La gata del osito roto que me enseñó que el cariño no se paga

Dos años después de sacarla del refugio con aquel osito medio roto entre los dientes, volví a verla dejarlo junto a una puerta.

Y se me heló algo por dentro.

Hasta entonces, yo había querido creer que esa costumbre se había quedado atrás.

Que pertenecía al refugio, a la jaula baja, a los barrotes, a los pasos ajenos, a aquella forma desesperada de decir mírame, por favor sin hacer ruido.

Pero no.

A veces el pasado no se va.

A veces solo se queda dormido hasta que oye un sonido conocido.

En nuestro caso, el sonido fue el del celo cerrando una caja.

La carta había llegado una semana antes.

Nada dramático en el tono. Nada especialmente cruel en las palabras. Solo una de esas noticias corrientes que, aun así, te desordenan la vida entera en media página.

Tenía que dejar el piso en unas semanas.

Recuerdo quedarme sentada en la cocina con la carta delante, el café enfriándose, mi gata rozándome los tobillos como cada mañana.

La miré y pensé lo primero que piensa casi todo el mundo cuando intenta hacerse la fuerte.

Bueno. Ya está. Ya saldrá.

Lo que no pensé fue esto:

¿Y ella?

La llamé Lola pocos días después de traerla a casa.

No por nada profundo. Solo porque me salió así. Le quedaba bien esa cara de señora cansada, digna, observadora, como si hubiera visto demasiado y ya no estuviera para tonterías.

Con el tiempo, Lola se convirtió en una experta en las rutinas.

Sabía la hora exacta a la que yo me levantaba.

Sabía cuándo abría una lata que era para ella y cuándo abría una lata que era para mí.

Sabía distinguir el sonido de mis llaves del de las llaves de cualquier vecino.

Y, sobre todo, sabía que aquella puerta siempre volvía a abrirse para que yo regresara.

Eso, para mí, se había vuelto normal.

Para ella, ahora lo sé, seguramente era un pequeño milagro repetido cada día.

El primer día que empecé a sacar cajas del armario, Lola se quedó mirándome desde el pasillo.

No se escondió.

No se puso nerviosa.

Solo observó.

Como hacen algunos animales cuando todavía no saben si lo que pasa es importante, pero ya intuyen que sí.

El segundo día dejó de echarse la siesta en la cama.

Prefirió tumbarse encima de una silla del salón desde la que podía verme empaquetar libros, doblar ropa, vaciar cajones.

No me quitaba ojo.

El tercero arrastró el osito hasta la puerta de entrada.

Ahí fue cuando se me cayó la venda.

No lo dejó cerca de su cama.

Ni junto al sofá.

Ni en el pasillo, como hacía a veces por la noche.

Lo dejó exactamente junto a la puerta.

Con el mismo cuidado que la primera vez.

Como una ofrenda.

Como un trato.

Como si en cuanto empezó a ver que mi vida se metía en cajas, hubiera pensado lo peor.

No lo entendí del todo al principio.

Quise engañarme.

Me dije que era casualidad.

Que lo habría llevado allí jugando.

Que quizá había rodado sin más.

Pero al día siguiente volvió a hacerlo.

Y al otro también.

Cada vez que yo sacaba una maleta.

Cada vez que movía un mueble.

Cada vez que sonaba el ruido seco de la cinta adhesiva.

Osito a la puerta.

Osito a la puerta.

Osito a la puerta.

Empecé a notar otras cosas.

Comía menos.

Dormía peor.

Venía detrás de mí incluso al baño, cosa que antes no hacía.

Por la noche no se acomodaba hasta que yo me metía en la cama, y aun así tardaba un buen rato en relajarse del todo.

Más de una vez me desperté y la encontré sentada en el dormitorio, despierta, mirándome.

No era una mirada de enfado.

Ni siquiera de miedo puro.

Era peor.

Era vigilancia.

La mirada de alguien que no quiere dormirse por si, al abrir los ojos, ya no estás.

Una tarde me senté en el suelo, en medio del salón a medio vaciar, y la llamé bajito.

Lola vino con ese paso silencioso suyo, el del cuerpo pequeño que quiere parecer todavía más pequeño.

Traía el osito en la boca.

Lo soltó entre las dos.

Yo me quedé mirándolo y sentí una vergüenza rara.

No porque me fuera a mudar.

Eso era lo que tocaba.

La vergüenza venía de otra parte.

De darme cuenta de que, mientras yo estaba preocupada por cajas, papeles, horarios y viajes, ella estaba intentando pagar de nuevo por quedarse.

La cogí en brazos, cosa que a Lola nunca le había entusiasmado demasiado, y esa vez no protestó.

Se quedó quieta.

