Una niña hospitalizada descubrió por qué aquella madre jamás se acostaba junto a sus seis cachorros

La perra no podía acostarse junto a sus seis cachorros, hasta que una niña hospitalizada vio lo que ningún adulto entendía.

Me llamo Mariana Torres y tenía 39 años cuando recibí la llamada del refugio donde colaboraba, en las afueras de Querétaro.

Habían encontrado a una perra debajo de un viejo puesto de frutas abandonado, junto con seis cachorros recién nacidos.

Era enorme, incluso después de pasar varios días comiendo poco. Parecía una mezcla de San Bernardo, con una franja blanca entre los ojos, el cuerpo marrón y una mancha rojiza sobre la oreja derecha.

Pero había algo que preocupaba mucho más.

Una de las glándulas mamarias de su lado izquierdo estaba casi al doble de tamaño.

No tenía heridas abiertas, pero la inflamación era tan fuerte que caminaba con la pata trasera separada del cuerpo. Cada vez que intentaba acostarse junto a los cachorros, se levantaba de inmediato.

Los pequeños lloraban buscando calor.

Ella los miraba desde arriba.

Y permanecía de pie.

La instalamos en el espacio más tranquilo del refugio. Pusimos mantas limpias en el suelo, agua fresca y una cama baja para los cachorros.

Cuando acercábamos a los pequeños para alimentarlos, ella no gruñía.

Tampoco intentaba morder.

Simplemente caminaba de una pared a otra, se detenía cuando escuchaba un chillido y bajaba la cabeza como si quisiera acostarse.

Pero no podía.

La primera noche prácticamente no durmió.

A la mañana siguiente, la veterinaria confirmó lo que sospechábamos: tenía una fuerte inflamación mamaria, además de deshidratación y un agotamiento evidente.

Necesitaba medicamentos, compresas tibias, vigilancia y descanso.

También tendríamos que alimentar parcialmente a los cachorros con biberón para reducir la presión sobre su cuerpo.

Decidimos llamarla Canela por aquella mancha rojiza sobre su oreja.

Durante los primeros días, el nombre parecía no significar nada para ella.

Podíamos decir “Canela” cinco veces y ni siquiera movía las orejas.

Pero bastaba con que uno de sus cachorros hiciera un sonido para que se girara inmediatamente.

Había una especialmente pequeña.

Era una hembra con una línea blanca muy fina sobre el hocico y una mancha redonda y oscura cerca de la nariz.

Siempre llegaba tarde cuando sus hermanos empezaban a alimentarse.

Por eso, más adelante, alguien terminaría llamándola Botón.

Sobre el espacio de maternidad teníamos una cámara pequeña.

La habíamos instalado para observar a las madres sin entrar constantemente y aumentar su estrés.

En teoría, aquella cámara no debía ser más que una herramienta de vigilancia.

Terminó convirtiéndose en algo completamente distinto.

A pocos kilómetros del refugio, en un hospital infantil, una niña de 12 años llamada Lucía Herrera recibía diálisis tres veces por semana mientras esperaba un trasplante de riñón.

Las sesiones eran largas.

Había días en que estaba demasiado cansada para leer, hablar o incluso mirar una película completa.

Una persona del hospital que organizaba actividades para los niños nos preguntó si teníamos alguna transmisión tranquila de animales que Lucía pudiera observar durante los tratamientos.

Con autorización de su madre, habilitamos un enlace privado a la cámara de Canela.

Lucía comenzó a mirar un miércoles.

El primer día apenas hizo preguntas.

Observó a Canela caminar.

Vio a los cachorros dormir amontonados.

Me vio entrar con los biberones.

Al segundo día ya podía distinguirlos por las manchas.

Fue Lucía quien llamó Botón a la más pequeña.

—Tiene una nariz como un botón —dijo.

También empezó a fijarse en cosas que a nosotros nos parecían insignificantes.

Si Canela bebía agua.

Si aceptaba la compresa.

Cuánto tardaba en regresar junto a la cama de los cachorros.

