Nicolás observó a la gente que pasaba junto a nosotros y volvió a mirarme.
—Estás muy bien.
—No tienes derecho a decirme eso.
Su expresión cambió.
—Lo sé.
—Desapareciste.
—Lo sé.
—Me besaste. Me dijiste que me llamarías al llegar a Madrid. Y después no volví a saber de ti.
Él bajó la vista.
—También lo sé.
—¿Eso es todo lo que sabes decir?
—No. Pero es lo único que puedo decir sin intentar justificarme.
Aquella respuesta me desarmó durante un segundo.
Yo esperaba una excusa.
Un cambio de número.
Una carta perdida.
Un malentendido absurdo.
Cualquier mentira que me permitiera seguir enfadada de manera sencilla.
—He querido explicártelo durante mucho tiempo —añadió.
—Pues tu sentido del momento es terrible.
Nicolás soltó una risa breve y triste.
—Sí. Siempre lo fue.
No confiaba en aquel hombre calmado.
Confiar en él significaba aceptar que había cambiado, y yo no sabía si quería concederle ese privilegio.
—No estoy aquí para complicarte la noche —dijo—. Te lo prometo.
—Ya lo has hecho.
—Lo siento.
—Clara acaba de utilizar mi vida sentimental como entretenimiento. Mi ex me engañó hace seis semanas. Y ahora apareces tú después de catorce años. No sé si pedir otro postre o salir corriendo.
Nicolás me miró con sorpresa.
—No sabía lo de tu ex.
—No importa.
—Parece que sí importa.
—No para ti.
Aceptó el golpe sin defenderse.
—Tienes razón.
Después se acercó un poco, sin invadir mi espacio.
—Solo quiero que sepas que hablaba en serio durante el discurso. Hay cosas que permanecen contigo incluso cuando haces todo lo posible por enterrarlas.
Noté una presión en el pecho.
—Ya no soy la muchacha que conociste.
—Eso espero.
La respuesta me molestó y me intrigó al mismo tiempo.
No quise darle la oportunidad de explicarla.
—Necesito salir.
Caminé hacia la terraza sin mirar atrás.
Fuera del salón había un corredor de piedra que daba a los viñedos. Las luces colgadas entre los árboles iluminaban el camino y amortiguaban el ruido de la fiesta.
Apoyé las manos en la barandilla.
Por primera vez en toda la noche, dejé de fingir que estaba bien.
Me dolía la burla de Clara.
Me dolía que mi madre todavía creyera que una mujer sola era un problema que debía resolverse.
Me dolía David.
Y, de una forma mucho más antigua, me dolía Nicolás.
No porque siguiera enamorada del muchacho de veintidós años.
Sino porque una parte de mí nunca había entendido por qué alguien podía hacerte sentir importante una noche y actuar al día siguiente como si no hubieras existido.
Escuché abrirse la puerta.
Irene salió con dos copas de vino.
—No estoy llorando —dije.
—No he venido a comprobar eso.
Me entregó una copa y se colocó a mi lado.
Permanecimos en silencio durante un momento.
—Podrías hablar con él —dijo al fin.
—Ya he hablado.
—Me refiero a hablar de verdad.
—¿Recuerdas lo que hizo?
—Sí.
—Entonces no entiendo tu consejo.
Irene bebió un sorbo.
—Recuerdo que tenía veintidós años, que era inmaduro y que actuó como un cobarde. También recuerdo cómo eras tú cuando estabas con él.
—Era más joven.
—Eras más ligera.
—Esa versión de mí ya no existe.
Irene arqueó una ceja.
—¿Estás segura?
No respondí.
—No le debes nada —continuó—. Ni perdón, ni una segunda oportunidad, ni siquiera diez minutos. Pero quizá te debas a ti misma una explicación.
—Las explicaciones no cambian lo ocurrido.
—No. Pero a veces cambian lo que hacemos con ello.
Mi hermana rozó mi hombro con el suyo.
—Y si resulta ser un idiota, vuelves dentro, comes dos porciones de pastel y nos vamos.
Sonreí.
—Tu plan siempre termina con comida.
—Por eso suele funcionar.
Irene regresó al salón.
Yo me quedé mirando el camino entre las viñas.
Pensé en la noche en que Nicolás me besó.
Nos conocíamos desde niños, pero durante aquel último verano algo había cambiado.
Él se marchaba a estudiar fuera. Yo empezaría a trabajar mientras decidía qué hacer con mi vida.
Pasamos horas sentados en la azotea de la casa de Daniel, hablando de ciudades que queríamos conocer y de los adultos en los que creíamos convertirnos.
Cuando me besó, no pareció impulsivo.
Pareció inevitable.
Antes de irse, apoyó la frente contra la mía.
—Te llamaré cuando llegue.
Yo creí que aquello era el principio.
Fue el final.
Durante semanas comprobé mi teléfono cada pocos minutos.
Después me convencí de que tal vez esperaba que yo diera el primer paso.
Le envié un mensaje.
No respondió.
Escribí otro dos días después.
Tampoco respondió.
Al tercer intento, mi orgullo se impuso al dolor.
Dejé de escribir.
Nunca supe que Daniel y Nicolás habían retomado su amistad años después. Nunca pregunté.
Convertí aquel recuerdo en una puerta cerrada.
Ahora Nicolás estaba al otro lado, llamando.
