Bajó al fondo del lago buscando un anillo, pero lo que encontró atado a una piedra lo dejó paralizado

BAJÉ AL FONDO DE UN LAGO BUSCANDO UN ANILLO… Y TOQUÉ ALGO QUE CAMBIÓ MI VIDA PARA SIEMPRE

Mi mano avanzaba lentamente por el lodo, a unos doce metros de profundidad, cuando mis dedos encontraron una cuerda.

Yo buscaba un anillo de bodas.

Pero aquella cuerda no tenía nada que ver con el hombre desesperado que esperaba en el muelle.

La seguí con una mano, casi a ciegas. Bajo el agua apenas podía distinguir lo que tenía frente a la máscara.

Primero encontré una piedra grande.

Después sentí que la cuerda continuaba.

Un metro más.

Tal vez menos.

Entonces mis dedos tocaron algo blando.

Pensé que era una bolsa vieja atrapada en el fondo. Metí la mano otra vez y sentí pelo.

Pelo mojado.

Después una pata.

Otra.

Un cuerpo.

Una cabeza.

Y un collar.

Me quedé completamente inmóvil.

La cuerda estaba atada al cuello de un perro.

El otro extremo estaba sujeto a aquella piedra.

Alguien había llevado a ese animal hasta el lago, había usado una piedra lo bastante pesada para mantenerlo abajo y lo había hundido en un lugar donde probablemente nadie lo encontraría.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Mi nombre es Mateo Salcedo. En ese tiempo tenía 38 años y trabajaba haciendo inmersiones de recuperación en distintos puntos del centro de México.

Mi trabajo no tenía nada de espectacular.

La mayoría de las veces buscaba teléfonos, llaves, herramientas, relojes o joyas que la gente dejaba caer accidentalmente al agua.

Estaba certificado, tenía mi propio equipo y conocía bien la forma de trabajar con visibilidad casi nula.

Ese día me habían contratado para recuperar un anillo de bodas que un hombre había perdido desde un pequeño muelle público cerca de Valle de Bravo.

Parecía un trabajo sencillo.

Él podía señalar con bastante precisión dónde había caído.

Yo descendí y empecé a revisar el fondo siguiendo una cuadrícula imaginaria, centímetro por centímetro, usando principalmente las manos.

Llevaba unos veinte minutos cuando encontré aquella cuerda.

Y en ese momento el anillo dejó de importarme.

Toqué nuevamente al perro.

No había movimiento.

Nada.

Su cuerpo estaba completamente flojo.

Frío.

Mi cabeza me dijo lo obvio.

Estaba muerto.

Tenía que estar muerto.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

Subí demasiado rápido.

Sabía que no debía hacerlo, pero el miedo y la impresión pudieron más que mi entrenamiento.

Cuando saqué la cabeza del agua, me quité el regulador y grité hacia el muelle.

—¡Llama a la policía!

El hombre que había perdido el anillo me miró confundido.

—¿Qué pasó?

—Hay un perro abajo.

Me costaba recuperar el aire.

—Está atado a una piedra.

Su expresión cambió de inmediato.

—¿Está vivo?

Miré el agua.

—No.

Eso dije.

Estaba seguro.

Y todavía pienso que haberme equivocado fue el mejor error de toda mi vida.

La policía llegó poco después.

Entre los agentes estaba Iván Herrera, de 45 años, quien había recibido capacitación básica en rescate acuático y primeros auxilios.

Les expliqué exactamente dónde había encontrado la cuerda.

Yo había marcado la zona desde la superficie y podía regresar al punto con bastante rapidez.

No quería bajar otra vez.

Quiero ser claro con eso.

Pasar una mano por el cuerpo de un perro que crees muerto ya es algo difícil de olvidar.

Regresar voluntariamente para sacarlo del fondo es otra cosa.

Pero tampoco podía irme y dejarlo allí.

Así que volví a colocarme el equipo.

Descendí siguiendo mi referencia.

Encontré la piedra.

Encontré la cuerda.

Y encontré al perro.

Saqué mi cuchillo de buceo y corté la cuerda cerca de la piedra.

Después sujeté al animal.

