Una perra moribunda detuvo seis motocicletas en el desierto, pero nadie imaginó lo que intentaba salvar

Una perra deshidratada detuvo seis motocicletas en pleno desierto; cuando la seguimos, entendimos por qué se negaba a beber agua.

Metí la mano en la caja de cartón y la perra se interpuso.

Apenas podía mantenerse de pie, pero colocó su cuerpo entre mis dedos y el cachorro más pequeño.

—Tranquila, mamá —le dije.

No gruñó.

No intentó morderme.

Miró la botella de agua que yo llevaba en la otra mano.

Dentro de aquella caja había cinco cachorros recién nacidos.

Tres se movían con dificultad.

Dos estaban completamente quietos.

Estábamos en una carretera secundaria a las afueras de Hermosillo, Sonora, lejos de cualquier casa. Éramos seis hombres viajando en motocicleta cuando aquella perra apareció desde un camino de tierra.

Yo me llamo Raúl Mendoza. Tenía 53 años entonces, barba gris, cabeza rapada y brazos llenos de tatuajes antiguos.

Estoy acostumbrado a que algunas personas me miren dos veces antes de acercarse.

A ella no le importó.

Solo quería que la siguiéramos.

Había aparecido junto a la carretera y se había colocado delante de las motocicletas hasta obligarnos a reducir la velocidad.

Cuando nos detuvimos, avanzó unos metros.

Miró hacia atrás.

Volvió a avanzar.

Nosotros pensamos que buscaba agua.

Mateo, que iba a mi lado, sacó una botella y llenó una pequeña tapa.

La perra acercó el hocico.

Pero no bebió.

Corrió otra vez.

La seguimos.

Durante varios kilómetros hizo exactamente lo mismo.

Avanzaba.

Miraba atrás.

Esperaba.

Si alguno de nosotros disminuía demasiado la marcha, regresaba y volvía a guiarnos.

Hasta que llegamos a un árbol bajo, apartado del camino.

Allí estaba la caja.

El cartón estaba húmedo y blando por debajo. Los cinco pequeños se amontonaban buscando la poca sombra disponible.

La madre era una mezcla de pastor alemán, de color arena, con el hocico oscuro y una oreja ligeramente doblada.

Tenía las costillas marcadas.

Una de sus patas traseras dejaba una mancha rojiza en el suelo cada vez que la apoyaba.

Volví a acercar una gota de agua a la boca del cachorro más pequeño.

Nada.

Mateo sostuvo su chamarra sobre nosotros para ampliar la sombra.

Uno de los hombres humedeció dos pañuelos. Colocamos uno cerca de los pequeños y otro bajo las patas delanteras de la madre.

Ella se apartó inmediatamente.

Regresó junto a sus hijos.

—Está dejando todo para ellos —murmuró Mateo.

No respondí.

Toqué otra gota contra las encías del cachorro.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Entonces su pecho se levantó.

Una sola vez.

Después quedó inmóvil.

Empecé a frotarlo suavemente con una toalla seca.

—Vamos, pequeño —dijo Mateo.

La madre acercó el hocico.

Primero tocó al cachorro que yo tenía en las manos.

Luego hizo algo que ninguno de nosotros olvidaría.

Revisó a los cinco.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Regresó al más pequeño.

De la caja salió un sonido diminuto, casi como aire escapando.

Una pata se movió.

Volví a poner una gota de agua en sus encías.

Esta vez tragó.

La madre lo vio.

Y entonces se desplomó.

La alcancé antes de que todo su cuerpo golpeara el suelo.

Su corazón iba demasiado rápido.

Tenía las encías secas y una respiración débil.

—Tenemos que sacarlos de aquí —dije.

Mientras Mateo buscaba señal para llamar a una clínica veterinaria de urgencias, abrí el pequeño botiquín que siempre llevaba en una de mis maletas.

Había pertenecido a mi esposa, Elena.

Ella había trabajado muchos años ayudando con animales antes de morir en 2020.

Nunca tuve valor para sacar aquel botiquín de la motocicleta.

Ese día entendí por qué lo había conservado.

Mientras acomodábamos a la perra, observé algo negro bajo su cuello.

