Encadenaron a una perra embarazada para que muriera sola, pero minutos después de liberarla ocurrió algo que nadie esperaba.
—Espera.
Arturo levantó el puño y yo me quedé inmóvil.
Estábamos a casi un kilómetro del camino de terracería, en una zona boscosa de la sierra de Durango que recorríamos con frecuencia. No había casas cerca, tampoco campamentos autorizados ni senderos muy transitados.
Entonces lo escuchamos otra vez.
Era un gemido débil.
Corto.
Roto.
Como si el animal que lo hacía llevara horas pidiendo ayuda y ya no tuviera fuerzas para continuar.
—Viene de abajo —dijo Arturo.
Me llamo Daniel García. En aquel momento tenía 32 años y llevaba seis trabajando como agente en una unidad de vigilancia rural.
Arturo Reyes, mi compañero, tenía 54 y más de veinte años de experiencia.
Habíamos escuchado animales heridos antes.
Pero aquel sonido era diferente.
Bajamos entre arbustos, alejándonos del sendero. Cada pocos metros nos deteníamos para localizar mejor el gemido.
Cuanto más nos acercábamos, más insistente se volvía.
Era como si quien estuviera allí hubiera entendido que, por primera vez en mucho tiempo, alguien se acercaba.
Aparté unas ramas y entramos en un pequeño claro.
Entonces la vimos.
Era una perra tipo pitbull, de pelaje café y blanco.
Estaba extremadamente delgada.
Y estaba embarazada.
No simplemente embarazada.
Su vientre era enorme. Incluso sin ser veterinario era evidente que estaba a pocos días, quizá a pocas horas, de parir.
Pero lo que primero me llamó la atención no fue su vientre.
Fue la cadena.
La habían sujetado a un pino con una cadena gruesa y un candado.
Mediría poco más de medio metro.
Era tan corta que la perra podía sentarse o permanecer medio agachada, pero no podía tumbarse completamente.
Intenté imaginar cuánto tiempo llevaba así.
No pude.
A un lado había un recipiente vacío para agua.
Estaba fuera del alcance de la cadena.
También había un plato metálico con restos de polvo y tierra.
Igualmente lejos.
Lo bastante cerca como para que pudiera verlos.
Lo bastante lejos como para que jamás pudiera alcanzarlos.
Arturo me miró.
No dijimos nada.
No hacía falta.
Aquello no parecía un accidente.
Alguien había llevado a una perra embarazada hasta aquel lugar.
Alguien la había encadenado.
Alguien había dejado agua y comida donde pudiera verlas pero no tocarlas.
Y después se había marchado.
La perra levantó lentamente la cabeza.
Esperé que gruñera.
No lo hizo.
Esperé que intentara protegerse.
Tampoco.
Nos miró con unos ojos cansados y hundidos.
Después volvió a emitir aquel gemido.
Y entonces vi su cola.
Se movió una vez sobre la tierra.
Muy despacio.
Luego otra.
Aquella perra estaba deshidratada, hambrienta, agotada y a punto de tener cachorros.
Había sido abandonada por personas.
Y aun así, cuando aparecieron dos personas delante de ella, decidió mover la cola.
Eso fue lo que más me golpeó.
Todavía esperaba algo bueno de nosotros.
—Voy por las pinzas y agua —dijo Arturo.
Regresó corriendo hacia el vehículo mientras yo me quedaba con ella.
Me arrodillé a unos pasos.
—Tranquila, pequeña. Ya estamos aquí.
No sabía si entendía mis palabras.
Pero entendía el tono.
Me acerqué despacio, mostrando las manos.
Cuando estuve suficientemente cerca, extendí una.
Ella olfateó mis dedos.
Después hizo algo que todavía recuerdo con claridad.
Apoyó la cabeza entera sobre mi palma.
No fue un movimiento rápido.
Simplemente dejó caer el peso.
Como si estuviera demasiado cansada para sostenerla.
Le acaricié detrás de la oreja.
Tenía el pelo sucio y algunas zonas de la piel irritadas.
Sus patas delanteras mostraban marcas de haber intentado moverse más allá de lo que permitía la cadena.
—Ya no tienes que pedir —le dije—. Te escuchamos.
Arturo regresó con una botella, un recipiente pequeño, una manta y unas pinzas grandes.
—Despacio con el agua —me advirtió.
Servimos un poco.
Acercamos el recipiente hasta su hocico.
La perra bebió con desesperación.
Tuvimos que retirárselo después de unos segundos para evitar que tomara demasiado rápido.
Nos miró confundida.
—Te voy a dar más —le dije—. Solo despacio.
Le ofrecimos pequeñas cantidades durante varios minutos.
Arturo examinó el candado.
—Está bastante cerrado.
Puso las pinzas alrededor de un eslabón.
La perra se estremeció por el sonido metálico.
Le sujeté suavemente la cabeza.
