La Yegua Que No Podía Caer Porque Aún Protegía a Su Cría

Pensé que salvarlas era darles comida y techo. Pero una tarde, el potrillo me enseñó que el miedo también se queda atado.

A la yegua la llamé Alba.

No fue por poesía ni por quedar bonito. Fue porque la primera mañana que la vi levantar la cabeza de verdad, había una claridad suave entrando por la puerta de la nave, y por un momento pareció otra.

El potrillo se llamó Junco.

Marta se rió cuando se lo dije.

“¿Junco?”

“Sí”, contesté. “Por esas patas largas y finas que parece que se van a doblar con el aire.”

Ella sonrió, pero no dijo nada más.

Marta entendía esas cosas. Entendía que poner un nombre era una forma de decir: ya no eres una sombra junto a una carretera. Ya eres alguien.

Durante semanas, mi vida cambió por completo.

Antes abría el taller, encendía la radio baja, lijaba tableros, tomaba café de pie y volvía a casa con serrín en los bolsillos.

Después de Alba y Junco, todo tenía otro orden.

Primero el agua.

Luego el pienso.

Luego revisar que Junco no se hubiera metido donde no debía, porque aquel pequeño tenía más curiosidad que sentido común.

Y después Alba.

Siempre Alba.

Ella comía despacio. Miraba todo antes de moverse. Cada ruido la hacía tensarse. Si una puerta golpeaba, levantaba la cabeza de golpe. Si alguien entraba demasiado rápido, se ponía delante de Junco.

No había olvidado.

Su cuerpo mejoraba, pero sus ojos seguían viviendo en aquel cercado.

Yo tampoco había olvidado.

Cada vez que pasaba por la carretera estrecha donde la encontré, apretaba las manos al volante. Miraba el sitio del poste torcido aunque ya no quisiera mirar.

Allí seguía.

Solo.

Callado.

Como si no hubiera pasado nada.

Pero sí había pasado.

Había pasado que una yegua casi se dejó la vida de pie. Había pasado que su cría sobrevivió bajo su vientre. Había pasado que yo, Diego, pasé tres veces de largo antes de hacer lo que tenía que haber hecho el primer día.

Marta me lo dijo una tarde, mientras revisaba el cuello de Alba.

“No puedes vivir castigándote siempre.”

Yo estaba apoyado en la puerta del box, con los brazos cruzados.

“Es que fui cobarde.”

“No”, dijo ella, sin levantar la voz. “Fuiste tarde. Hay diferencia.”

Me quedé callado.

Marta acarició el lomo de Alba con cuidado.

“Ahora estás aquí. Eso también cuenta.”

No supe qué responder.

Porque a veces uno prefiere cargar con la culpa que aceptar que todavía puede hacer algo bueno.

Al cabo de tres meses, Alba ya no parecía la misma.

Seguía marcada.

Las cicatrices del cuello se veían cuando apartaba el pelo. No eran grandes, pero estaban ahí, como líneas secas sobre la piel.

Junco, en cambio, parecía haber nacido de nuevo.

Corría por el pequeño prado detrás del taller, daba saltos torpes, se asustaba de sus propias patas y luego volvía a intentarlo como si el mundo entero fuera suyo.

Yo lo miraba desde la puerta y pensaba:

“Ojalá todos pudiéramos empezar así.”

Pero la vida no se cura solo porque uno coma mejor.

Eso lo entendí una tarde de sábado.

Había preparado una zona más grande para ellos, al otro lado de la nave. Un vecino, Eusebio, me había dejado unas vallas de madera que ya no usaba. Otro trajo un bebedero viejo. Marta consiguió un par de mantas y algo de material.

Nadie hizo grandes discursos.

En los pueblos pequeños, la ayuda muchas veces llega así: una furgoneta que se para, una mano que descarga algo, un “toma, esto te servirá” y luego la persona se va como si no hubiera hecho nada.

Yo había pasado tres días de largo.

