Encadenaron a una perra embarazada para dejarla morir, pero minutos después de liberarla comenzó un milagro inesperado

Miré a la perra.

Pensé en aquella cadena.

En el instante en que cayó al suelo.

En cómo ella no había corrido.

Solo se había tumbado porque, por fin, podía hacerlo.

—Libertad —dije.

Arturo arqueó una ceja.

—¿Libertad?

—Sí.

La cuidadora sonrió.

—Le queda bien.

Así se quedó.

Libertad.

Los cachorros crecieron rápidamente.

Uno era casi completamente café.

Otro tenía una mancha blanca que le cubría medio hocico.

Había dos hembras muy parecidas y un macho pequeño que, pese a haber sido el último en nacer, terminó siendo uno de los más inquietos.

Ese era el séptimo.

El que había tardado en respirar.

Cada vez que lo veía correr detrás de sus hermanos recordaba a Arturo sosteniéndolo entre las manos en aquel claro.

Cuando tuvieron edad suficiente, comenzaron a buscar hogares responsables para ellos.

El proceso no fue inmediato.

Se revisaba cada posible familia.

Querían evitar que cualquiera de aquellos perros volviera a terminar en una situación parecida.

El primero se fue con una pareja mayor que llevaba años teniendo perros.

El segundo con una familia que tenía un patio amplio.

Después se fueron dos hermanos a hogares diferentes, pero cercanos.

Cada adopción era una mezcla extraña.

Alegría porque se iban a una casa.

Tristeza porque la pequeña familia que habíamos visto nacer se iba separando.

Libertad parecía adaptarse mejor de lo que yo esperaba.

Olfateaba el lugar donde había dormido cada cachorro.

Después regresaba junto a quien estuviera cerca y pedía caricias.

Cuando solo quedaban dos, fui otra vez.

—Daniel —me dijo Arturo antes de entrar—, voy a preguntarte algo.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Sí lo sé.

Sonrió.

—Entonces dime la respuesta.

Miré hacia la zona donde estaba Libertad.

—Estoy pensándolo.

La verdad era que llevaba semanas pensándolo.

Vivía solo en una casa pequeña en las afueras de la ciudad.

Tenía espacio suficiente para un perro.

Mi horario no era perfecto, pero podía organizarme.

Y cada vez que imaginaba a Libertad marchándose con alguien más, sentía algo extraño.

No pensaba que me perteneciera.

Nada parecido.

Solo sentía que nuestra historia no había terminado en aquel bosque.

Una tarde me senté junto a ella.

Libertad apoyó el hocico sobre mi rodilla.

—Tengo que preguntarte algo —le dije.

Movió una oreja.

—Pero no puedes responder.

Su cola golpeó el suelo.

—Supongo que eso cuenta.

Pocos días después completé el proceso para adoptarla.

Arturo fue conmigo cuando la llevé a casa.

—Sabía que iba a pasar —dijo.

—Has repetido eso durante un mes.

—Porque tenía razón durante un mes.

Libertad entró despacio.

Olfateó la sala.

La cocina.

El pasillo.

Después encontró una cama que había comprado para ella.

La miró.

Me miró a mí.

Y se tumbó en el piso justo al lado.

—Gasté dinero para nada —dije.

Arturo se rio.

—Déjala. Tiene que aprender que ahora puede elegir dónde acostarse.

Aquella frase me dejó callado.

Ahora puede elegir.

Algo tan pequeño.

Algo que nunca debería habérsele quitado.

Las primeras noches fueron difíciles.

Libertad se despertaba varias veces.

A veces caminaba por la casa y revisaba las puertas.

Si yo salía de una habitación, me seguía.

No lloraba.

No hacía ruido.

Simplemente necesitaba comprobar que seguía allí.

Durante semanas no pude cerrar completamente la puerta del baño sin verla esperando del otro lado.

Con el tiempo empezó a relajarse.

Descubrió el sofá.

Descubrió que podía dormir boca arriba.

Descubrió que nadie iba a retirarle el plato mientras comía.

Al principio dejaba parte de su alimento y regresaba varias veces para comprobar que seguía allí.

Después dejó de hacerlo.

Ese fue uno de los cambios que más me emocionó.

No porque comiera más.

Sino porque finalmente entendió que habría comida después.

