La primera cita que empezó con un futbolín y terminó cambiándonos la vida

Me pidió cancelar nuestro primer café para ayudarle a cargar un futbolín viejo. Y, por alguna razón, dije que sí.

Me llamo Marta. Tenía 32 años y estaba cansada de las citas.

No cansada de amar.

Cansada de empezar siempre desde cero.

Las aplicaciones de citas me habían dejado agotada. Siempre las mismas preguntas, los mismos saludos, las mismas conversaciones que parecían copiadas.

“¿Qué buscas por aquí?”

“¿A qué te dedicas?”

“¿Te apetece tomar algo un día?”

Yo contestaba con educación, claro. Pero cada vez sentía más que estaba haciendo una entrevista de trabajo, no conociendo a alguien.

Entonces apareció Thiago.

No tenía una foto perfecta. Salía con un jersey viejo, el pelo un poco despeinado y una sonrisa rara, como si alguien le hubiera sacado la foto sin avisar.

Pero escribía distinto.

No intentaba hacerse el interesante. No decía frases aprendidas. Preguntaba cosas normales y, sobre todo, leía mis respuestas.

Después de unos días, quedamos para tomar algo un jueves por la tarde, en un bar tranquilo cerca de mi casa.

Yo ya había elegido una blusa.

A las cinco y cuarto me llegó su mensaje.

“Marta, te voy a hacer una propuesta muy rara. He encontrado un futbolín antiguo de un bar de barrio que cerró hace años. El señor se muda mañana por la mañana. Si no voy a por él hoy, lo tira. He alquilado una furgoneta pequeña. Podemos cancelar la cita, o puedes venir conmigo, ayudarme a cargarlo y luego te invito al bocadillo más cutre de la provincia. Si me bloqueas, lo entiendo.”

Me quedé mirando el móvil un buen rato.

Una mujer sensata habría dicho que no.

Yo me quité la blusa, me puse unos vaqueros, unas zapatillas, y le respondí:

“Pásame la dirección.”

Thiago llegó a mi portal con una furgoneta blanca alquilada que olía a polvo, café frío y ambientador de vainilla.

Bajó del asiento con cara de vergüenza.

“Te prometo que normalmente mis primeras citas son menos lamentables.”

Me reí.

Durante el camino no hablamos de lo típico.

No hubo preguntas sobre ex, ni planes de futuro, ni frases para quedar bien.

Hablamos del futbolín.

Imaginamos cuántas partidas habría visto. Cuántos chavales se habrían apoyado en él después del instituto. Cuántos hombres habrían jugado una última partida antes de volver a casa con el cansancio del día encima.

Thiago me contó que le gustaba arreglar cosas antiguas.

“No porque valgan mucho”, dijo. “Es que me da pena cuando algo se tira solo porque nadie quiere mirarlo con calma.”

Lo dijo como si nada.

Pero a mí se me quedó dentro.

Llegamos a una casa baja en las afueras. Tenía una verja de hierro, unas macetas medio vacías y la entrada llena de cajas.

Nos abrió don Emilio.

Tendría unos 78 años. Llevaba pantalón de vestir, tirantes y una camisa clara. Tenía esa forma de mirar de los hombres mayores que no quieren dar explicaciones, pero tampoco quieren estar solos.

“El futbolín está abajo”, dijo.

Bajamos al sótano.

Y allí estaba.

Era enorme. Oscuro. Rayado por todas partes. Mucho más pesado de lo que Thiago me había dicho.

En un lado tenía pegada una etiqueta amarillenta de un torneo del barrio. Uno de los jugadores azules no tenía cabeza.

Lo señalé sin pensar.

Don Emilio dijo:

“Ese lo rompió mi mujer. Jugaba fatal, pero ganaba siempre.”

Nadie habló durante unos segundos.

Y entonces entendí que no estábamos recogiendo un trasto viejo.

Estábamos sacando de aquella casa un pedazo de vida.

Don Emilio nos contó, con frases cortas, que él y su mujer habían llevado un bar durante más de treinta años. El futbolín estaba al fondo, al lado de la barra. Había clientes que pasaban más tiempo allí que en su propia casa.

Su mujer guardaba siempre una bola de repuesto en el bolsillo del delantal.

“Decía que un futbolín sin bola era un mueble triste”, murmuró.

Luego miró hacia otro lado.

Tardamos casi una hora en subir aquel monstruo por la escalera.

Thiago, al principio, hizo como si tuviera un plan. No lo tenía.

Yo me enganché la manga contra la pared. Él se dio un golpe en la rodilla. Don Emilio, desde arriba, iba dando órdenes secas.

“Así no.”

“Gírenlo un poco.”

“No tanto.”

“Despacio, por favor, que todavía no está muerto.”

En una curva de la escalera, el futbolín se quedó atascado.

Thiago estaba rojo, sudando, lleno de polvo. Me miró con la cara de un hombre que acababa de darse cuenta de que había arruinado la peor primera cita de la historia.

Y yo me empecé a reír.

Luego se rió él.

Y al final, incluso don Emilio sonrió.

Solo un poco.

Como si se le hubiera escapado.

Cuando por fin conseguimos meter el futbolín en la furgoneta, yo tenía las manos negras, el pelo revuelto y una telaraña pegada al hombro.

Thiago estaba igual o peor.

Cerró las puertas traseras, se apoyó en la chapa y levantó la mano.

Le choqué los cinco.

Fue una tontería.

Pero todavía hoy creo que algo empezó justo ahí.

Don Emilio se quedó en la puerta de la casa.

Después sacó del bolsillo una bola vieja de corcho.

“Esta era de ella”, dijo. “Lleváosla también.”

Thiago la cogió con cuidado.

No hizo un discurso bonito.

Solo dijo:

“Lo voy a cuidar.”

Don Emilio asintió.

“Que no acabe en un trastero. Ya ha estado demasiado tiempo callado.”

Más tarde paramos en un bar de carretera pequeño.

Nada de velas. Nada de vino. Nada de mesa bonita.

Dos bocadillos calientes, dos refrescos y nosotros sentados en el borde de la furgoneta abierta, con el futbolín al lado.

Le conté a Thiago que en las citas siempre sentía que tenía que hacer un papel.

Ser simpática, pero no demasiado. Independiente, pero no fría. Sincera, pero no intensa. Cansada, pero sin parecer triste.

Thiago me escuchó.

No me interrumpió.

No hizo bromas.

No intentó arreglarme.

Solo se quedó ahí.

Y eso fue lo que me tocó el corazón.

No necesitaba un hombre que me llevara a un sitio bonito para sentirme especial.

Necesitaba a alguien con quien pudiera sentarme, llena de polvo, muerta de cansancio, sin fingir nada.

Hoy ese futbolín está en nuestro salón.

Ocupa demasiado espacio. Todos los invitados se golpean con él. El jugador azul sin cabeza sigue ahí, porque yo no quiero cambiarlo.

A veces Thiago deja la vieja bola de corcho encima y dice:

“A don Emilio le habría gustado verlo así.”

Y yo pienso en aquella tarde.

En un hombre mayor despidiéndose del último ruido de su bar.

En Thiago, que nunca intentó parecer perfecto.

Y en mí, que por primera vez en mucho tiempo dejé de actuar.

Nos han hecho creer que el amor empieza con flores, restaurantes bonitos y frases dichas en el momento exacto.

Pero a veces empieza con un futbolín demasiado pesado, dos personas cubiertas de polvo y la sensación extraña de que, juntos, hasta lo difícil pesa un poco menos.

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