Parecía una placa.

No lo era.

Era un rastreador electrónico.

La carcasa estaba golpeada y cubierta de polvo. Parte de la numeración exterior había sido borrada.

La correa, además, estaba reparada con un pequeño cordón azul.

Debajo, la piel del cuello estaba irritada.

Giré el aparato.

Una pequeña luz verde seguía parpadeando.

Mateo me miró.

—¿Todavía funciona?

—Parece que sí.

Eso significaba que, en algún momento, alguien había tenido una forma de saber dónde estaba aquella perra.

Sin embargo, nadie había llegado.

Ella abrió los ojos.

Pensé que miraría a sus cachorros.

No.

Miró hacia el norte.

Hacia el lugar del que aparentemente había venido antes de encontrarnos.

En aquel momento creímos que había estado buscando comida o agua.

Nos equivocábamos.

La ruta guardada en ese aparato terminaría explicándolo todo.

Con ayuda de dos personas que se detuvieron al vernos, conseguimos trasladar a la familia.

Los cinco cachorros viajaron dentro de un recipiente amplio, sobre toallas limpias.

La madre iba acostada junto a ellos.

Cada vez que el vehículo giraba, levantaba la cabeza para comprobar que seguían allí.

A pocos kilómetros de la ciudad, el cachorro más pequeño dejó de respirar.

Mateo gritó desde el asiento trasero.

Nos detuvimos.

Yo lo tomé entre las manos y empecé a estimular su pecho con una toalla.

Era tan pequeño que cabía entero sobre mi palma.

—No te rindas —repetía Mateo.

Pasaron diez segundos.

Luego veinte.

La lengua del cachorro había perdido color.

Seguí frotando.

De repente, su pecho dio un pequeño salto.

Entró aire.

Mateo giró la cara.

Yo fingí que no vi cómo se limpiaba los ojos.

Llegamos a la clínica poco después.

El personal salió con dos camillas y se llevó primero a los cachorros.

Después entraron a la madre.

Una recepcionista me preguntó:

—¿Usted es el dueño?

Miré a los otros cinco motociclistas detrás de mí.

—No.

—Entonces, ¿quién los encontró?

Miré la puerta por donde acababan de desaparecer.

—Ella nos encontró a nosotros.

La veterinaria, la doctora Laura Salgado, salió casi cuarenta minutos después.

La madre tenía deshidratación grave, lesiones en las almohadillas de las patas y señales de agotamiento extremo.

Tres cachorros estaban débiles pero estables.

Los dos que habían permanecido inmóviles en la caja necesitaban cuidados especiales.

Podían sobrevivir.

La doctora colocó el rastreador sobre una mesa.

—Esto no parece un aparato doméstico común —dijo.

Un técnico pudo recuperar un código interior que no había sido borrado.

Ese código estaba vinculado con un centro privado situado al norte de la zona donde habíamos encontrado la caja.

La perra aparecía registrada únicamente como C-17.

No había nombre.

Solo un número.

Según los documentos disponibles, tenía unos tres años y había sido utilizada en pruebas de orientación y detección de olores.

El registro indicaba que había salido del recinto nueve días antes.

Mateo miró a la doctora.

—¿Nueve días?

Ella asintió.

Los cachorros también tenían aproximadamente nueve días.

Alguien sabía que aquella perra estaba cerca de dar a luz.

La clínica contactó con el número asociado al registro.

Un hombre respondió.

La doctora explicó que habían encontrado viva a C-17 junto con cinco cachorros recién nacidos.

Hubo un silencio.

Después preguntó cuándo podían recogerla.

La doctora respondió que la perra no podía salir todavía y que, antes de entregarla, necesitaban aclarar las condiciones en las que había aparecido.

El tono del hombre cambió.

Insistió en que tanto la perra como los cachorros debían regresar.

La doctora preguntó por qué el código exterior del rastreador había sido raspado.

El hombre no respondió.

Terminó la llamada.

Más tarde aparecieron dos trabajadores del centro.

Uno llevaba un instrumento de manejo para animales.

La madre estaba detrás de un cristal, conectada a líquidos.

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