Pensé que aquel perro estaba muerto sobre una alcantarilla inundada. Cuando vi lo que escondía debajo, me quedé sin palabras.
El agua ya me llegaba por encima de los tobillos cuando crucé la calle.
Me arrodillé a unos tres metros del perro.
—Tranquilo, amigo. No voy a hacerte daño.
No respondió.
Era un pitbull mestizo de pelaje atigrado y blanco, de unos veinte kilos. Estaba completamente pegado a una rejilla de drenaje, con el vientre hacia abajo y las patas abiertas.
Parecía herido.
O muerto.
Aquella mañana yo llevaba casi tres horas limpiando desagües obstruidos en una zona residencial de Villahermosa, Tabasco. Un huracán de categoría uno había dejado calles convertidas en pequeños ríos y varias colonias sin electricidad.
Me llamo Elena Ramírez. Tengo 53 años.
Durante veintiséis años fui directora de una escuela primaria. Después de jubilarme empecé a colaborar como voluntaria en una brigada municipal que revisaba alcantarillas durante inundaciones.
Estaba acostumbrada a mantener la calma.
Había vivido fugas de gas en la escuela, evacuaciones, niños heridos y emergencias que obligaban a tomar decisiones en segundos.
Pero aquel perro me preocupó.
Extendí lentamente la herramienta metálica que utilizaba para retirar basura de los drenajes.
Toqué con muchísimo cuidado su cadera.
El perro gruñó.
No fue un sonido de dolor.
Fue grave, firme y completamente consciente.
Un aviso.
Me quedé quieta.
Entonces entendí algo.
No estaba inmóvil porque no pudiera levantarse.
Estaba inmóvil porque no quería hacerlo.
—Está bien —le dije—. No voy a moverte. Pero dime qué estás haciendo.
Incliné la cabeza y apunté mi lámpara hacia el pequeño espacio entre su cuerpo y la rejilla.
Y entonces los vi.
Cuatro pares de ojos.
Cuatro gatitos diminutos estaban acurrucados debajo de él.
Tres eran negros.
La cuarta era una pequeña gata tricolor.
El perro estaba usando su propio cuerpo como techo.
La rejilla era el punto más alto de aquella esquina, apenas unos centímetros por encima del agua.
Si él se levantaba, la corriente pasaría directamente por encima de los gatitos.
Me quedé mirándolo varios segundos.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
No sabía de dónde habían salido aquellos gatos.
No sabía si el perro los conocía.
Pero sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Los estaba protegiendo.
Tomé mi radio.
—Central, necesito apoyo de rescate animal.
César, el operador de turno, respondió inmediatamente.
Le expliqué la situación.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Me estás diciendo que un perro está acostado encima de una alcantarilla protegiendo cuatro gatos?
—Eso estoy diciendo.
—La unidad tardará unos veinte minutos.
Miré el agua.
Veinte minutos podían ser demasiado.
El nivel seguía subiendo.
Me senté en el agua, a unos tres metros del perro.
Y decidí que tampoco me movería.
Mientras esperaba, empecé a observarlo con más atención.
Tenía una pequeña muesca en la oreja derecha, probablemente de alguna antigua pelea o accidente.
Llevaba un collar antipulgas muy gastado.
Eso me hizo pensar que alguna vez había tenido dueño.
Estaba delgado, pero no al borde de morir de hambre.
Parecía llevar semanas sobreviviendo en la calle.
Su posición era increíblemente precisa.
Los hombros y las caderas estaban ligeramente levantados para dejar espacio debajo de su pecho.
Los cuatro gatitos podían respirar.
La pequeña tricolor estaba justo debajo de su esternón.
Los otros tres permanecían pegados a su vientre.
Él era literalmente un techo.
Saqué mi teléfono.
Dudé.
Me parecía extraño fotografiar algo así.
Casi irrespetuoso.
Pero pensé que, si no lo hacía, nadie entendería lo que aquel animal había hecho.
Tomé una sola foto.
En ella se veía el agua marrón alrededor de la rejilla, el perro completamente empapado y las cuatro pequeñas caras asomando debajo de su cuerpo.
El perro miraba directamente hacia mí.
No parecía asustado.
Parecía decidido.
Guardé el teléfono.
Y entonces hice algo que no había hecho desde hacía meses.
Llamé al teléfono fijo de mi propia casa.
Mi esposo, Javier, había muerto seis años antes.
Tenía 50 años cuando sufrió un infarto mientras yo hacía compras.
Habíamos estado casados veinticinco años.
Cuando comprendió que algo iba mal, intentó llamarme.
No pudo comunicarse conmigo.
Terminó dejando un mensaje en nuestro contestador.
Conservaba aquella grabación.
Desde entonces, cuando estaba sola y tenía miedo, llamaba a casa y dejaba un mensaje como si él todavía pudiera escucharlo.
Aquella mañana hice otra llamada.
—Javier, soy yo.
Miré al perro.
—Estoy sentada en una calle inundada. Hay un perro aquí protegiendo cuatro gatitos. No quiere levantarse porque sabe que el agua puede llevárselos.
Respiré profundamente.
—La ayuda viene en camino. Él no piensa abandonarlos.
Me quedé callada.
Luego añadí:
—Me recuerda mucho a ti.
Colgué.
Durante los siguientes dieciséis minutos permanecí sentada frente al perro.
Él no volvió a gruñir.
Solo me observaba.
Cuando el agua alcanzó casi la altura de mis pantorrillas, vi aparecer un vehículo alto de rescate.
Bajaron dos trabajadores.
La primera era Adriana Salgado, una mujer de 46 años con casi dos décadas de experiencia rescatando animales.
El segundo era Luis Mendoza, de 31.
Adriana se acercó.
—Cuéntame exactamente qué pasó.
Se lo expliqué.
Se arrodilló y miró debajo del perro.
Su expresión cambió.
—No puede ser.
Luis también se inclinó.
—Nunca había visto algo así.
Adriana sacó una pequeña toalla.
La acercó lentamente al hocico del perro para que pudiera olerla.
—Escúchame, grandote —dijo con una voz sorprendentemente suave—. Vamos a sacarte de aquí.
El perro permaneció quieto.
—Pero ellos también vienen contigo.
La cola del perro golpeó una vez contra la rejilla.
Una sola vez.
Adriana me miró.
Tenía los ojos húmedos.
—Creo que estaba esperando escuchar eso.
Luis regresó al vehículo y trajo un transportador para gatos.
Lo abrió sobre una zona elevada.
Adriana siguió hablando con el perro.
Después deslizó lentamente las manos debajo de su abdomen.
Lo levantó apenas unos centímetros.
Luis sacó el primer gatito.
Luego el segundo.
Después el tercero.
La pequeña tricolor fue la última.
El perro observó todo.
Ni gruñó ni intentó escapar.
Cuando los cuatro estuvieron dentro del transportador, Adriana bajó al perro.
Se puso de pie inmediatamente.
Se sacudió.
Luego caminó directamente hacia los gatos.
Metió el hocico contra la malla.
Olfateó a los cuatro.
Su cola empezó a moverse.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