Con el corazón yéndole rapidísimo.

—No te voy a dejar —le dije.

Y me salió la voz rota.

Porque hay frases que una dice creyendo que van dirigidas a otro, y en realidad también van para la parte de una misma que todavía no se lo termina de creer.

Los días siguientes intenté hacerlo todo más despacio.

Dejé el dormitorio sin tocar casi hasta el final.

Mantuve su manta en el sitio de siempre.

No guardé su cuenco hasta el último momento.

Y, sobre todo, procuré no desaparecer demasiado rato.

Pero el miedo ya se había despertado.

Cuando volvía del portal después de bajar una caja al coche, la encontraba esperándome junto a la puerta.

A veces sentada.

A veces de pie.

A veces con el osito delante como si dijera: mira, sigo teniendo esto, todavía puedo ofrecer algo.

Una amiga vino a ayudarme un sábado.

Estuvo un rato doblando ropa y envolviendo vasos en papel de periódico.

En un momento vio el osito, lo levantó con dos dedos y dijo:

—Madre mía, menuda reliquia. ¿Todavía no le has tirado esto?

Debí de poner una cara bastante fea, porque enseguida lo dejó donde estaba.

No fue culpa suya.

Desde fuera, era solo un juguete viejo.

Tela descolorida.

Una costura abierta.

Relleno asomando por un lado.

Pero para Lola no era eso.

Y para mí, a esas alturas, tampoco.

Era la prueba de todo lo que había pasado antes de que yo llegara.

Y de todo lo que seguía doliendo aunque una quisiera pensar que ya no.

La noche antes de la mudanza dormí fatal.

Tenía la casa casi vacía.

El eco había vuelto a las paredes.

Cada sonido parecía más grande de lo normal.

La nevera, la tubería, el ascensor del edificio, un coche frenando abajo.

Lola estuvo dando vueltas por el piso hasta muy tarde.

La vi entrar y salir del salón.

Ir a la puerta.

Volver al dormitorio.

Mirarme.

Marcharse otra vez.

Al final me levanté y fui tras ella descalza.

La encontré sentada en la entrada.

Con el osito entre las patas.

Era una imagen tan parecida a la del refugio que me hizo daño de una forma muy física.

Como si algo me apretara justo debajo del esternón.

Me senté en el suelo a su lado.

No intenté moverla.

No intenté distraerla.

Solo me quedé allí, apoyada en la pared, con ella al lado, las dos mirando la puerta cerrada como si fuera una tercera presencia en la casa.

Al cabo de un rato, Lola empujó el osito hacia mí con la nariz.

Yo lo cogí por primera vez.

Estaba más gastado de lo que recordaba.

Más blando.

Más frágil.

Lo dejé sobre mis piernas y empecé a llorar en silencio.

No por la mudanza, exactamente.

Ni siquiera solo por Lola.

Lloré porque de pronto entendí algo que me había pasado desapercibido durante mucho tiempo.

Una no deja de tener miedo simplemente porque por fin le ocurra algo bueno.

A veces incluso da más miedo.

Porque cuando una ya sabe lo que es perder, querer se vuelve un acto valiente.

A la mañana siguiente metí a Lola en el transportín con una manta suya y el osito dentro.

Protestó poco.

Eso casi me partió más el alma que si hubiera montado un escándalo.

Iba callada.

Con los ojos muy abiertos.

Encogida en una esquina, pegada al juguete.

Yo llevaba el transportín en el asiento de atrás y cada semáforo rojo se me hizo eterno.

Le hablaba aunque no sabía si eso la calmaba o me calmaba a mí.

—Ya llegamos.

—Estoy aquí.

—No pasa nada.

Mentira, claro.

Sí pasaban cosas.

Pasaban demasiadas.

Pero había veces en las que lo único que una puede ofrecer es compañía mientras todo se mueve.

El piso nuevo era más pequeño, pero tenía más luz.

Por la tarde entraba un sol limpio por la ventana del salón y dejaba un rectángulo tibio en el suelo.

La primera vez que lo vi pensé que a Lola le gustaría.

Luego recordé que antes de gustarle algo nuevo, antes tenía que dejar de temerlo.

Abrí el transportín en el dormitorio.

Había llevado primero su manta, sus cuencos, la caja de arena y, por supuesto, el osito.

Quería que al menos una esquina del mundo oliera a ella.

Lola salió despacio.

Bajísima.

Con ese modo de caminar de los animales que no pisan, calculan.

Olisqueó la cama.

La pared.

La mesilla.

Mis piernas.

Luego desapareció debajo de un mueble.

No salió en horas.

Yo me dediqué a entrar y salir del dormitorio sin obligarla a nada.

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