, documentación y comunicación con clientes.
Laura parecía esperar la parte negativa.
—Necesito jornada completa —continué—. Y sería un puesto estable.
—Señor Arturo…
—No le estoy ofreciendo el trabajo porque me dé pena su situación.
Su expresión cambió.
Era importante aclararlo.
—Si mañana hablamos y descubrimos que no tiene las capacidades necesarias, no funcionará. Y si usted piensa que el puesto no le conviene, tampoco.
Asintió lentamente.
—Pero quiero darle una entrevista real.
—No tiene referencias recientes.
—Entonces hablaremos sobre lo que sí tiene.
—Han pasado años desde mi último trabajo de oficina.
—Eso también lo hablaremos.
Se llevó una mano a la boca.
—¿Está hablando en serio?
—Completamente.
Valeria miraba a su madre.
—¿Te van a dar trabajo?
Laura empezó a llorar.
Intentó secarse las lágrimas rápidamente.
—Todavía no, cariño.
Después me miró.
—Pero alguien me acaba de dar una oportunidad.
Terminamos de comer y regresamos al taller de costura.
La señora Elena tenía a Copito sobre una mesa.
Parecía otro conejo.
La oreja estaba firmemente colocada. El costado había sido cosido con cuidado y hasta había reforzado la pata que estaba empezando a abrirse.
La cinta azul seguía alrededor del cuello.
Valeria se quedó completamente quieta.
—Copito…
Elena se lo entregó.
Valeria lo abrazó con tanta fuerza que todos guardamos silencio.
Después vino hacia mí.
—Gracias.
—Yo no lo arreglé.
—Pero usted nos trajo.
Me abrazó.
No recuerdo cuándo había sido la última vez que una persona me había abrazado con tanta confianza.
Quizá uno de mis nietos.
Y entonces sentí vergüenza porque ni siquiera estaba seguro.
Había nietos a los que apenas conocía.
Había cumpleaños que había felicitado con transferencias y mensajes.
Había sustituido demasiadas veces mi presencia por regalos.
Llevé a Laura y a las niñas hasta su departamento.
Era pequeño, pero estaba limpio y ordenado.
Antes de bajar, Laura me preguntó:
—¿Por qué está haciendo todo esto?
—Ya se lo dije.
—No me refiero solamente al conejo.
Pensé durante unos segundos.
—Porque esta mañana su hija me pidió ayuda.
Miré hacia Valeria.
—Y me hizo darme cuenta de que llevaba mucho tiempo sin detenerme a escuchar a nadie.
Laura no respondió.
—Tal vez ustedes necesitaban ayuda hoy —continué—. Pero creo que yo también necesitaba algo.
—¿Qué?
—Recordar que existe una vida fuera de mi oficina.
Nos despedimos.
Esa tarde llegué a casa mucho más tarde de lo habitual.
No abrí la computadora.
Me senté en la sala con el teléfono entre las manos.
Llamé a mi hijo mayor.
—Papá —dijo al contestar—. ¿Pasó algo?
Aquello me golpeó.
Llamaba tan poco que mi hijo pensaba que debía haber ocurrido una emergencia.
—No.
—¿Entonces?
—Solo quería escucharte.
Hubo unos segundos de silencio.
Después comenzó a reír.
Hablamos casi una hora.
Me contó cosas que yo no sabía sobre su trabajo, sobre mis nietos, sobre los planes que tenían para diciembre.
Cuando colgamos, llamé a mi otro hijo.
—¿Todo bien? —preguntó inmediatamente.
Volví a reír.
—Sí. Creo que estoy intentando arreglar algo.
—¿Qué cosa?
Miré alrededor de mi casa vacía.
—Nada que pueda explicarte rápido.
Al día siguiente Laura llegó a mi oficina quince minutos antes.
Llevaba la misma carpeta.
Esta vez yo no estaba haciéndole un favor.
La entrevisté como habría entrevistado a cualquier candidato.
Le pregunté sobre organización, manejo de agendas, documentos, atención a clientes, prioridades y resolución de problemas.
Después de treinta minutos ya sabía que había subestimado su experiencia.
Había trabajado durante años antes de tener a sus hijas.
Además, durante los últimos tres años había llevado sola las cuentas de su casa, trámites, solicitudes, horarios escolares y empleos temporales.
Era ordenada.
Pensaba rápido.
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