Nos llevamos un gato a casa y el destino nos obligó a volver

Volvimos de la protectora con dos transportines y la sensación clarísima de que acabábamos de complicarnos la vida.

Lo que no sabíamos era que la segunda parte de aquella historia iba a empezar esa misma noche, cuando apagamos la luz del pasillo y oímos a la pequeña ciega buscar a su hermano en una oscuridad que, para ella, no era distinta de ninguna otra.

En casa lo teníamos todo preparado para uno.

Un comedero. Un arenero. Una camita pequeña junto al radiador del salón. La mantita doblada sobre el sofá y hasta un juguete ridículo con plumas que habíamos comprado por ilusión, como hacen los que todavía creen que todo va a salir exactamente como lo habían planeado.

De repente éramos dos personas de más de cuarenta, en una adosada pequeña, intentando improvisar una bienvenida para dos hermanos que acababan de pasar demasiadas cosas en demasiado poco tiempo.

Sergio dejó el transportín del atigrado en el suelo del salón.

Yo entré con el de la pequeña negra en la habitación de invitados, que en realidad era un cuarto con una cama estrecha, un armario que no cerraba bien y una cómoda heredada de mi tía.

Habíamos pensado que los primeros días estarían allí tranquilos, pero ya no sabíamos cómo hacer las cosas bien sin separar lo que claramente no quería estar separado.

Abrimos primero el transportín del atigrado.

Salió despacio. Muy despacio. No como un gato asustado que sale disparado, sino como alguien que entra en una casa nueva y quiere aprenderse el suelo antes de fiarse de las paredes. Olfateó la esquina de la alfombra, la pata de la mesa, el radiador, mis zapatillas.

La pequeña negra tardó más.

Cuando abrí su transportín, no intentó salir. Se quedó hecha una bolita, con el cuerpo encogido y la barbilla blanca moviéndose apenas con la respiración.

Yo metí la mano muy despacio y le hablé bajito, casi como se le habla a un bebé que no conoces todavía pero ya te da miedo romper.

Entonces pasó algo muy sencillo y muy grande.

El atigrado, que ya estaba fuera, se acercó al otro transportín. No metió la cabeza de golpe ni hizo nada brusco. Solo soltó un sonido suave, una especie de mrrr corto, como si quisiera decir: estoy aquí.

La pequeña levantó la cabeza al instante.

No hacia mí. Hacia él.

Y salió.

Aquello nos dejó a los dos quietos, mirándolos como si acabáramos de asistir a una conversación privada que no nos correspondía del todo entender.

“Bueno”, dijo Sergio al cabo de unos segundos. “Parece que la casa no la van a organizar ellos.”

Me reí, aunque tenía un nudo en la garganta.

Esa primera noche casi no dormimos. Cada poco rato nos levantábamos a mirar si estaban bien, si habían comido, si se habían escondido, si necesitaban algo que no sabíamos darles todavía.

Lo curioso es que el atigrado no parecía necesitar gran cosa.

Comió un poco. Bebió agua. Se paseó por el pasillo con cautela. Y después volvió una y otra vez a donde estuviera su hermana, como si la casa entera pudiera esperar mientras ella no supiera todavía dónde terminaba una pared y empezaba su vida nueva.

La pequeña negra sí necesitaba más tiempo.

Daba dos pasos y se paraba. Se quedaba muy quieta, con los bigotes tensos, escuchando. Si él estaba cerca, avanzaba. Si no lo oía, se encogía otra vez y buscaba refugio junto a cualquier esquina.

A las tres de la mañana la encontramos debajo de la cama de invitados.

No maullaba fuerte. Eso era casi lo peor. Solo hacía un ruidito pequeño, contenido, de esos que parecen una disculpa por tener miedo. Sergio se agachó primero, pero ella retrocedió aún más al fondo.

Entonces el atigrado se metió debajo detrás de ella.

Y al cabo de unos segundos, salieron los dos.

“Yo ya no sé quién está cuidando a quién”, murmuré.

Sergio, todavía de rodillas en el suelo, me contestó:

“Creo que ellos lo tienen bastante claro.”

Durante la primera semana no hablamos de otra cosa.

Ni de facturas. Ni de trabajo. Ni de la lista de la compra. Ni del grifo del baño que goteaba. Toda nuestra conversación giraba alrededor de los dos gatos, como si la casa, que llevaba años siendo práctica, ordenada y un poco cansada, se hubiera vuelto de pronto un lugar donde podían pasar cosas tiernas a cualquier hora.

