Si leíste lo del futbolín viejo, quizá pensaste que aquella tarde acabó con dos bocadillos y una historia bonita.
Pero no.
Lo que pasó después fue lo que de verdad me enseñó quién era Thiago.
Porque una cosa es cargar con alguien un mueble pesado durante una primera cita.
Y otra muy distinta es quedarse cuando el polvo se va, cuando aparece el cansancio, cuando lo viejo empieza a pedir paciencia de verdad.
Aquella noche, después de dejarme en mi portal, Thiago me escribió antes de que yo llegara siquiera al ascensor.
“No sé si esto cuenta como primera cita o como mudanza ilegal de un monstruo de madera, pero gracias.”
Me reí sola en el rellano.
Luego me mandó otra frase.
“Prometo que la segunda cita no incluirá escaleras.”
Le respondí:
“Entonces no sé si me interesa.”
Y así empezó todo.
No con una cena elegante.
No con flores.
No con una foto perfecta para enseñar a las amigas.
Empezó con bromas sobre agujetas, con manos arañadas, con la espalda hecha polvo y con una bola de corcho guardada en el bolsillo de su chaqueta como si fuera algo sagrado.
Durante las semanas siguientes, Thiago empezó a restaurar el futbolín en el pequeño taller que tenía en el garaje de su hermano.
Yo iba algunos sábados por la tarde.
Al principio decía que iba a ayudar.
La verdad es que no sabía hacer casi nada.
Sujetaba tornillos, pasaba trapos, lijaba donde él me decía y hacía café en vasos desparejados.
Thiago trabajaba despacio.
Muy despacio.
Quitaba una pieza, la miraba, la limpiaba, volvía a mirarla.
A veces pasaba diez minutos con un simple jugador de madera entre los dedos.
Yo me impacientaba.
“Podrías comprar piezas nuevas”, le dije una vez.
Él negó con la cabeza.
“Entonces ya no sería este futbolín.”
No discutía.
Solo lo decía.
Y seguía.
Había algo en esa forma suya de arreglar las cosas que me desarmaba.
Yo venía de relaciones en las que todo se cambiaba rápido.
Si algo molestaba, se evitaba.
Si algo dolía, se tapaba.
Si alguien fallaba, se sustituía.
Thiago no era así.
Él miraba las grietas.
No para juzgarlas.
Para entender por dónde había entrado el daño.
Una tarde encontró una inscripción muy pequeña, casi escondida, en la parte interior de una tabla.
Estaba escrita con bolígrafo negro, ya casi borrado.
“E. y L. — 1987.”
Me quedé callada.
Él pasó el pulgar por encima con mucho cuidado.
“L sería ella, ¿no?”
No hizo falta decir su nombre.
La mujer de don Emilio se llamaba Leonor.
Nos lo había contado él, casi de pasada, mientras subíamos el futbolín por la escalera.
Leonor.
La del delantal.
La de la bola de repuesto en el bolsillo.
La que jugaba fatal, pero ganaba siempre.
Esa noche, Thiago me preguntó si creía que deberíamos llamar a don Emilio para enseñarle el avance.
Yo dudé.
No quería molestar.
No quería removerle nada.
Pero Thiago ya tenía el móvil en la mano.
“No es remover”, dijo. “Es decirle que no se ha perdido.”
Don Emilio contestó al tercer tono.
Yo solo oí la voz de Thiago.
“Buenas tardes, don Emilio. Soy Thiago, el del futbolín.”
Una pausa.
“No, no lo he tirado por una ventana todavía.”
Otra pausa.
Thiago sonrió.
“Le mando una foto, si le parece.”
Le mandamos tres.
Una del futbolín medio desmontado.
Una de la inscripción.
Y una de la bola de corcho colocada sobre la mesa del taller.
Don Emilio no respondió enseguida.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Yo pensé que quizá habíamos hecho mal.
Hasta que llegó un mensaje.
No era largo.
Solo decía:
“Ella escribió eso el día que pintamos la barra. Gracias.”
Me quedé mirando la pantalla.
Thiago también.
Ninguno dijo nada.
A veces hay silencios que no son incómodos.
Son respetuosos.
Poco a poco, el futbolín empezó a parecer menos abandonado.
Thiago limpió las barras.
Cambió dos gomas que estaban rotas.
Arregló una pata que cojeaba.
Yo cosí, como pude, una pequeña funda de tela para guardar la bola de corcho.
Me salió torcida.
Thiago dijo que era perfecta.
Yo le dije que tenía un concepto muy flexible de la perfección.
Él me miró con esa sonrisa rara suya.
“La perfección aburre bastante.”
Yo bajé la mirada, porque sentí que no hablaba solo de la funda.
Para entonces ya nos veíamos casi todos los fines de semana.
Pero no teníamos prisa.
A mis 32 años, mucha gente esperaba que yo tuviera prisa.
Prisa por saber.
Prisa por definir.
Prisa por no perder el tiempo.
Pero con Thiago pasaba algo extraño.
No sentía que el tiempo se me escapara.
Sentía que, por fin, estaba dentro de mi propia vida.
