El veterinario insistió en que no debía engordar demasiado.
Cada kilo extra acabaría sobre una sola rodilla.
La piel del muñón terminó cicatrizando, aunque siempre necesitaría cuidados.
Una especialista en rehabilitación nos enseñó ejercicios sencillos para fortalecer el abdomen y la pata restante.
Permanecer de pie durante periodos controlados.
Cambiar lentamente el peso de un lado al otro.
Paseos breves sobre superficies niveladas.
También hablamos de una prótesis.
Después de revisar su antigua amputación y la manera en que Canela había aprendido a moverse durante años, los especialistas recomendaron no utilizarla por el momento.
Podía causarle más problemas de los que solucionaría.
Aquello me llamó la atención.
Yo había pensado que el objetivo era conseguir que volviera a parecer una perra de cuatro patas.
No lo era.
El objetivo era que pudiera moverse sin dolor.
En octubre tuvimos otro pequeño retroceso.
Canela comenzó a lamerse el muñón después de algunas salidas.
Redujimos el tiempo fuera de casa y volvimos a usar la protección recomendada.
No había infección.
Solo irritación por fricción.
Durante casi dos semanas avanzamos más despacio.
Después volvió a sus ejercicios.
Aprendió a utilizar la rampa de la puerta trasera.
Dejó de tirarse al suelo cada vez que escuchaba un vehículo grande.
Y empezó a hacer algo que para mí significaba más que cualquier número en una báscula.
Cuando algo la asustaba, ya no corría automáticamente hacia la pared.
Primero me miraba.
Luego decidía qué hacer.
En noviembre llegó la llamada.
El refugio había revisado su evolución, mi horario y las condiciones de la casa.
Podían convertir el acogimiento temporal en adopción definitiva.
Firmé los papeles en el mismo mostrador donde meses antes había desmontado mi silla.
Canela estaba en la oficina.
Dormía con el hocico sobre aquel asiento viejo.
Patricia había cosido una funda lavable de tela azul para protegerlo.
Mi hermana Carmen había escrito el horario de sus medicamentos en una pequeña pizarra dentro de la oficina.
Canela nunca empezó a caminar libremente por la lavandería.
No era necesario.
Solo iba algunos días.
Durante las horas de trabajo permanecía detrás de la media puerta.
Tenía su ruta despejada hacia la salida lateral.
Y los clientes aprendieron algo importante.
No llamarla.
No pedirle que se acercara.
No intentar convencerla con comida.
Canela elegía.
Algunas mañanas se quedaba de pie detrás de la puerta mirando cómo giraban los calcetines dentro de las secadoras.
Otros días dormía durante casi todo el turno.
El ventilador seguía apuntando hacia su rincón.
Han pasado catorce meses desde aquella tarde.
Canela pesa alrededor de veintidós kilos y se mueve por mi casa con un salto estable de tres patas.
La parte inferior del muñón sigue sin pelo.
La reviso todas las noches antes de darle de cenar.
Continúa sin soportar bien los golpes metálicos inesperados.
Hay días en que necesita descansar más.
Y sabemos que su única rodilla trasera tendrá que vigilarse especialmente a medida que envejezca.
Adoptarla no hizo desaparecer esos problemas.
Tampoco necesitábamos que desaparecieran.
El viejo cojín continúa en la oficina de la lavandería.
El borde está agrietado.
La funda azul que hizo Patricia ha perdido parte del color después de tantos lavados.
Pero cada vez que Canela viene conmigo, ocurre exactamente lo mismo.
Pasa junto al ventilador de la secadora número ocho.
Cruza el corredor antideslizante.
Entra en la oficina.
Y antes de tumbarse coloca su pata blanca sobre aquel cojín.
Hace tiempo compré otra silla para el mostrador.
Es más ligera.
Me resulta más cómoda para la rodilla.
Y, por supuesto, no está atornillada al suelo.
Algunos clientes me preguntan por qué.
Yo señalo hacia la oficina.
Canela suele levantar la cabeza cuando escucha mi voz.
Y Patricia, la mujer que quiso echarla el primer día, sigue viniendo cada jueves.
Ahora tiene una rutina que nunca le pedí.
Retira la funda azul del cojín.
La mete en una lavadora con sus cosas.
Después la seca.
La dobla mientras todavía está tibia.
Y la deja junto a la puerta de la oficina.
Canela no sabe quién la lava.
No sabe que aquella mujer fue la primera persona que pidió que la sacaran.
No sabe que yo me quedé sin silla por ella.
Ni que aquel viejo asiento cruzó una clínica, un refugio y una casa antes de regresar al mismo lugar.
Canela solo sabe una cosa.
Cuando entra en la lavandería, su cojín sigue allí.
Y su silla también.






