Nuestro perro joven entregó todos sus juguetes a la perra que estaba muriendo; al día siguiente, hizo algo que nos destrozó
—No se lo quites —dijo mi hija cuando me vio sacar aquel conejo azul de la cama de Canela—. Bruno se lo está dando.
Me quedé con el juguete en la mano, mirándola sin entender.
Canela llevaba varios días casi sin levantarse. Bruno, en cambio, tenía apenas tres años, estaba sano y tenía energía para recorrer nuestra casa de Querétaro veinte veces antes del desayuno.
Pensé que simplemente había dejado allí su juguete por accidente.
Me equivocaba.
Y tardé semanas en comprender cuánto.
Me llamo Verónica. Vivo con mi esposo Andrés, nuestros dos hijos y, hasta entonces, nuestros dos perros.
Canela había llegado primero.
Era una mezcla de bóxer de color atigrado, con el pecho blanco, las orejas siempre atentas y esa expresión seria que tienen algunos perros incluso cuando están contentos.
Tenía diez años.
Andrés ya vivía con ella mucho antes de conocerme. Canela había estado a su lado durante una etapa difícil de su vida, cuando él vivía solo y sentía que sus días eran demasiado largos.
Nunca hablaba mucho de esos años.
Pero yo sabía que, para él, Canela no era solamente una mascota.
Era familia.
Cuando nuestros hijos nacieron, Canela se convirtió en la paciencia hecha perro.
Permitía que Mateo se sentara a su lado mientras veía dibujos. Dejaba que Elisa apoyara la cabeza sobre su lomo para leer. Si alguno de los niños lloraba, Canela aparecía sin que nadie la llamara y se quedaba cerca.
Era tranquila.
Nunca rompía nada.
Nunca exigía atención.
Simplemente estaba.
Bruno llegó siete años después.
Y Bruno era exactamente lo contrario.
Grande, amarillo, de patas demasiado largas para su cuerpo y con una cola capaz de tirar vasos de una mesa sin siquiera darse cuenta.
Cuando lo adoptamos todavía era cachorro.
La primera semana mordió una pantufla, arrastró una manta por toda la sala y consiguió quedarse atorado debajo de una silla intentando recuperar una pelota.
Andrés decía que Bruno parecía vivir convencido de que todo lo que ocurría en el mundo era una invitación para jugar.
Pero desde el primer día hubo alguien a quien Bruno tomó muy en serio.
Canela.
La seguía a todas partes.
Si Canela iba a la cocina, Bruno iba detrás.
Si ella se acostaba junto a la puerta del patio, él se acomodaba a su lado.
Si Canela cambiaba de habitación, Bruno tardaba apenas unos segundos en darse cuenta y salir buscándola.
Al principio ella parecía soportarlo más que quererlo.
A veces le lanzaba esa mirada paciente de hermana mayor cansada.
Pero con el tiempo empezaron a dormir juntos.
Canela apoyaba la cabeza sobre una pata de Bruno.
Bruno se pegaba a su costado.
Y sin que nosotros lo notáramos exactamente, los dos se volvieron inseparables.
Bruno tenía un juguete favorito.
Esto es importante.
Era un conejo de tela azul que había recibido cuando era cachorro.
En algún momento había tenido dos orejas.
Cuando comenzó esta historia, ya no tenía ninguna.
También había perdido buena parte del relleno. Una pata estaba cosida por mí con hilo blanco y uno de los ojos de plástico había desaparecido hacía meses.
Era feo.
Estaba viejo.
Y Bruno lo adoraba.
Dormía con ese conejo.
Lo llevaba a la cocina cuando escuchaba que preparábamos comida.
Lo cargaba cuando alguien llegaba a casa.
Si Bruno estaba nervioso, buscaba el conejo.
Si estaba emocionado, buscaba el conejo.
Si alguien movía el juguete de lugar, podía recorrer toda la casa hasta encontrarlo.