Una mañana vio que Canela apoyaba por primera vez la barbilla sobre una toalla doblada.

Para nosotros fue un detalle.

Para Lucía fue una victoria.

El viernes, mientras recibía su tratamiento, pidió que ampliaran la imagen.

Entonces hizo una pregunta.

—¿Por qué levanta tanto esa pata?

La enfermera que estaba con ella nos envió un mensaje.

Revisé las grabaciones.

Lucía tenía razón.

Canela había comenzado otra vez a descargar el peso de su cuerpo hacia el lado derecho. También había una zona húmeda en una de las mantas.

No parecía una emergencia.

Pero significaba algo importante.

Canela ya ni siquiera estaba intentando descansar durante períodos largos.

Entré en el espacio con cuidado.

En cuanto me vio, retrocedió hasta quedar delante de los cachorros.

Sus orejas se fueron hacia atrás.

Respiró más rápido.

La pata izquierda empezó a temblarle.

Yo me senté junto a la entrada sin tocarla.

Desde el hospital, Lucía observaba todo.

Pasaron varios minutos.

Nadie se movió.

Canela seguía de pie.

Yo seguía sentada.

Los cachorros dormían.

Entonces Botón se arrastró lentamente hasta quedar debajo del pecho de su madre.

Canela miró hacia arriba.

Directamente hacia la cámara.

Lucía levantó una mano frente a la pantalla.

Y dijo algo que ninguno de nosotros había considerado.

—¿Y si no está tratando de protegerlos de ustedes?

La enfermera la miró.

Lucía continuó.

—¿Y si tiene miedo de que se los lleven cuando ella se duerma?

Sentí un nudo en el estómago.

Habíamos estado pensando en el dolor.

En la infección.

En el cansancio.

En los medicamentos.

Pero no en eso.

Canela había sido encontrada sola con sus cachorros debajo de un puesto abandonado.

No sabíamos qué había vivido antes.

No sabíamos cuánto tiempo había tenido que vigilarlos.

Ni qué había aprendido sobre lo que ocurría cuando dejaba de estar atenta.

Aquella misma tarde cambiamos la forma de atenderla.

En lugar de retirar a todos los cachorros cuando necesitábamos trabajar con ella, dejamos la cama tan cerca que Canela podía tocarla con el hocico.

Movimos los biberones frente a ella.

Le permitimos olfatear las toallas.

Cada cachorro que levantábamos regresaba inmediatamente a su vista.

Canela dejó de caminar.

Se quedó mirando.

Luego dobló una de las patas delanteras.

Después la otra.

Por primera vez, parecía dispuesta a bajar el pecho hasta la manta.

Lucía observaba desde el hospital.

Yo casi había dejado de respirar.

Entonces la pantalla se volvió negra.

En el hospital solo apareció el círculo de carga.

Lucía se incorporó.

Nosotros escuchamos un ruido detrás del separador.

Uno de los cachorros había conseguido arrastrarse hasta el cable de la cámara y lo había desconectado.

Canela intentaba seguirlo hacia un espacio estrecho.

Por su inflamación no podía girarse bien.

Bloqueamos el hueco con una manta enrollada, recuperamos al cachorro y conectamos nuevamente la cámara.

El corte duró unos doce minutos.

En el hospital, la madre de Lucía nos contó después que durante esos doce minutos su hija había estado contando en voz baja.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Cuando regresó la imagen, Canela estaba de pie en el centro.

Los seis cachorros dormían frente a ella.

La veterinaria llegó poco después.

La temperatura de Canela había subido y la zona inflamada estaba más caliente.

Tomaron una muestra y ajustaron el tratamiento mientras esperábamos más información.

Como alimentarse directamente de la zona afectada le provocaba molestias, organizamos una rotación.

Tres cachorros permanecían cerca de Canela.

Los otros tres recibían biberón detrás de un separador transparente muy bajo.

Después los cambiábamos.

Así podía verlos.

Olerlos.

Comprobar que seguían allí.

La opción más sencilla habría sido llevar a los seis cachorros a otra habitación para que Canela descansara completamente.