Era un golden retriever adulto.

Incluso bajo el agua se notaba que había sido un perro grande y fuerte.

Comencé a subir con él.

Mientras ascendía, no dejaba de pensar en una sola cosa.

Alguien había hecho aquello deliberadamente.

No parecía una correa atrapada por accidente.

No parecía que el perro hubiera caído de una embarcación.

La piedra estaba amarrada.

La cuerda tenía una longitud corta.

Todo tenía un propósito.

Cuando llegué a la superficie, Iván y otro agente me ayudaron a llevar al perro hasta las tablas del muelle.

Lo colocamos de lado.

Yo me quité la máscara.

Estaba agotado y todavía tenía las manos temblando.

Iván puso una mano sobre el pecho del perro.

Luego cambió la posición de los dedos.

Se inclinó.

Esperó.

Su rostro se transformó.

—Mateo.

No respondí.

—Mateo, espera.

Lo miré.

—¿Qué?

Volvió a colocar la mano.

—Creo que tiene pulso.

Pensé que había escuchado mal.

—No puede ser.

Yo había tocado ese cuerpo en el fondo.

Lo había levantado.

No había sentido una sola reacción.

—Creo que tiene pulso —repitió.

El otro agente se acercó.

Iván no perdió tiempo intentando convencernos.

Comenzó a atender al perro allí mismo.

Lo acomodó sobre un costado y empezó las maniobras de reanimación que conocía.

El otro policía llamó por radio para localizar una clínica veterinaria de urgencias.

Yo permanecí arrodillado junto a ellos.

Un poco de agua salió del hocico del perro.

Pero no respiró.

Iván continuó.

Pasaron varios minutos.

Nada.

Yo miraba al perro pensando que aquello ya no tenía sentido.

Pero Iván seguía contando.

Presionaba.

Revisaba.

Volvía a empezar.

En algún momento sus brazos comenzaron a cansarse.

—Ven —me dijo—. Te voy a enseñar.

Me colocó las manos donde debían ir.

—Aquí.

Me mostró el ritmo.

Yo continué mientras él se encargaba de mantener despejada la vía respiratoria.

No sé exactamente cuándo dejé de pensar que estábamos intentando revivir a un perro muerto.

Solo recuerdo que empezamos a actuar como si detenernos no fuera una opción.

Diez minutos.

Quince.

Cerca de veinte.

Ya íbamos camino a la clínica, en la parte trasera de un vehículo oficial, cuando ocurrió.

El cuerpo del perro se sacudió.

Me aparté por instinto.

Salió agua de su boca.

Luego escuché un sonido.

Un sonido pequeño.

Áspero.

Pero inconfundible.

El perro tosió.

—¡Iván!

Él ya lo había visto.

—Sigue, sigue.

El perro volvió a toser.

Su pecho se movió.

Y después tomó aire.

Una respiración débil, irregular, desesperada.

Pero era aire.

Me quedé mirando aquel pecho subir y bajar sin comprender del todo lo que estaba viendo.

El perro que yo había encontrado inmóvil en el fondo de un lago estaba respirando.

Llegamos a la clínica y el personal veterinario se lo llevó inmediatamente.

Iván y yo nos quedamos sentados afuera del área de atención.

Yo todavía tenía parte del equipo de buceo puesto.

No recuerdo cuánto tiempo esperamos.

Parecieron horas.

Finalmente salió una veterinaria.

Se sentó frente a nosotros.

—Está vivo.

Ninguno habló.

—Su estado es delicado, pero está vivo.

Me tapé la cara con las manos.

Ella nos explicó que era difícil saber exactamente cuánto tiempo había permanecido sumergido.

También dijo que varios factores podían haber jugado a su favor: la temperatura del agua, su tamaño, su condición física y la rapidez con la que habían comenzado las maniobras de reanimación.

Pero había daños.

Uno de sus ojos estaba gravemente lesionado.

No pudieron salvarlo.

También tenía problemas respiratorios y necesitaría cuidados durante bastante tiempo.

Nada de eso parecía importante en aquel momento.

Estaba vivo.

Eso era suficiente.

Antes de marcharme, me permitieron verlo unos minutos.

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