Mis hijos habían comprado pelotas nuevas, cuerdas y juguetes que hacían ruido.
Bruno jugaba con todos.
Pero el conejo azul era distinto.
Era suyo.
Su tesoro.
Entonces Canela dejó de comer.
Al principio pensamos que era algo pasajero.
Andrés consiguió que comiera un poco de pollo cocido. Al día siguiente rechazó incluso eso.
Después comenzó a caminar más despacio.
Una tarde intentó levantarse para seguirnos a la cocina y tuvo que sentarse a mitad del camino.
La llevamos con el veterinario.
Le hicieron estudios.
Esperamos.
Y recibimos la noticia que ninguna familia quiere escuchar.
Canela tenía cáncer.
Había avanzado demasiado.
El veterinario habló con mucha calma. Nos explicó que podían ayudarla a estar cómoda, controlar el dolor y acompañarla.
Pero no curarla.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Andrés.
El veterinario dudó unos segundos.
—Quizá algunas semanas. Tal vez un par de meses.
Andrés asintió.
No preguntó nada más.
En el coche de regreso, mantuvo una mano sobre Canela durante todo el trayecto.
No lloró.
Eso, de alguna manera, me preocupó más.
Adaptamos la sala para ella.
Colocamos una jaula grande con la puerta siempre abierta, llena de mantas y una almohada baja. Queríamos que Canela pudiera descansar sin quedarse aislada en otra habitación.
Desde allí podía vernos comer, hablar, hacer tareas y caminar por la casa.
Durante los primeros días todavía salía al patio.
Después dejó de hacerlo.
Nosotros empezamos a llevarle el mundo hasta su cama.
Elisa hacía la tarea sentada a su lado.
Mateo le contaba cosas del colegio aunque Canela casi siempre estuviera dormida.
Yo me sentaba con mi café en el suelo.
Andrés comenzó a quedarse algunas noches en el sofá.
—Por si necesita algo —decía.
Yo nunca le señalé que Canela apenas podía levantarse para pedirlo.
Entendía lo que realmente quería decir.
No quería que ella estuviera sola.
Fue entonces cuando Bruno empezó con el conejo.
La primera mañana lo encontré dentro de la cama de Canela.
Estaba colocado junto a su pata delantera.
Lo recogí.
—Bruno, aquí está tu conejo.
Él lo tomó de inmediato y se fue con él.
No pensé más en el asunto.
A la mañana siguiente volví a encontrarlo allí.
Esta vez estaba junto a la cabeza de Canela.
Se lo devolví otra vez.
La tercera mañana vi cómo ocurría.
Bruno salió del pasillo llevando el conejo en la boca.
Pero no caminaba como siempre.
Normalmente llegaba corriendo, golpeando muebles con la cola.
Aquella vez avanzaba despacio.
Se acercó a Canela.
Metió la cabeza por la puerta abierta de la jaula.
Y dejó el conejo junto a ella.
Con una suavidad que nunca había visto en él.
Después retrocedió.
Esperé que ladrara.
Esperé que moviera la pata de Canela para intentar despertarla.
Esperé que tomara de nuevo el conejo y comenzara uno de sus juegos.
No hizo nada.
Se acostó a un par de metros.
Y se quedó mirando.
Canela ni siquiera levantó la cabeza.
Bruno dejó allí su juguete favorito durante horas.
Aquello comenzó a repetirse cada mañana.
Yo seguía pensando que Bruno estaba confundido.
Tal vez recordaba cuando Canela jugaba con él.
Tal vez esperaba que un día se levantara.
Me parecía la explicación lógica.
Hasta que Elisa me dijo:
—Mamá, Bruno no quiere jugar.
—¿Entonces qué hace?
Mi hija tenía doce años.
Miró a los dos perros.
—Le está prestando lo que más quiere porque sabe que Canela está triste.
Sonreí un poco.
—Los perros no piensan exactamente así.
