Mateo estaba a mi lado.
Yo tenía una mano sobre su lomo.
Bruno permanecía un poco más lejos.
Normalmente habría intentado acercarse a todos.
Aquella mañana no.
Estaba sentado.
Con las orejas bajas.
Mirando.
Canela estaba tranquila.
Andrés le habló durante todo el tiempo.
Le dijo cosas que quizá nunca había dicho en voz alta.
Le agradeció haber estado con él.
Le dijo que había sido una buena perra.
Le dijo que podía descansar.
Y Canela se fue.
En su casa.
En su cama.
Rodeada de nosotros.
Durante unos segundos nadie se movió.
Después escuché llorar a Elisa.
Mateo comenzó a llorar también.
Yo sentí que me temblaban las manos.
Andrés seguía acariciando la cabeza de Canela.
Bruno continuaba donde estaba.
Cuando el veterinario terminó y se apartó, Bruno se levantó.
Caminó hacia Canela.
Acercó el hocico.
La olió despacio.
Primero la cara.
Luego el cuello.
Después las patas.
Nosotros lo dejamos.
Finalmente Bruno se sentó junto a ella.
Y permaneció allí.
No sé cuánto tiempo.
Quizá quince minutos.
Quizá media hora.
En momentos así el tiempo cambia.
Esa misma tarde enterramos a Canela en una esquina tranquila de nuestro patio, debajo de una jacaranda.
Era un lugar donde solía acostarse cuando todavía tenía fuerza para salir.
Andrés cavó.
No quiso que nadie más lo hiciera.
Los niños prepararon dos dibujos.
Elisa escribió una pequeña carta.
Mateo dejó una piedra que había pintado para ella.
Nosotros dijimos unas palabras sencillas.
No había nada adecuado que decir.
Bruno observó casi todo desde la puerta del patio.
Cuando terminamos, entramos en casa completamente agotados.
La sala parecía diferente.
La cama de Canela seguía allí.
El conejo azul también.
No tuve fuerzas para mover nada.
Andrés se sentó en el sofá.
Elisa se encerró un rato en su habitación.
Mateo preguntó si Canela todavía podía saber que la queríamos.
Le dije que sí.
No sé si tenía una respuesta mejor.
Bruno caminó por la casa buscándola.
Fue hasta la cocina.
Después al pasillo.
Volvió a la sala.
Olfateó su cama.
Y finalmente se acostó delante de ella.
Aquella noche nadie durmió bien.
Yo pensé que la historia terminaba ahí.
Nuestro perro joven había acompañado a nuestra perra vieja durante sus últimas semanas.
Le había prestado sus juguetes.
Había permanecido cerca.
Era triste.
Era hermoso.
Y pensé que eso era todo.
A la mañana siguiente fui a la cocina.
Preparé café.
Miré por la ventana hacia el patio.
Y tuve que sujetarme de la encimera.
—Andrés.
No respondió.
—Andrés, ven.
Algo en mi voz hizo que apareciera enseguida.
Se colocó a mi lado.
Miró por la ventana.
Y se quedó completamente inmóvil.
Bruno estaba acostado junto a la tumba de Canela.
Pero no estaba solo.
Había llevado los juguetes.
Todos.
El conejo azul.
La pelota.
La cuerda.
El juguete que hacía ruido.
Una vieja pelota de tenis.
Un hueso de tela.
Hasta un pequeño muñeco que casi nunca usaba.
Todo lo que Bruno consideraba suyo estaba allí.
Sobre la tierra.
Formando un montón delante de la jacaranda.
No sabemos a qué hora empezó.
Debió de hacerlo mientras dormíamos.
Uno por uno.
Desde la sala hasta el patio.
Desde el patio hasta aquella esquina.
Había recorrido el mismo camino muchas veces para llevar cada objeto.
Y después se había acostado junto a ellos.
Con la cabeza sobre las patas.
Mirando hacia donde habíamos enterrado a Canela.
Yo no quiero fingir que sé exactamente lo que piensa un perro.
No lo sé.
Nadie puede saberlo con certeza.
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