Teresa miró a Alejandro.
—Si no le gusta cómo está viviendo, puede cambiar algunas cosas.
Sofía levantó la cabeza.
—¿Quieres cambiar cosas?
Alejandro sostuvo la mirada de la niña.
Nadie en una junta directiva le había hecho una pregunta tan difícil.
—Sí —respondió finalmente—. Creo que sí.
Después de cenar, Sofía eligió una película.
Alejandro recibió el supuesto “mejor asiento de la casa”, un sillón viejo que Teresa aseguró que era mucho más cómodo de lo que parecía.
Mariana llevó chocolate caliente.
—Las galletas son compradas —dijo—. Esta semana no tuve tiempo de preparar nada.
—Parecen perfectas.
—Ni siquiera las ha probado.
—A estas alturas estoy aprendiendo a confiar en esta familia.
Mariana sonrió.
Trabajaba como enfermera en un hospital de la ciudad.
Le explicó que había cubierto turnos adicionales durante diciembre y que por eso estaba agotada.
No se quejaba.
Solo contaba su realidad.
Alejandro notó las pequeñas cosas.
La manera en que Mariana siempre servía primero a su madre y a Sofía.
Cómo Teresa doblaba cuidadosamente el papel de regalo para reutilizarlo.
Cómo Sofía agradecía hasta por una taza de chocolate.
A mitad de la película, la niña dejó el suelo y se sentó junto a Alejandro.
Minutos después estaba sobre sus piernas.
Benito, el oso, quedó atrapado entre ambos.
Cuando Alejandro se dio cuenta, Sofía estaba dormida contra su pecho.
Se quedó inmóvil.
Mariana lo observó desde el otro extremo del sofá.
—Puedo llevarla a su cama.
Alejandro bajó la voz.
—Está bien aquí.
Miró a la niña.
No recordaba la última vez que alguien había confiado en él de aquella manera.
En su trabajo muchas personas dependían de sus decisiones.
Pero aquello era diferente.
Sofía no necesitaba una respuesta.
No necesitaba una firma.
Simplemente quería estar cerca.
Y eso le dolió de una manera extraña.
Porque Alejandro comprendió cuánto había extrañado ser importante para alguien por razones que no tuvieran nada que ver con su cargo.
Teresa se retiró a dormir poco después.
Cuando terminó la película, Mariana preparó café para ambos.
Sofía seguía dormida.
—Espero que esto no haya sido demasiado extraño —dijo Mariana.
—Ha sido la noche menos extraña que he tenido en años.
Ella sonrió.
—Sabe a qué me refiero.
—Sí.
Alejandro miró alrededor.
—Y estoy agradecido.
Mariana se sentó frente a él.
—Sofía tiene buenas intenciones, pero invitar a un desconocido no es exactamente algo que quiera convertir en costumbre.
—Lo comprendo.
—Cuando la vi hablando con usted casi me dio algo.
Alejandro rió en silencio.
—Yo también habría reaccionado igual.
Hubo una pausa.
—¿De verdad estaba tan solo como dijo?
Alejandro miró su taza.
—Sí.
Entonces le contó.
No todo.
Pero mucho más de lo que normalmente compartía.
Le habló de su matrimonio.
De cómo había pensado que trabajar durante unos años de manera obsesiva les permitiría vivir mejor después.
El problema era que aquellos “unos años” nunca habían terminado.
Siempre había otro proyecto.
Otra expansión.
Otra meta.
Cuando su esposa le pedía tiempo, Alejandro respondía que todo aquel esfuerzo era por los dos.
Hasta que un día ella le explicó algo que él no entendió hasta mucho después.
No necesitaba más cosas.
Necesitaba un marido presente.
—Cuando se fue, me enfadé —admitió—. Pensé que no valoraba todo lo que había construido.
—¿Y ahora?
—Ahora entiendo que ella probablemente llevaba años intentando decírmelo.
Mariana no lo juzgó.
—A veces entendemos algunas cosas demasiado tarde.
—¿El padre de Sofía?
Mariana bajó la mirada.
—Se fue cuando ella era muy pequeña.
No dio demasiados detalles.
Dijo simplemente que la responsabilidad de formar una familia había resultado diferente de lo que él esperaba y decidió marcharse.
Durante algún tiempo ayudó de manera irregular.
Después cada contacto fue menos frecuente.
Mariana dejó de esperar.
—Mi mamá nos recibió —dijo—. Perdimos algunas cosas, cambiamos de casa y tuve que trabajar más. Al principio estaba llena de enojo.
Miró a Sofía.
—Pero ella no.
—Parece una niña feliz.
—Lo es. Puede convertir cualquier cosa en una aventura. Este departamento, por ejemplo. Cuando llegamos, yo solo veía todo lo que habíamos perdido.
Mariana sonrió.
—Sofía entró y dijo que era perfecto porque su habitación estaba más cerca de la cocina.
Alejandro rió.
—Suena a ella.
—Me enseñó mucho sin darse cuenta.
Alejandro observó a la niña dormida.
—También me enseñó algo hoy.
Mariana lo miró.
—¿Qué?
—Que puedes estar rodeado de personas y seguir completamente solo.
Cuando llegó el momento de marcharse, Mariana llevó a Sofía a la cama.
La niña abrió los ojos apenas unos segundos.
—¿Alejandro?
—Aquí estoy.
—¿Vas a volver?
Él no respondió inmediatamente.
Era una pregunta sencilla.
Pero hacía años que Alejandro evitaba comprometerse con cualquier cosa que pudiera interferir con el trabajo.
Esta vez no quiso hacerlo.
—Sí.
Sofía cerró los ojos.
—Sabía.
Mariana volvió después de acomodarla.
—Gracias por tratarla con tanta paciencia.
—Gracias por dejarme quedarme.
—Fue una cena sencilla.
—Fue la mejor Nochebuena que recuerdo.
Ella pareció sorprendida.
—Lo digo en serio.
Antes de marcharse intercambiaron números.
—Por si Sofía quiere comprobar que cumplió su promesa —dijo Mariana.
—Claro. Solamente por Sofía.
Ambos sonrieron porque los dos sabían que no era del todo verdad.
Cuando Alejandro regresó a su departamento, encendió las luces y se quedó parado en medio de la sala.
Todo estaba exactamente como lo había dejado.
Perfecto.
Silencioso.
Impersonal.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