Elisa me miró con esa expresión que tienen los hijos cuando están completamente convencidos de que el adulto es quien no entiende nada.
—Bruno sí.
No discutí.
Pero tampoco le creí.
Durante la semana siguiente, el conejo siguió apareciendo junto a Canela.
Siempre por la mañana.
Siempre llevado por Bruno.
Siempre colocado con cuidado.
Y siempre ocurría lo mismo después.
Bruno retrocedía y se acostaba cerca.
Nunca intentaba recuperarlo.
Nunca pedía nada a cambio.
Canela continuaba debilitándose.
Había días en que levantaba la cabeza al escuchar a Andrés llegar.
Otros días apenas abría los ojos.
Nos aferrábamos a cualquier pequeña mejoría.
Si comía cinco bocados, celebrábamos.
Si caminaba hasta la puerta, nos convencíamos durante unas horas de que quizá todavía quedaba mucho tiempo.
Las familias hacemos esas cosas.
Sabemos la verdad.
Pero buscamos pequeñas excusas para no mirarla directamente.
Bruno parecía no necesitar esas excusas.
Simplemente estaba con ella.
Luego empezaron a aparecer más juguetes.
Una mañana llevó el conejo.
Por la tarde llevó una pelota.
Al día siguiente apareció una cuerda roja.
Después, un juguete de tela que hacía ruido cuando se apretaba.
Uno por uno.
Nunca todos juntos.
Bruno recorría la casa, elegía algo y lo llevaba hasta Canela.
Pronto había una pequeña colección contra uno de los lados de su cama.
Andrés comenzó a notarlo.
—¿Tú estás poniendo todos esos juguetes ahí?
—No.
Miramos a Bruno.
Él estaba acostado frente a Canela.
—Es él —dijo Elisa.
Andrés no respondió.
Aquella noche encontré el conejo otra vez junto a la cabeza de Canela.
Bruno dormía en el suelo.
Empecé a preguntarme si mi hija tenía razón.
Porque había un detalle difícil de ignorar.
Bruno no quería jugar.
Nunca.
Un perro joven que quiere jugar no suele ser discreto.
Bruno podía dejar una pelota sobre tus pies veinte veces hasta que alguien la lanzara.
Podía empujar tu brazo con el hocico.
Podía correr alrededor de la mesa para llamar la atención.
Pero con Canela no hacía nada de eso.
Dejaba sus cosas.
Retrocedía.
Esperaba.
Como si entendiera perfectamente que ella no podía devolvérselas.
Una tarde ocurrió algo que terminó de cambiar mi manera de verlo.
Canela llevaba varios días muy débil.
Bruno apareció con el conejo azul.
Entró despacio.
Lo dejó delante de su hocico.
Retrocedió.
Canela permaneció inmóvil.
Bruno esperó.
Entonces ella movió la cabeza.
Fue apenas un movimiento.
Muy lento.
Acomodó el hocico.
Y terminó apoyando la barbilla sobre el viejo conejo azul.
Sobre el juguete que Bruno nunca permitía que nadie tuviera demasiado tiempo.
Nos quedamos mirando.
Bruno también.
Y entonces su cola golpeó una sola vez el suelo.
Nada más.
Un golpe.
Después volvió a quedarse quieto.
Elisa me miró.
No dijo «te lo dije».
No hacía falta.
Andrés se levantó sin hablar y salió al patio.
Tardó bastante en volver.
Cuando entró, tenía los ojos rojos.
Nadie dijo nada.
Una semana después entendimos que el final estaba cerca.
Canela ya no quería levantarse.
Bebía muy poco.
Respiraba con esfuerzo.
Hablamos nuevamente con el veterinario y organizamos todo para que pudiera ir a casa.
No queríamos trasladarla otra vez.
Queríamos que permaneciera en su cama, rodeada de las personas que conocía.
Fue un domingo por la mañana.
Andrés se sentó junto a Canela.
Elisa acariciaba una de sus patas.
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