Cuatro años buscando a Canelo: la puerta que nunca cerré en mi corazón

Creí que encontrar a Canelo era el final de nuestra historia.

Me equivocaba.

Recuperarlo fue solo el principio, porque el gato que volvió conmigo aquella tarde llevaba cuatro años de miedo metidos en el cuerpo.

A la mañana siguiente me desperté antes de que sonara el despertador.

Durante unos segundos no recordé lo ocurrido.

Después miré el hueco junto a mi almohada y vi que estaba vacío.

—¿Canelo?

Me incorporé de golpe.

No estaba debajo de la cama. Tampoco junto a su plato ni en el sillón del salón.

Sentí el mismo pánico que había sentido cuatro años antes al encontrar la puerta de casa abierta.

Recorrí todas las habitaciones llamándolo.

Por fin escuché un ruido suave dentro del dormitorio.

Canelo se había escondido en el fondo del armario, detrás de unas cajas de zapatos. Solo podía verle los ojos brillando entre la oscuridad.

Me senté en el suelo.

—Estoy aquí —le dije—. No tienes que salir.

Permanecí delante del armario durante casi media hora.

No intenté cogerlo. No quería que sintiera que había cambiado un peligro por otro.

Cuando me levanté para preparar café, escuché sus patas detrás de mí.

Había salido.

Caminaba muy despacio, pegado a la pared. Cada pocos pasos se detenía para comprobar dónde estaba yo.

Aquella mañana lo llevé a una clínica veterinaria cercana.

Envolví su cuerpo en una manta y lo metí con cuidado en un transportín que me había prestado una vecina.

Durante todo el trayecto, Canelo no dejó de temblar.

La veterinaria pasó un pequeño lector por su cuello.

Al principio no ocurrió nada.

Lo volvió a intentar por el costado izquierdo.

Entonces el aparato emitió un pitido.

La veterinaria miró la pantalla y después me miró a mí.

—Aquí aparece un nombre —dijo—. Canelo.

Tuve que agarrarme al borde de la mesa.

Aunque ya sabía que era él, escuchar aquella confirmación hizo que todo se volviera real.

El número seguía vinculado a mis datos.

Durante cuatro años, mi teléfono había permanecido encendido por las noches por si alguien llamaba.

Nadie lo había llevado nunca a una clínica.

Nadie había podido acercarse lo suficiente para comprobar si tenía identificación.

Canelo pesaba poco más de tres kilos.

Tenía varias piezas dentales dañadas, una antigua lesión en una pata trasera y pequeñas cicatrices escondidas bajo el pelo.

La veterinaria también encontró señales de una herida vieja cerca de la cadera.

—Parece que pudo recibir un golpe hace tiempo —me explicó—. Ha cicatrizado, pero seguramente le dolió durante meses.

Miré a Canelo.

Estaba encogido sobre la mesa, con la cabeza baja.

Me imaginé todas las noches que había pasado debajo de coches, en solares o entre contenedores.

Me imaginé los inviernos buscando un lugar seco y los veranos caminando sobre el asfalto caliente.

—Lo siento mucho —susurré.

Canelo levantó la mirada.

La veterinaria me puso una mano sobre el brazo.

—No sabe dónde ha estado —dijo—. Pero sí sabe dónde está ahora.

Regresamos a casa con comida blanda, unas medicinas y varias indicaciones.

Preparé una habitación tranquila para él.

Puse una manta en el suelo, un cuenco con agua y su viejo plato.

Canelo olfateó cada rincón.

Después se escondió debajo de una silla.

Durante los primeros días apenas salía cuando yo estaba de pie.

Esperaba a que me sentara en el suelo para acercarse al plato.

Si escuchaba pasos en la escalera, se quedaba inmóvil.

Si alguien cerraba una puerta con fuerza, corría a esconderse.

Por las noches se despertaba sobresaltado y daba vueltas por el dormitorio.

A veces soltaba un maullido ronco que no se parecía al sonido que recordaba.

Yo encendía la lámpara y me tocaba tres veces el pecho.

—Aquí estoy, Canelo.

Algunas noches se acercaba.

Otras permanecía debajo de la cama hasta el amanecer.

Tuve que aprender a no tomarme su distancia como un rechazo.

Canelo había regresado a casa, pero todavía no se sentía seguro.

Dos semanas después volví al estacionamiento donde lo había encontrado.

Llevaba una bolsa de pienso y una fotografía reciente de Canelo durmiendo sobre mi sofá.

El chico estaba sentado en el mismo bordillo, sosteniendo un plato de cartón.

Cuando me vio, se levantó rápidamente.

—¿Era él?

Sonreí.

—Sí. Era Canelo.

El chico soltó el aire y se pasó una mano por la cara.

—Lo sabía.

Se llamaba Dani y tenía trece años.

Vivía en uno de los edificios con su abuela. Había empezado a dejar comida al gato naranja varios meses atrás.

—Al principio no se acercaba ni aunque yo estuviera al otro lado del aparcamiento —me contó—. Luego empezó a esperar detrás de ese coche.

Señaló un vehículo viejo aparcado cerca de los contenedores.

—¿Por qué seguiste alimentándolo?

Dani se encogió de hombros.

—Porque parecía que estaba esperando a alguien.

Aquella respuesta me dejó sin palabras.

Le enseñé la fotografía.

Canelo aparecía acurrucado sobre una manta, con una pata tapándose la cara.

Dani sonrió, pero enseguida bajó la mirada.

—¿Se acordará de mí?

—Estoy segura de que sí.

Le di las gracias.

No una sola vez.

Se las di por cada plato de comida, por cada tarde en que se había sentado allí y por no haber decidido que aquel gato asustado no merecía el esfuerzo.

Dani escuchó en silencio.

—Yo no hice gran cosa —dijo al final.

—Hiciste que sobreviviera hasta que pudiera encontrarlo.

Antes de marcharme, dejé la bolsa de pienso junto a él.

También escribí mi número en un papel.

—Cuando tu abuela pueda acompañarte, ven a verlo.

Tres días después, Dani llegó a mi casa con ella.

Canelo estaba escondido detrás del sofá.

Cuando escuchó la voz del chico, asomó lentamente la cabeza.

Dani se sentó en el suelo, sin intentar tocarlo.

—Hola, pequeño —dijo—. Ya estás en casa.

Canelo olfateó el aire.

Después avanzó hacia él.

No se subió a sus piernas ni dejó que lo acariciara.

Simplemente se sentó a medio metro y cerró los ojos.

Dani también cerró los suyos por un instante.

No hacía falta nada más.

A partir de aquel día, me enviaba mensajes preguntando cómo estaba.

Yo le mandaba fotografías.

Canelo comiendo.

Canelo dormido en el sofá.

Canelo mirando por la ventana.

Canelo intentando meterse dentro de una caja demasiado pequeña para él.

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