Tardamos varios días en ponerles nombre.

No porque no se nos ocurrieran, sino porque queríamos acertar. Había algo casi solemne en eso. Al final, y de una manera bastante poco literaria, acabaron siendo Nico y Vera.

Nico porque Sergio dijo que tenía cara de chico formal y paciente.

Vera porque me gustó cómo sonaba cuando la llamabas en voz baja. Tenía algo suave, algo de verdad pequeña y resistente. Y además, no sé por qué, me pareció un nombre con luz. Me hizo gracia ponerle luz a una gata que no veía.

La primera visita al veterinario nos dejó más tranquilos y más asustados a la vez.

Nos dijeron que Vera no parecía tener dolor, que probablemente aquella ceguera venía de nacimiento y que, con estabilidad, rutina y calma, podía hacer vida normal.

También nos dijeron lo que ya sabíamos sin que nadie nos lo confirmara: que lo iba a tener siempre más difícil.

La vuelta a casa fue distinta de la primera.

Aquella vez no había culpa en el coche. Había silencio, sí, pero era otro. Más concentrado.

Más parecido al de dos personas que empiezan a entender que querer bien a alguien no es solo emocionarse, sino también reorganizar la vida para que ese alguien pueda estar seguro dentro de ella.

Sin hablarlo demasiado, empezamos a hacer pequeños cambios.

Dejamos de mover sillas sin necesidad. No dejábamos bolsas en mitad del pasillo. Aprendimos a no cambiarles los cuencos de sitio porque, para Vera, la casa era un mapa hecho de memoria, olor y costumbre.

Y ella, poco a poco, empezó a dibujar ese mapa dentro de sí.

Al principio tardaba un siglo en cruzar del cuarto al salón.

Luego ya no.

Luego fue capaz de ir sola hasta el arenero. Luego hasta el agua. Luego hasta la mantita junto al radiador.

Y cada vez que conseguía algo nuevo, no hacía ninguna escena heroica. Solo se sentaba un momento, muy recta, como si quisiera fingir que aquello le había salido bien desde el principio.

Nico la vigilaba sin parecer que la vigilaba.

Si ella se quedaba demasiado tiempo frente a una pared, él aparecía. Si oía un ruido raro en otra habitación, iba primero. Si ella dudaba en una puerta, él se sentaba al otro lado y esperaba.

Nunca he visto una paciencia igual en un animal tan pequeño.

Y tampoco en un hombre adulto como mi marido, para qué engañarnos.

Porque Sergio, que en la protectora había hecho de sensato, fue el primero que empezó a hablarles como si llevaran toda la vida en casa. No se daba ni cuenta.

Iba por la mañana a prepararse el café y yo lo oía decir cosas como: “A ver, chicos, hoy estamos todos un poco torpes” o “Nico, deja a tu hermana en paz cinco minutos, alma de cántaro”.

Una tarde llegué de hacer unos recados y me lo encontré sentado en el suelo del salón.

Tenía a Vera encima de una pierna y a Nico pegado al muslo, dormido. Él no se movía para no molestarlos. Tenía el café frío sobre la mesa y una expresión en la cara que yo no le veía desde hacía años.

No era exactamente alegría.

Era algo más raro y más bonito.

Era ternura sin defensa.

“Te has quedado atrapado”, le dije desde la puerta.

Ni me miró.

“Llevo cuarenta minutos.”

“¿Y no te puedes mover?”

“Poder, puedo”, dijo. “Pero no quiero.”

Hay días que recuerdas por cosas grandes y otros por tonterías que, sin embargo, se te quedan dentro para siempre.

Yo recuerdo perfectamente la primera vez que Vera empezó a jugar.

Hasta entonces había sido tranquila, observadora, pegada a su hermano y todavía un poco pendiente de no equivocarse con el mundo.

Pero aquella tarde, mientras yo doblaba ropa en el salón, Nico empujó sin querer una pelota de tela que rodó hasta la pata del sofá.

Vera oyó el sonido.

Giró la cabeza. La tocó con una pata. La pelota se movió otra vez. Ella retrocedió, sorprendida, y Nico, como si entendiera las reglas del asunto mejor que nosotros, volvió a darle un golpecito hacia ella.

Estuvieron así veinte minutos.

Uno empujaba. La otra esperaba el sonido. Luego se lanzaba. Fallaba. Lo intentaba otra vez. Y cada vez que la atrapaba, levantaba la cabeza con una cara de satisfacción tan seria que yo tuve que sentarme porque me entraron ganas de llorar y reírme a la vez.

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