No necesitaba guardar nada por miedo.

Sus siete cachorros también encontraron hogar.

El pequeño que había tardado en respirar fue el último.

Lo adoptó una familia tranquila que ya tenía otro perro adulto.

Antes de que se marchara, llevé a Libertad para verlo.

Los dos se olfatearon durante un rato.

El cachorro intentó jugar con ella.

Libertad le dio un pequeño empujón con el hocico.

Después se sentó a mi lado.

No sé si los perros entienden las despedidas como nosotros.

Probablemente no.

Pero cuando el cachorro se fue, Libertad permaneció mirando la puerta unos segundos.

Luego apoyó la cabeza contra mi pierna.

—Está bien —le dije—. Ya tiene casa.

Ella levantó la vista.

—Y tú también.

Han pasado años desde aquel patrullaje.

Todavía recorro caminos de montaña.

Todavía escucho sonidos que me obligan a detenerme y prestar atención.

Pero ninguno se me ha quedado grabado como aquel gemido.

Libertad vive conmigo.

Tiene algunas canas alrededor del hocico y una costumbre que nunca perdió.

Cada vez que me siento en el suelo, viene y coloca la cabeza en mi mano.

Exactamente como hizo cuando la encontré.

Hay otra cosa.

Nunca le gustaron las cadenas.

Ni siquiera el sonido metálico de una cadena moviéndose cerca.

Durante mucho tiempo se ponía rígida si escuchaba algo parecido.

Por eso usamos una correa ligera para caminar.

Sin tirones.

Sin nada pesado cerca del cuello.

Pero hay un lugar al que sí regresamos una vez.

El claro.

Arturo vino conmigo.

No llevamos a Libertad hasta el árbol inmediatamente.

Caminamos despacio y dejamos que olfateara.

Yo no sabía si era una buena idea.

Si mostraba miedo, nos marcharíamos.

Pero ella siguió avanzando.

Cuando llegamos al pino, me detuve.

El árbol seguía allí.

La cadena, por supuesto, llevaba años guardada como evidencia y ya no estaba.

El recipiente vacío tampoco.

No quedaba nada que indicara lo que había ocurrido.

Solo un árbol.

Libertad lo olfateó.

Después caminó alrededor del tronco.

Una vuelta completa.

Sin prisa.

Luego se alejó.

Eso fue todo.

No tembló.

No gimió.

No intentó esconderse.

Simplemente regresó hacia nosotros.

Arturo se agachó y le rascó el cuello.

—Mucho mejor así, ¿verdad?

Libertad movió la cola.

Yo miré el lugar donde años atrás la habíamos encontrado incapaz incluso de tumbarse.

Pensé en las siete vidas que comenzaron allí.

Pensé en aquella madre agotada que, aun después de todo lo que le habían hecho, movió la cola al vernos aparecer.

Durante mucho tiempo creí que nosotros habíamos salvado a Libertad.

Ahora no estoy tan seguro.

Nosotros cortamos una cadena.

Le dimos agua.

Nos quedamos con ella mientras nacían sus cachorros.

Eso fue lo que nos correspondía hacer.

Pero ella hizo la parte difícil.

Ella siguió confiando.

Siguió cuidando.

Siguió intentando.

Y después de conocer la peor parte de algunas personas, todavía fue capaz de recibir cariño de otras.

Antes de regresar al vehículo, la llamé.

—Libertad.

Vino corriendo.

Nada alrededor de su cuello salvo su collar ligero.

Nada sujetándola a ningún árbol.

Nada impidiéndole ir hacia donde quisiera.

Se detuvo delante de mí y levantó la cabeza.

Le puse una mano sobre el hocico.

Su cola empezó a moverse.

Y pensé en el primer día.

Una perra embarazada.

Una cadena demasiado corta.

Un plato que no podía alcanzar.

Un gemido casi sin fuerzas.

Siete cachorros que estuvieron a punto de no conocer el mundo.

Todo podía haber terminado allí.

Pero no terminó.

Porque alguien escuchó.

Porque llegamos antes de que dejara de pedir ayuda.

Y porque, incluso encadenada a un árbol después de haber sido abandonada, Libertad todavía conservaba algo que nadie había conseguido quitarle.

Esperanza.

Scroll al inicio