Un domingo por la mañana fuimos a ver a don Emilio.
Thiago quiso llevarle una foto impresa del futbolín casi terminado.
“No todo el mundo mira bien las fotos en el móvil”, dijo.
Don Emilio abrió la puerta con una chaqueta de lana puesta aunque hacía sol.
La casa estaba más vacía que la primera vez.
Ya no había cajas en la entrada.
Había huecos.
Huecos en las paredes.
Huecos en las estanterías.
Huecos que se notaban aunque nadie los nombrara.
Nos invitó a pasar.
El salón olía a café reciente y a madera antigua.
Sobre la mesa tenía varias fotografías.
En una de ellas aparecía una mujer bajita, con el pelo rizado y una sonrisa enorme, apoyada en una barra de bar.
Detrás se veía el futbolín.
El mismo.
Más nuevo, más brillante, lleno de gente alrededor.
“Esa es Leonor”, dijo don Emilio.
No hizo falta que lo dijera.
La foto tenía ese tipo de alegría que no se puede fingir.
Don Emilio nos contó más cosas aquel día.
No muchas de golpe.
Las soltaba como quien reparte migas para que no se le rompa el pan entero.
Nos dijo que el bar se llamaba La Parada.
Un nombre simple, porque estaba cerca de una antigua parada de autobús.
Nos dijo que Leonor ponía tapa aunque el cliente solo pidiera agua.
Nos dijo que los viernes por la noche había tanto ruido que él juraba que el suelo temblaba.
Y que, cuando cerraron, lo que más le costó no fue bajar la persiana.
Fue dejar de oír el futbolín.
“Uno se acostumbra al ruido de la gente”, dijo. “Luego el silencio pesa mucho.”
Thiago escuchaba con los codos sobre las rodillas.
Yo lo miré de reojo.
Había hombres que, ante una tristeza ajena, cambiaban de tema.
Thiago no.
Thiago se quedaba.
Antes de irnos, don Emilio nos dio una caja pequeña.
“Esto estaba en un cajón del bar.”
Dentro había fotos, varias fichas antiguas, dos servilletas con cuentas escritas y tres jugadores de futbolín sueltos.
Uno rojo.
Dos azules.
Uno de los azules estaba sin pintar por un lado.
“Leonor decía que ese era suplente”, murmuró.
Thiago no quiso aceptar la caja al principio.
Pero don Emilio la empujó hacia él.
“Yo me voy a un piso más pequeño. Con mi hija. No puedo llevarme todo. Pero tampoco quiero que todo acabe dentro de una bolsa.”
Thiago asintió.
“Lo guardaremos bien.”
Don Emilio me miró entonces a mí.
“No le deje hacerlo demasiado nuevo.”
Me sorprendió que me hablara como si yo tuviera autoridad sobre aquel proyecto.
Pero respondí enseguida.
“No le dejaré.”
Y cumplí.
Cuando Thiago quiso barnizar demasiado una parte, le dije que no.
Cuando quiso sustituir al jugador azul sin cabeza, le dije que ni hablar.
Cuando encontró una pieza más moderna que encajaba mejor, le recordé lo que don Emilio había dicho.
“No demasiado nuevo.”
Él levantaba las manos.
“Vale, vale. La jefa del futbolín ha hablado.”
Yo fingía enfadarme.
Pero por dentro me gustaba.
No lo de mandar.
Lo de formar parte.
Un mes después, el futbolín llegó a mi piso.
En teoría era temporal.
Thiago no tenía sitio.
Yo sí tenía un salón amplio, aunque después del futbolín dejó de parecer amplio.
Lo subimos entre él, su hermano y un vecino que bajó “solo a mirar” y acabó sudando como todos.
Cuando por fin lo colocamos junto a la pared, mi salón parecía otro.
Más pequeño.
Más raro.
Más vivo.
Thiago puso la bola de corcho en el centro.
No la usamos para jugar.
Era demasiado vieja.
Demasiado ligera.
Demasiado de Leonor.
La dejamos encima, como un pequeño corazón redondo.
Esa noche pedimos comida sencilla y nos sentamos en el suelo.
El futbolín estaba ahí, enorme, absurdo, ocupando un espacio que antes no sabía que estaba vacío.
Thiago me miró.
“Te prometo que, si te hartas de él, lo saco.”
Yo miré el jugador azul sin cabeza.
Miré las marcas en la madera.
Miré la inscripción que Thiago había decidido dejar visible en un lateral interior.
Y dije:
“No. Que se quede.”
No sabía entonces que aquella frase no hablaba solo del futbolín.
Con el tiempo, empezamos a invitar a gente.
Primero vinieron dos amigos míos.
Luego el hermano de Thiago.
Después una vecina del segundo que escuchó el ruido y llamó al timbre con una bolsa de patatas, diciendo que ella también sabía jugar.
Aquello se convirtió, sin que lo planeáramos, en una pequeña costumbre.
Los domingos por la tarde, alguien pasaba por casa.
No mucha gente.
Nada grande.
Un café.
Unas risas.
Una partida.
Alguien siempre se golpeaba la cadera con la esquina.
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