Bajó doce metros para salvar a un perro, pero nadie esperaba lo que hizo al salir del pozo

Alguien incluso preguntó si quizá habían tirado al perro al pozo.

Pero no había nada que indicara algo parecido.

Poco a poco apareció una explicación mucho más sencilla.

Y mucho más triste.

Después de que su dueña muriera, el perro había conseguido salir de la casa.

Probablemente había empezado a buscarla.

Eso era todo.

No entendía la muerte.

No podía comprender por qué la persona que había sido el centro de su mundo había dejado de hablarle, tocarlo o llamarlo.

Solo sabía que ella ya no estaba.

Así que salió.

La buscó.

Tal vez siguió algún olor.

Tal vez recorrió las calles que conocía.

Tal vez simplemente avanzó sin saber hacia dónde ir.

En algún momento llegó hasta aquellos terrenos antiguos.

Y allí estaba el pozo.

Nadie pudo saber exactamente cómo cayó.

Quizá se acercó demasiado.

Quizá no distinguió el borde.

Lo único seguro era dónde terminó.

Doce metros abajo.

Dentro del agua.

Y, por pura suerte, encontró aquella pequeña saliente.

Me quedé pensando mucho tiempo en eso.

Una piedra apenas más grande que sus cuatro patas había sido toda su vida durante tres días.

Si resbalaba, caía al agua.

Si se cansaba demasiado, caía al agua.

Si dejaba de luchar, caía al agua.

Así que siguió de pie.

Hora tras hora.

Solo.

Esperando algo que ni siquiera sabía definir.

Quizá esperaba a su dueña.

Eso era lo que más me dolía imaginar.

Ella ya no podía ir a buscarlo.

Pero él no lo sabía.

Desde su mundo, su persona simplemente había desaparecido.

Y él había salido a encontrarla.

En vez de eso terminó atrapado bajo tierra.

Cuando me contaron todo, entendí de otra manera el momento en que apoyó la cabeza sobre mi pecho.

No creo que estuviera agradeciéndome como una persona agradece algo.

Creo que simplemente había llegado al límite.

Había buscado a alguien durante días.

Había estado solo.

Y de repente unos brazos lo sostenían.

Eso era suficiente.

Durante su recuperación surgió una nueva pregunta.

¿Qué iba a pasar con él?

Su dueña no tenía familiares cercanos que pudieran hacerse cargo.

Se podía buscar otro hogar.

Había opciones.

Pero para mí nunca hubo realmente una decisión.

Yo ya sabía dónde iba a vivir.

Conmigo.

En ese momento yo estaba soltero.

Mi familia vivía lejos.

Pasaba demasiadas horas trabajando y había convertido mi empleo en casi toda mi vida.

Llegaba a casa y encontraba silencio.

Nunca me había molestado demasiado.

Hasta que conocí a aquel perro.

Cuando me dijeron que podía llevármelo, respondí que sí antes de que terminaran de explicarme.

Lo llamé Pozo.

Mis compañeros se rieron la primera vez que escucharon el nombre.

Lo entendí.

No era precisamente el nombre más elegante para un perro.

Pero para mí tenía sentido.

El pozo era el lugar donde casi había muerto.

Pero también era el lugar donde su vida había empezado otra vez.

No quería convertir aquel sitio solamente en algo terrible.

Había bajado allí buscando a un perro moribundo.

Y había salido con el que terminaría siendo mi familia.

Así que se quedó con ese nombre.

Pozo.

Las primeras semanas en casa fueron difíciles.

No le gustaba quedarse solo.

Si apagaba todas las luces, se inquietaba.

Si cerraba una puerta y desaparecía de su vista, venía inmediatamente a buscarme.

No hacía destrozos.

No era agresivo.

Simplemente necesitaba comprobar que yo seguía allí.

Y después de saber lo que había vivido, ¿cómo podía enfadarme por eso?

Empecé a dejar una pequeña luz encendida.

Moví su cama cerca de mi habitación.

Cuando tenía que salir, procuraba que pasara el menor tiempo posible solo.

Poco a poco comenzó a cambiar.

Empezó a dormir profundamente.

Luego empezó a jugar.

La primera vez que corrió por la sala con un juguete entre los dientes me quedé mirándolo como un tonto.

Era difícil creer que aquel fuera el mismo animal que yo había encontrado inmóvil sobre una piedra.

Se volvió un perro increíblemente cariñoso.

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