TODOS SE BURLARON CUANDO ELLA LLEGÓ A LA CITA CON SU BEBÉ, PERO AQUELLA NIÑA CAMBIÓ LA VIDA DEL EMPRESARIO PARA SIEMPRE
—¿Alejandro Mendoza?
Levanté la vista y vi a una mujer joven parada frente a mi mesa, sosteniendo a una bebé contra el pecho.
Durante unos segundos no supe qué decir.
Yo tenía 56 años. Ella parecía tener menos de 30.
Y aquella era nuestra primera cita.
Varias personas del café voltearon a mirarnos. Una pareja de la mesa cercana intercambió una sonrisa. Un hombre dejó incluso de mover la cuchara dentro de su taza.
La joven apretó los labios.
—Soy Mariana. Perdón. Sé que esto se ve terrible.
La bebé llevaba un vestido azul claro y una pequeña diadema. Tendría unos siete meses. Me observaba con unos ojos enormes, completamente ajena a la incomodidad de los adultos.
—La persona que iba a cuidarla canceló hace una hora —continuó Mariana—. Intenté avisarte, pero no tenía tu número directo. Si quieres irte, lo entiendo. De verdad.
Podría haberme marchado.
Durante gran parte de mi vida, eso habría hecho.
Pero aquel sábado yo ya no era el hombre que había sido veinte años antes.
—Siéntate —le dije—. No pasa nada.
Mariana parpadeó.
—¿En serio?
—En serio. ¿Quieres un café? ¿Agua? ¿Necesitas algo para ella?
La tensión de sus hombros bajó un poco.
—Gracias.
Se sentó frente a mí y acomodó a la niña sobre sus piernas.
—Se llama Sofía.
La bebé golpeó suavemente la mesa con una mano.
—Tiene siete meses —añadió Mariana—. Y sí, soy madre soltera. Verónica te contó eso, ¿verdad?
Verónica era mi asistente desde hacía más de quince años.
También era la responsable de que yo estuviera allí.
Dos semanas antes me había encontrado solo en mi oficina, cerca de las nueve de la noche, mirando las luces de Querétaro desde una ventana enorme.
—Alejandro, tienes que empezar a vivir fuera de este edificio —me había dicho.
Me reí.
—Vivo perfectamente bien.
—Trabajas perfectamente bien. No es lo mismo.
No pude discutirle eso.
Para entonces había conseguido casi todo lo que alguna vez había pensado que significaba tener éxito.
Había fundado una pequeña empresa de software cuando tenía veintitantos años. Empezamos con cuatro escritorios usados, una cafetera que siempre fallaba y más entusiasmo que dinero.
Tres décadas después, aquella empresa empleaba a cientos de personas y estaba valuada en miles de millones de pesos.
Yo tenía un departamento enorme, inversiones, autos que apenas utilizaba y una casa para descansar a la que casi nunca iba.
Había aparecido en revistas de negocios.
Me invitaban a conferencias.
Personas que años antes no me devolvían una llamada ahora buscaban sentarse conmigo a comer.
Por fuera, mi vida parecía completa.
Por dentro, era otra historia.
Me había divorciado dos veces.
Mi primer matrimonio terminó porque mi esposa se cansó de competir con mi trabajo.
El segundo duró algunos años más, pero acabó prácticamente por la misma razón.
Siempre tenía una reunión más importante.
Un viaje que no podía cancelar.
Un problema que solo yo podía resolver.
Nunca tuve hijos.
Cuando era joven había decidido que formar una familia podía esperar.
Primero quería construir mi empresa.
Luego asegurar su futuro.
Luego expandirla.
Luego alcanzar otra meta.
Siempre había un “luego”.
Cuando finalmente empecé a preguntarme si había cometido un error, muchos años ya habían pasado.
Mis padres habían muerto.
Con mis hermanos mantenía una relación cordial, pero distante. Los veía en fechas importantes, intercambiábamos mensajes y prometíamos reunirnos más seguido.
Casi nunca lo hacíamos.
La verdad era incómoda.
Había pasado treinta años construyendo algo enorme mientras dejaba que casi todo lo demás se hiciera pequeño.
Algunas noches llegaba a mi departamento, dejaba las llaves sobre una mesa y lo único que escuchaba era el zumbido del refrigerador.
Podía comprar prácticamente cualquier cosa que necesitara.
Pero no había nadie preguntando cómo me había ido.
Nadie esperaba que llegara.
Nadie necesitaba que estuviera allí.
Por eso, cuando Verónica volvió a insistir en que conociera a alguien, finalmente acepté.
—Es la hija de una vecina —me dijo—. Se llama Mariana. Ha pasado por una etapa complicada, pero es una buena persona.
—¿Cuántos años tiene?
Verónica me miró con esa expresión que usaba cuando pensaba que yo estaba haciendo la pregunta equivocada.
—Conócela primero.
Acepté una cita a ciegas.
