Encadenaron a una perra embarazada para dejarla morir, pero minutos después de liberarla comenzó un milagro inesperado

La madre apenas pudo girarse.

La ayudamos sin interferir más de lo necesario.

Cuando escuché su pequeño sonido, volví a respirar.

—Seis.

Arturo sonrió.

—Esta muchacha es fuerte.

Acaricié la cabeza de la perra.

—Más de lo que cualquiera habría imaginado.

Pero todavía no había terminado.

Una nueva contracción recorrió su cuerpo.

La perra se tensó.

Pasó un minuto.

Después otro.

Algo no parecía avanzar.

Arturo llamó de nuevo por radio.

El apoyo estaba acercándose, pero aún tardaría.

Yo noté que la madre empezaba a perder energía.

—Vamos —le dije—. Una vez más.

No sé cuánto tiempo estuvimos así.

Quizá fueron diez minutos.

A mí me parecieron cincuenta.

Finalmente apareció el séptimo cachorro.

Era el más pequeño de todos.

Y no se movía.

La madre intentó lamerlo.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Yo miré a Arturo.

Él tomó al cachorro con cuidado y comenzó a estimularlo siguiendo las indicaciones que nos habían dado por radio.

La madre levantó la cabeza.

Nos observaba.

No apartaba los ojos de su cachorro.

—Vamos, pequeño —murmuró Arturo.

Nada.

Lo intentó otra vez.

Entonces escuchamos un sonido casi imperceptible.

El cachorro abrió la boca.

Movió una pata.

—Ahí está —dijo Arturo.

No recuerdo haber sentido tanto alivio por algo tan pequeño.

Colocamos al cachorro junto a su madre.

Ella lo olfateó.

Después lo acercó con el hocico hacia los demás.

Siete.

Siete cachorros vivos.

La perra cerró los ojos.

Por un segundo tuve miedo de que estuviera perdiendo el conocimiento.

—Eh, pequeña.

Abrió un ojo.

Su cola se movió contra la manta.

Otra vez.

Después de todo aquello, seguía moviendo la cola.

El equipo veterinario llegó poco después.

La revisaron allí mismo antes de trasladarla.

Estaba severamente deshidratada y demasiado delgada para una perra que acababa de parir.

Necesitaba atención inmediata.

Pero estaba consciente.

Y los siete cachorros respiraban.

Los colocamos en una caja amplia cubierta con mantas mientras la madre era subida con cuidado al vehículo.

Cuando intentaron separarla unos centímetros para acomodarla, ella buscó a los cachorros con la mirada.

—Van contigo —le dije.

Acercamos la caja.

Solo entonces se tranquilizó.

Antes de que cerraran la puerta, apoyé una mano sobre su cabeza.

Ella me lamió dos dedos.

Ese fue nuestro primer adiós.

Pensé que quizá nunca volvería a verla.

Me equivoqué.

Dos días después llamé al centro veterinario temporal donde la estaban atendiendo.

—Quiero preguntar por la perra que encontraron en la sierra —dije.

La mujer al teléfono guardó silencio un segundo.

—¿La mamá de siete?

—Esa.

—Sigue delicada, pero está mejor.

Me senté en la oficina.

—¿Y los cachorros?

—Los siete siguen vivos.

Sonreí.

La mujer añadió:

—La madre está comiendo. Poco, pero está comiendo.

Aquello ya era una victoria.

Durante las semanas siguientes pregunté por ella más veces de las que probablemente era necesario.

Arturo se burlaba.

—Ya vas a terminar llevándotela a casa.

—No puedo tener ocho perros.

—He dicho “llevándotela”. No he dicho ocho.

La perra fue recuperándose lentamente.

Ganó peso.

Las heridas de sus patas comenzaron a cerrar.

Volvió a caminar con normalidad.

Lo que más sorprendió a quienes la atendían era su carácter.

No mostraba agresividad.

No se escondía.

No reaccionaba con miedo cuando alguien se acercaba con una correa.

Seguía buscando las manos de las personas para apoyar la cabeza sobre ellas.

Como había hecho conmigo aquel primer día.

Unas tres semanas después fui a verla.

Cuando entré, estaba tumbada en una zona limpia con los siete cachorros.

Ya no parecía el animal que habíamos encontrado junto al árbol.

Seguía delgada, pero sus ojos habían cambiado.

Tenían vida.

Me quedé junto a la puerta.

—Hola, pequeña.

Levantó la cabeza.

Me observó.

Durante un segundo pensé que no me reconocería.

Entonces se puso de pie.

Caminó hacia mí.

Y comenzó a mover la cola con tanta fuerza que todo su cuerpo se movía con ella.

Me arrodillé.

Ella se lanzó contra mi pecho.

No de forma brusca.

Simplemente apoyó todo su peso sobre mí.

Como aquella primera vez.

Solo que ahora tenía fuerza suficiente para hacerlo.

Arturo, que había venido conmigo, soltó una carcajada.

—Ya está. Estás perdido.

—Cállate.

—Mírate la cara.

No pude discutirle.

Mientras acariciaba a la perra, una de las cuidadoras me preguntó:

—¿Ya tiene nombre?

Negué con la cabeza.

Habían evitado ponerle uno definitivo mientras revisaban si alguien la reclamaba legalmente y completaban los procedimientos correspondientes.

Nadie apareció.

Nadie preguntó por ella.

No había identificación.

Tampoco información que permitiera saber quién la había llevado al bosque.

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