Finalmente me senté.
Abrí otra vez el álbum.
Y aquella noche no solo hablé de Ana.
También hablé de Arturo.
Le conté a Benito que mi esposo quemaba los hotcakes porque siempre se distraía.
Que arreglaba radios viejos aunque nadie las usara.
Que cantaba letras equivocadas y jamás aceptaba que estaba equivocado.
Le dije que durante años habíamos hablado de adoptar un perro cuando nos jubiláramos.
Siempre surgía otra cosa.
Un viaje.
Una reparación en la casa.
Una cita médica.
Algún gasto.
—Pensamos que teníamos más tiempo —dije.
Benito levantó la cabeza.
Miré la última fotografía de Ana.
—Ella también.
Nos quedamos allí, entre dos personas que nunca se conocieron.
Una mujer joven había enviado a su perro hacia mí sin saber el nombre de Arturo.
Arturo había dejado una silla vacía sin saber que un perro terminaría colocando debajo de ella la fotografía de otra persona ausente.
A la mañana siguiente ocurrió algo distinto.
Benito salió de la maleta antes de que yo abriera el álbum.
Fue hasta la cocina.
Se acercó al plato.
Olfateó la comida.
Después me miró.
Me senté en el piso, a varios pasos de distancia.
Benito tomó un bocado.
Esperó.
Tomó otro.
No dije nada.
Sentí que cualquier palabra podía romper el momento.
Al mediodía había comido casi la mitad.
Por la tarde me siguió hasta las macetas.
Durante las primeras semanas, su tristeza no desapareció.
Solo cambió de forma.
Al principio dormía fuera de la maleta, pero dejaba una pata dentro.
Después empezó a seguirme por la casa.
Cuando un taxi se detenía cerca, corría hacia la entrada.
El primer mes vigilaba la calle.
El segundo comenzó a vigilarme a mí.
Una tarde, la enfermera vino a visitarnos.
Traía un sobre cerrado.
Ana lo había dejado dirigido a “la persona que Benito elija”.
Dentro había instrucciones sobre su medicamento y algunos datos veterinarios.
Al final aparecía un párrafo sobre las fotografías.
Lo leí dos veces.
“Por favor, no me borres de su vida para hacer espacio para ti. Él tiene espacio para las dos.”
Me quedé mirando esas palabras.
Yo había estado haciendo exactamente lo contrario con Arturo.
Había dejado de pronunciar su nombre frente a algunas personas porque notaba que se ponían incómodas.
Había guardado fotografías.
Había pensado incluso en guardar el álbum de Ana cuando Benito se acostumbrara a mí.
Como si recordar impidiera continuar.
Ana, con treinta y dos años y casi sin tiempo, había comprendido algo que yo todavía estaba aprendiendo a los setenta y tres.
Querer a alguien nuevo no obliga a dejar de querer a quien ya no está.
Coloqué el álbum en una repisa baja de la sala.
Todas las noches sacábamos una página.
Después comenzamos a añadir fotografías nuevas.
Benito junto a mis plantas.
Benito dormido debajo de la silla de Arturo.
Benito en el patio con una de mis sandalias en la boca.
No puse ninguna imagen encima de las de Ana.
Las nuevas empezaron después.
Cuando mis hijas vinieron a visitarme meses más tarde, encontraron a Benito siguiéndome por toda la casa.
Habían llegado preparadas para convencerme de mudarme.
En lugar de eso, me vieron salir al patio con una regadera mientras Benito caminaba detrás de mí cargando un guante de jardinería.
Una de ellas sonrió.
—Mamá, creo que ahora tienes jefe.
Benito había pertenecido a Ana.
Ahora vivía conmigo.
Las dos cosas podían ser verdad.
La maleta permaneció abierta junto a su cama durante casi seis meses.
Una mañana, Benito sacó la manta.
La llevó hasta su cama nueva.
Se acomodó encima.
Nunca volvió a entrar en la maleta.
La guardé en un armario.
No la reparé.
Sus esquinas siguen gastadas.
El cierre todavía tiene una mancha de óxido.
Hay pelos de Benito atrapados en el forro.
Algunas cosas no necesitan parecer nuevas.
A veces las marcas cuentan hasta dónde tuvieron que viajar.
Hoy Benito y yo tenemos una costumbre.
Una vez al mes visitamos el pequeño jardín donde colocaron las cenizas de Ana.
Hay un árbol joven plantado allí.
Yo no llevo flores cortadas.
Llevo agua.
Benito se sienta junto al árbol mientras yo riego lentamente la tierra.
Después abro el álbum.
Elijo una fotografía.
Esperamos.
Cuando Benito se levanta, sé que es hora de regresar.
En casa, sigo despertando temprano.
Sigo regando las macetas.
La silla de Arturo permanece junto a la mía.
La fotografía de Ana ya no está debajo.
Una noche Benito la tomó y la llevó hasta su cama.
La dejó junto a una fotografía más reciente donde aparecemos los dos en el patio.
Nunca las he separado.
Cuando cuento esta historia, algunas personas dicen que Ana me regaló un perro.
O que Benito llegó para reemplazar a Arturo.
No fue así.
Nadie reemplazó a nadie.
Ana buscó un lugar donde el dolor de Benito no fuera tratado como algo que debía desaparecer rápidamente.
Benito encontró una casa donde alguien conocía demasiado bien la costumbre de esperar.
Y yo recibí una razón para volver a abrir la puerta cada mañana.
Ana recorrió media ciudad buscando a alguien que cuidara de unas flores.
Nunca supo que yo también estaba buscando algo.
No otro esposo.
No otra vida.
Solo una razón para dejar de comportarme como si la mía hubiera terminado.
Ahora Benito duerme junto a mi cama.
Casi siempre despierta antes que yo.
Se levanta, camina hasta la puerta y espera.
Entonces tomo la regadera.
Él mueve la cola.
Y los dos salimos juntos a cuidar lo que todavía está vivo.






