Durante 40 minutos intentó detener a su perro… sin saber que él ya había encontrado al niño perdido

El perro que encontró a un niño perdido durante 18 horas no era rescatista… y yo llevaba 40 minutos intentando detenerlo

Me llamo Daniel Reyes y llevaba catorce años trabajando como policía cuando aquella noche descubrí que el perro que dormía en mi casa sabía algo que ninguno de nosotros podía ver.

Su nombre es Brújula.

Es un perro mestizo de unos 27 kilos, de pelo atigrado, pecho ancho y orejas largas. Cuando lo adopté cuatro años antes, en un refugio del norte de México, su ficha decía simplemente:

“Cruce de Pit Bull. Posiblemente sabueso”.

Nunca recibió entrenamiento de búsqueda.

Nunca había participado en un rescate.

Ni siquiera lo llevé aquella noche para buscar al niño.

Lo llevé porque era bueno con los niños.

Y durante casi cuarenta minutos hice todo lo posible para impedirle hacer exactamente aquello para lo que, al parecer, había nacido.

El niño desaparecido se llamaba Mateo Hernández.

Tenía ocho años.

Había viajado con su familia desde Monterrey para pasar unos días en una cabaña sencilla cerca de una zona boscosa de la Sierra Madre Occidental, en el estado de Durango.

La familia había salido a caminar por un sendero cercano.

Mateo iba unos metros por delante.

Nada extraño.

Nada que pareciera peligroso.

Hasta que llegaron a una bifurcación y el niño ya no estaba.

Tal vez vio una ardilla.

Tal vez escuchó un pájaro.

Tal vez creyó que uno de los caminos regresaba hacia la cabaña.

Nunca supimos exactamente qué ocurrió.

Solo hicieron falta unos segundos.

Cuando sus padres llegaron al cruce, Mateo no estaba en ninguno de los dos senderos.

Lo llamaron.

Esperaron.

Volvieron sobre sus pasos.

Después corrieron.

Y finalmente pidieron ayuda.

La búsqueda comenzó aquella misma tarde.

Durante las primeras horas todos pensábamos lo mismo: aparecería pronto.

Un niño asustado, quizá escondido detrás de unas rocas o sentado junto a un árbol esperando que alguien lo encontrara.

Pero pasaron las horas.

Y Mateo no aparecía.

Cuando cayó la noche, el tono de las conversaciones cambió.

Las linternas comenzaron a moverse lentamente entre los árboles.

Los radios no dejaban de sonar.

Cada equipo tenía asignado un sector.

Había voluntarios preparados, personal experimentado y dos perros certificados para búsqueda.

Todo estaba organizado.

Todo seguía un plan.

Yo formaba parte de un grupo que debía revisar una zona de pendiente cubierta de pinos, barrancos pequeños y vegetación muy cerrada.

Y en la parte trasera de mi camioneta estaba Brújula.

Mi jefe de turno me miró cuando abrí la puerta.

—¿Lo vas a llevar?

—Solo por si encontramos al niño —respondí.

Mateo llevaba horas solo.

Yo imaginaba que, si lo encontrábamos, probablemente estaría aterrorizado.

Brújula tenía una habilidad especial para tranquilizar a los niños.

Se sentaba cerca.

No saltaba.

No ladraba.

Simplemente esperaba.

Más de una vez había visto a un niño acercarse a él después de tener miedo de otros perros.

Ese era mi plan.

Encontrar a Mateo.

Cubrirlo.

Darle agua.

Y dejar que Brújula se acostara cerca mientras llegaba el equipo médico.

Nada más.

Brújula, sin embargo, parecía tener otros planes.

Desde que bajó de la camioneta empezó a comportarse de una manera extraña.

Caminaba con el cuerpo tenso.

Levantaba la cabeza.

Olfateaba.

Después bajaba el hocico hasta el suelo.

Volvía a levantarlo.

Tiraba de la correa.

—Tranquilo —le dije varias veces.

Pensé que estaba nervioso.

Había demasiada gente.

Linternas.

Radios.

Personas caminando por todas partes.

Un lugar desconocido.

Seguimos avanzando.

Durante aproximadamente cuarenta minutos revisamos el sendero marcado y las zonas que nos habían asignado.

Entonces Brújula se detuvo.

Fue tan repentino que casi choqué contra él.

Levantó la cabeza.

Su nariz comenzó a moverse.

Permaneció inmóvil unos segundos.

Después giró.

Noventa grados.

Directamente hacia una zona oscura de bosque que no pertenecía a nuestro recorrido inmediato.

Y tiró.

—No.

Acorté la correa.

Brújula volvió a tirar.

—Por aquí no.

Intenté hacerlo regresar al sendero.

Se negó.

No empezó a ladrar.

No saltó.

No parecía asustado.

Simplemente apoyó las cuatro patas, inclinó todo el cuerpo hacia los árboles y mantuvo la tensión.

Yo tiraba hacia el sendero.

Él tiraba hacia el bosque.

—Brújula, basta.

Nada.

Entonces hizo algo que todavía recuerdo perfectamente.

Giró la cabeza.

Me miró.

Después volvió a mirar hacia los árboles.

Y tiró otra vez.

No parecía un perro confundido.

Parecía un perro diciéndome:

“Tú eres el que está equivocado.”

Durante unos segundos permanecí allí sin saber qué hacer.

Nosotros teníamos mapas.

Teníamos sectores.

Teníamos personas preparadas.

Teníamos perros de búsqueda entrenados.

Brújula no tenía nada de eso.

Era simplemente mi perro adoptado.

El perro que se dormía junto al sofá.

El perro al que había llevado para acompañar a un niño después de encontrarlo.

Pero seguía tirando.

Tomé el radio.

—Central, tengo una situación.

Hubo respuesta inmediata.

—Adelante.

—Mi perro está marcando algo fuera del sendero.

Silencio.

No fue largo.

Quizá uno o dos segundos.

Pero lo noté.

Todos sabían qué perro llevaba conmigo.

No era uno de los animales certificados.

Mi superior aquella noche era Laura Mendoza, una mujer con muchos años de experiencia coordinando búsquedas en zonas serranas.

Su voz llegó por el radio.

—Daniel, ¿tu perro está seguro?

Miré a Brújula.

Seguía inclinado hacia el bosque.

Toda su atención estaba allí.

—Sí.

—¿Seguro?

Respiré.

—Sí. Está completamente seguro.

Laura respondió:

—Entonces síguelo. Voy a enviar otro equipo detrás de ti. Reporta tu posición cada cinco minutos.

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