Y así terminé en aquel pequeño café, frente a una mujer de 29 años con una bebé sentada sobre sus piernas.
—Su papá se fue cuando yo tenía cinco meses de embarazo —me contó Mariana.
No dramatizó.
Lo dijo como quien ya había tenido que repetir una historia dolorosa demasiadas veces.
—Dijo que no estaba preparado. Después dejó de contestar. Desde entonces he sacado adelante a Sofía sola.
Miró a la niña.
La dureza de su rostro desapareció inmediatamente.
—Ha sido difícil, pero no cambiaría a esta pequeña por nada.
En ese momento Sofía estiró el brazo hacia la mesa.
Antes de que pudiera alcanzar mi taza, tomó uno de mis dedos.
Su mano era diminuta.
Su fuerza, sorprendente.
Me quedé quieto.
Ella apretó mi dedo y me observó seriamente.
Luego sonrió.
No tenía casi dientes.
Pero aquella sonrisa me golpeó de una forma que no esperaba.
—Qué raro —dijo Mariana.
—¿Qué cosa?
—No suele hacer eso con desconocidos.
Moví suavemente el dedo y Sofía siguió el movimiento con la mirada.
—Tal vez sabe que soy inofensivo.
Mariana sonrió por primera vez.
Pedimos algo de comer.
En cuanto llegaron los platos, comprendí lo difícil que resultaba algo tan sencillo como almorzar para ella.
Intentaba sostener a Sofía con un brazo mientras cortaba la comida con el otro.
La niña quería tocar el vaso.
Luego una servilleta.
Después una cuchara.
Mariana daba dos bocados, limpiaba la boca de la bebé, recogía un juguete del suelo y trataba de seguir hablando conmigo.
Todo sin quejarse.
Pero su cansancio era evidente.
—Dámela un momento —le dije.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—A Sofía. Yo puedo cargarla mientras comes.
Me miró como si acabara de ofrecerme a manejar un avión.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
—¿Has cargado bebés?
—Hace muchos años. Mis sobrinos. Espero no haber olvidado completamente cómo funciona.
Ella soltó una pequeña risa.
Luego dudó.
Era evidente que una parte de ella necesitaba desesperadamente tener las dos manos libres, mientras otra se resistía a entregar a su hija a un hombre que acababa de conocer.
Finalmente se levantó un poco.
—Sujétale bien la cabeza.
—Entendido.
Recibí a Sofía en mis brazos.
Esperaba que llorara.
No lo hizo.
Se acomodó contra mí, levantó la cara y me estudió durante varios segundos.
Después volvió a sonreír.
Algo dentro de mi pecho se cerró.
O quizá se abrió.
No sabría explicarlo.
Empecé a mecerla casi por instinto.
Sofía agarró mi corbata y trató de llevársela a la boca.
—Eso probablemente no sabe muy bien —le dije.
Mariana se rio.
—Todo termina en su boca.
Le di nuevamente un dedo y lo sostuvo con las dos manos.
—No puedo creerlo —dijo Mariana.
—¿Qué?
—Está tranquila.
Por fin empezó a comer.
No deprisa.
No intentando hacer tres cosas al mismo tiempo.
Simplemente comió.
Y mientras lo hacía, hablamos.
Mariana me contó que antes del embarazo estudiaba para trabajar en el área de enfermería.
Había tenido que interrumpir sus estudios cuando nació Sofía.
Ahora trabajaba como recepcionista en un consultorio privado.
Pagaba renta por un pequeño departamento.
Pagaba el cuidado de Sofía mientras trabajaba.
Intentaba ahorrar algo cada mes con la esperanza de volver algún día a estudiar.
—Hay meses en que siento que estoy avanzando —dijo—. Y al siguiente se descompone algo, Sofía necesita alguna cosa o sube algún gasto y vuelvo al principio.
—Debe ser agotador.
—Lo es.
Bajó la mirada.
—Pero luego hace algo nuevo. Se ríe. Aprende a sentarse. Me reconoce cuando llego. Y entonces pienso que puedo aguantar otro día.
—Eres muy fuerte.
Mariana negó con la cabeza.
—No me siento fuerte. Casi siempre siento que estoy improvisando.
Sonrió avergonzada.
—Mira esta cita. Llegué con una bebé sin avisar, llevo media hora hablando de mis problemas y ahora tú estás cuidando a mi hija mientras yo como. Seguramente es la peor primera cita de la historia.
Miré a Sofía.
Se había quedado dormida.
Tenía la cabeza apoyada contra mi pecho y todavía sostenía uno de mis dedos.
—Para mí es la mejor cita que he tenido en años.
Mariana levantó las cejas.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—¿Por qué?
—Porque al menos esto es real.
Durante años había salido con mujeres en restaurantes elegantes donde ambos parecíamos estar representando personajes.
Yo hablaba de viajes, negocios y proyectos.
Ellas hablaban de sus vidas.
Todo era correcto.
Todo era agradable.
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