Dejé la copa sobre una mesa y volví a entrar.
No utilicé la puerta principal. Crucé un pasillo lateral y aparecí junto a la chimenea del salón.
Nicolás estaba allí, solo, con las manos en los bolsillos.
Miraba el fuego como si estuviera reuniendo valor.
Me acerqué.
—Dijiste que querías explicarte.
Se giró lentamente.
No pareció sorprendido.
—Quiero hacerlo.
—Estoy escuchando.
Tomó aire.
—Cuando me marché, pensé en ti todos los días.
Crucé los brazos.
—Curiosa manera de demostrarlo.
—Tenía tu número. Escribí decenas de mensajes. Algunos eran larguísimos. Los borraba antes de enviarlos.
—Yo sí envié los míos.
—Lo sé.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Los leíste?
—Todos.
—¿Y decidiste no contestar?
Nicolás cerró los ojos un instante.
—Sí.
—Eso es peor de lo que imaginaba.
—También lo sé.
—Deja de decir eso.
—No quiero quitarle importancia. No tengo una explicación que convierta lo que hice en algo aceptable.
Su voz era baja, pero firme.
—Me asusté. Nunca había sentido algo tan fuerte por nadie. Pensé que si empezábamos una relación a distancia, terminaría abandonando los estudios o regresando antes de tiempo. Mi padre llevaba años diciéndome que yo nunca acababa nada. Quise demostrar que se equivocaba.
—¿Y para demostrarlo tenías que desaparecer de mi vida?
—No. Pero a esa edad confundía ser decidido con no mirar atrás.
Lo observé.
No buscaba mi compasión.
No estaba intentando culpar a su familia ni a la distancia.
—Podrías haber respondido una sola vez —dije—. Podrías haber dicho que no querías continuar.
—Sí.
—Me hiciste pensar que había imaginado todo.
—Lo siento.
—Me hiciste sentir ridícula.
—Lo sé.
—Nicolás.
—Perdón. Es que no quiero discutir ninguna de las cosas que dices. Son verdad.
Me quedé callada.
Él respiró profundamente.
—Pasaron los meses. Después pasó un año. Cuanto más tiempo esperaba, más difícil era escribirte. Me convencí de que ya me odiabas.
—Durante una temporada sí.
—Lo merecía.
—Después dejé de odiarte.
—Eso me daba todavía más miedo.
—¿Por qué?
—Porque significaba que quizá ya no pensabas en mí.
Aquella confesión sonó egoísta.
También sonó humana.
—¿Y ahora qué? —pregunté—. ¿Apareces en una boda y dices unas palabras bonitas esperando que todo desaparezca?
—No.
—Eso pareció.
—Había preparado otro discurso. Uno seguro, centrado en Daniel. Cuando te vi y escuché lo que Clara dijo, todo lo que había escrito me pareció vacío.
—No necesitaba que me rescataras.
—Lo sé. No estaba intentando rescatarte.
—Entonces, ¿qué estabas haciendo?
Nicolás me sostuvo la mirada.
—Dejando de esconderme.
Sentí que el enfado chocaba con algo más difícil de nombrar.
—Podrías haberme buscado hace años.
—Sí.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Porque cada año que pasaba aumentaba la posibilidad de hacerte daño otra vez. Pensé que acercarme sería egoísta.
—Y ahora has decidido ser egoísta.
—Ahora he decidido ser honesto.
Lo estudié con atención.
Había un ligero temblor en su mano derecha.
Aquel hombre sereno estaba tan nervioso como yo.
—Tienes diez minutos —dije—. Fuera. Después me marcho.
Su rostro se suavizó.
—Acepto los diez.
Salimos por la puerta lateral.
Al cruzar el salón, mi tía Pilar nos señaló con el tenedor como si acabara de resolver un misterio familiar.
Clara nos vio pasar.
Su sonrisa desapareció.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
Nicolás y yo nos sentamos en un banco de piedra junto al camino.
Al principio ninguno habló.
—No me marché porque no sintiera nada —dijo finalmente—. Me marché porque sentía demasiado y no sabía qué hacer con ello.
—Eso suena a frase preparada.
—Llevo catorce años preparándola.
No pude evitar mirarlo.
—Cuando te besé —continuó—, entendí que contigo nada sería sencillo. No porque fueras complicada, sino porque me importabas de verdad. Yo estaba acostumbrado a entusiasmarme con algo y abandonarlo cuando aparecía otra cosa. Contigo no quería hacer eso.
—Pero lo hiciste.
—Sí. Elegí irme antes de correr el riesgo de fallarte después.
—Y acabaste fallándome de la peor forma.
—Exactamente.
La sinceridad me resultaba incómoda.
Era más fácil odiar una versión de él que no comprendía lo que había hecho.
—Te esperé —admití—. Durante meses.
Nicolás bajó la cabeza.
—Lo imaginaba.
—No. No lo imaginabas. Yo miraba el teléfono al despertarme. Lo llevaba conmigo hasta el baño. Cada sonido me hacía pensar que eras tú.
Él apretó las manos.
—Lo siento.
—Después empecé a preguntarme qué había hecho mal.
—No hiciste nada.
—Ahora lo sé. Entonces no.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
—No merezco que me perdones —dijo.
—No.
Asintió.
—Pero quizá no has venido a pedir perdón —añadí.
Nicolás levantó la mirada.
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