Ellos, en cambio, empezaron a parar.

Y eso me conmovía más de lo que sabía decir.

Aquel sábado pensé que Alba y Junco iban a salir al prado nuevo sin problema.

Abrí la puerta.

Junco se acercó enseguida. Metió el morro, olió la madera nueva y dio un saltito hacia atrás como si aquello pudiera morderle.

Me reí.

“Vamos, valiente. Que no hay monstruos.”

Alba apareció detrás.

Traía la cabeza baja, pero los ojos atentos. Miró la puerta. Miró las vallas. Miró mis manos.

Y entonces se quedó quieta.

No avanzó.

Junco dio dos pasos hacia fuera, pero al ver que su madre no se movía, volvió a su lado.

Yo pensé que era cuestión de tiempo.

Esperé.

Cinco minutos.

Diez.

Media hora.

Alba no cruzó.

Marta llegó al rato y observó sin decir nada.

Luego señaló una cuerda que yo había puesto a un lado, solo para sujetar la puerta mientras trabajaba.

“Quítala.”

“Pero no está tocando nada.”

“Ya lo sé. Quítala.”

La desaté y la dejé lejos.

Alba siguió quieta.

Entonces Marta me miró.

“No es el prado, Diego.”

Yo lo entendí antes de que lo dijera.

Era la puerta.

Era el paso estrecho.

Era la idea de volver a quedar atrapada entre madera, cuerda y manos humanas.

Se me cerró la garganta.

“Creía que estaba mejor.”

“Lo está”, dijo Marta. “Pero estar mejor no significa no tener miedo.”

Aquella frase se me quedó dentro.

Porque servía para Alba.

Y también para mí.

Los días siguientes no la forcé.

Abría la puerta cada mañana y me sentaba en un taburete, a una distancia prudente. Llevaba un cubo con comida blanda y lo dejaba cerca de la entrada.

Junco se acercaba primero.

Siempre Junco.

Metía el morro en el cubo, robaba un bocado y salía corriendo como si hubiera cometido una gran travesura.

Alba lo llamaba con un sonido bajo.

Él volvía.

Yo no me movía.

Así pasaron días.

Luego una semana.

Luego casi dos.

Algunos vecinos me decían:

“Pero Diego, dale un tirón suave y ya está.”

Yo negaba con la cabeza.

“No.”

No lo decía por orgullo. Lo decía porque aquella yegua había conocido demasiadas manos con prisa.

Yo no quería ser otra.

Una mañana, Eusebio vino al taller a recoger una silla que le había reparado. Se quedó mirando a Alba desde lejos.

“Los animales recuerdan más de lo que creemos”, dijo.

Yo asentí.

“Y los hombres también.”

Eusebio me miró de reojo, como si hubiera entendido más de la cuenta.

Luego se acercó a la puerta del prado nuevo y se rascó la barbilla.

“Hazlo más ancho.”

“¿Qué?”

“El paso. Quita ese trozo de valla y abre más. Que no parezca una trampa.”

Miré la entrada.

Tenía razón.

Era segura, sí. Pero estrecha.

Para mí era una puerta.

Para Alba quizá era otra cuerda.

Aquella misma tarde desmonté parte de la valla. Me llevó horas. Me hice una rozadura en la mano y me golpeé la rodilla con un tablón.

Pero al final quedó un paso amplio, abierto, casi como si el prado viniera a buscarla a ella.

Al día siguiente abrí.

Dejé el cubo donde siempre.

Me senté.

Junco salió primero.

Dio tres pasos.

Cinco.

Diez.

Luego se paró en medio del prado nuevo, levantó la cola y soltó una carrera torpe, maravillosa, absurda, llena de vida.

Alba lo vio.

Sus orejas se movieron.

Su cuerpo tembló un poco.

No mucho.

Solo lo justo para que yo lo notara.

Entonces dio un paso.

Me quedé sin respirar.

Otro paso.

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