—Está bien. Está bien.
Arturo hizo fuerza.
Nada.
Cambió de posición.
Lo intentó otra vez.
El eslabón cedió.
La cadena cayó al suelo.
Nunca olvidaré lo que hizo ella.
No intentó correr.
No buscó comida.
Ni siquiera siguió bebiendo.
Simplemente dio dos pasos hacia un lado y se tumbó.
Completamente.
Sobre un costado.
Estiró las patas.
Apoyó el vientre en la tierra.
Y soltó un suspiro largo y tembloroso.
La cadena llevaba tanto tiempo negándole algo tan sencillo como acostarse que, en cuanto quedó libre, aquello fue lo único que quiso hacer.
Arturo se giró.
Se quedó mirando los árboles unos segundos.
Lo conocía lo suficiente para saber por qué.
A veces uno aprende a controlar muchas cosas en este trabajo.
Pero no todas.
—Tenemos que sacarla de aquí —dije.
Arturo asintió.
Extendimos la manta junto a ella.
La idea era levantarla entre los dos y llevarla hacia el vehículo.
Pero antes de que pudiéramos hacerlo, la perra levantó la cabeza.
Jadeó.
Su abdomen se tensó.
Miré a Arturo.
—¿Viste eso?
—Sí.
Volvió a ocurrir.
Esta vez con más fuerza.
La perra emitió un pequeño quejido.
Arturo se agachó.
—Daniel…
No terminó la frase.
Los dos sabíamos lo que estaba pasando.
Habíamos llegado justo a tiempo para liberarla.
Pero quizá demasiado tarde para trasladarla antes del parto.
—Está empezando —dije.
Arturo tomó el radio y pidió apoyo veterinario.
No había ninguna clínica cerca.
El vehículo especializado tardaría.
Así que hicimos lo único que podíamos hacer.
Nos quedamos con ella.
Movimos la manta debajo de su cuerpo con cuidado y despejamos ramas y piedras.
Le ofrecimos más agua.
Yo permanecí junto a su cabeza.
Arturo, que tenía más experiencia con animales de campo, observaba las contracciones.
—Vamos, pequeña —murmuró—. Puedes hacerlo.
No sabíamos cómo se llamaba.
En realidad, probablemente nadie la había llamado por un nombre durante mucho tiempo.
Así que, por aquel momento, solo era “pequeña”.
La primera contracción fuerte llegó pocos minutos después.
Ella volvió la cabeza hacia mí.
Tenía miedo.
Eso sí podía verlo.
Le puse la mano sobre el cuello.
—No te vamos a dejar sola.
Poco después nació el primer cachorro.
Era diminuto.
Durante un instante permaneció inmóvil.
Sentí que el corazón se me detenía.
La madre se giró como pudo y comenzó a limpiarlo.
El cachorro se movió.
Arturo soltó el aire.
—Uno.
La perra continuó atendiendo al recién nacido aunque apenas podía mantener los ojos abiertos.
Eso me impresionó.
Ella estaba agotada.
Había pasado quién sabe cuánto tiempo sin suficiente comida ni agua.
Podría haberse limitado a quedarse tumbada.
Pero su cuerpo y su instinto parecían decirle que todavía tenía trabajo que hacer.
Llegó una nueva contracción.
Después otra.
El segundo cachorro nació unos veinte minutos más tarde.
También estaba vivo.
—Dos —dijo Arturo.
Yo sonreí por primera vez desde que habíamos entrado en el claro.
—Dos.
La madre empezó a lamerlo.
Luego empujó suavemente al primero hacia su vientre.
No sé cuánto entendía de lo que estaba ocurriendo alrededor.
Pero entendía perfectamente lo que tenía que hacer por sus crías.
El tercero tardó más.
La perra comenzó a mostrarse más cansada.
Sus ojos se cerraban entre contracciones.
Le humedecimos el hocico.
Yo seguía hablándole.
Cualquier cosa.
Que lo estaba haciendo bien.
Que no estaba sola.
Que faltaba poco.
No sabía si era verdad.
Pero necesitaba que mi voz siguiera allí.
El tercer cachorro finalmente nació.
Luego el cuarto.
Cuando llegó el quinto, el vehículo de apoyo todavía no había aparecido.
Arturo miró su reloj.
—Lleva mucho esfuerzo.
—¿Crees que quedan más?
Miró el abdomen.
—Sí.
La madre descansó unos minutos.
Los cinco cachorros se agrupaban contra ella buscando calor y alimento.
Había algo difícil de explicar en aquella escena.
A menos de un metro seguía en el suelo la cadena con la que alguien había decidido abandonarla.
Y junto a esa cadena había cinco vidas nuevas.
La crueldad y la esperanza ocupaban el mismo pequeño pedazo de tierra.
Entonces llegó otra contracción.
El sexto cachorro nació con más dificultad.
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