Pero ahora comprendíamos que eso probablemente habría conseguido exactamente lo contrario.

Cada vez que el último cachorro desaparecía de su vista, Canela caminaba sin parar.

Su respiración se aceleraba.

Las patas traseras empezaban a temblar.

Así que dejamos de intentar adaptar a Canela al tratamiento.

Adaptamos el tratamiento a Canela.

Antes de cada compresa, colocaba las toallas en el suelo para que pudiera olerlas.

Me sentaba de lado, sin enfrentarla directamente.

Esperaba.

La primera vez tardamos casi diez minutos antes de que me permitiera acercar la compresa a su costado.

No se relajó.

Pero tampoco retrocedió.

Lucía observaba.

En una pantalla se escuchaban los sonidos regulares de las máquinas del hospital.

En la otra, el roce de las uñas de Canela contra el suelo y los pequeños chillidos de los cachorros.

Eran dos habitaciones distintas.

Dos pacientes distintos.

Y, de alguna manera, ambas estaban aprendiendo a soportar la espera.

Al cuarto día, Canela terminó un plato entero de alimento blando.

Al quinto permitió que una cadera descansara contra la pared.

Lucía había dibujado seis círculos en una hoja.

Cada vez que Canela completaba un tratamiento sin caminar nerviosa, coloreaba uno.

Botón seguía siendo nuestra mayor preocupación.

Ganaba peso más lentamente.

Se cansaba antes durante los biberones.

Canela parecía saberlo.

Cada vez que Botón chillaba, bajaba el hocico y la empujaba suavemente hacia el centro de las mantas.

Un día, mientras hacía eso, Canela dobló las dos patas delanteras.

Su pecho quedó muy cerca del suelo.

Mantuvo la pata trasera izquierda estirada para evitar la zona dolorida.

Todos creímos que finalmente iba a acostarse.

No ocurrió.

Se levantó otra vez.

—Estuvo más cerca —dijo Lucía.

Para ella no había sido un fracaso.

Al final de aquella semana, Canela ya había entendido que las compresas podían aliviarla.

También había aprendido que cada cachorro que levantábamos regresaba.

Dejó de bloquear la entrada.

Incluso permitió que desplazáramos la cama de los biberones sin seguirla.

Entonces llegaron los resultados de laboratorio.

El primer medicamento quizá no estaba actuando tan bien como esperábamos.

La veterinaria cambió el tratamiento.

Pero esa misma noche apareció algo más preocupante.

La temperatura de Canela volvió a subir.

Y por primera vez desde que había llegado al refugio, Botón lloró a su lado…

y Canela no giró la cabeza.

Solo duró unos segundos.

Pero nos asustó más que todos los días de caminatas nerviosas.

Trasladamos a Canela a una clínica veterinaria.

Los seis cachorros viajaron en un transportador cálido junto a ella.

Colocamos varias toallas dobladas debajo de su abdomen para evitar presión sobre la zona inflamada.

Canela podía oler a sus pequeños a través de las aberturas.

Lucía no vio el traslado.

Ese día su propia presión había bajado durante la diálisis y el personal necesitaba que descansara.

Pero cada vez que abría los ojos hacía la misma pregunta.

—¿Siguen siendo seis?

Sí.

Seguían siendo seis.

En la clínica comprobaron que Canela volvía a estar deshidratada y que la infección no estaba desapareciendo tan rápido como esperábamos.

Necesitaba líquidos, control del dolor y medicación más específica.

Los cachorros podían permanecer cerca.

Pero durante un tiempo la mayor parte de su alimentación tendría que ser mediante biberón.

Aquella noche, Canela estuvo en un espacio de recuperación más grande.

El transportador con los cachorros quedó al otro lado de una reja.

Podía verlos.

No podía entrar con ellos.

Incluso cuando la medicación comenzó a darle sueño, mantenía la cabeza levantada.

Pasada la una de la madrugada, yo estaba sentada en el suelo de la clínica.

Botón acababa de tomar medio biberón y se había quedado dormida contra mi muñeca.

Canela nos observaba.

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