Seguían junto a ella.
Como si la perra hubiera intentado mantenerlos dentro del único lugar que todavía podía proteger.
Aquella noche empezamos a llamarla Mamá.
No lo decidimos formalmente.
Simplemente Héctor miró hacia la sala donde estaba hospitalizada y dijo:
—Esa Mamá no se rindió.
Y el nombre se quedó.
Mamá pasó la primera noche conectada a líquidos.
Ninguno de nosotros tenía que quedarse.
Nos lo dijeron varias veces.
Aun así permanecimos allí hasta muy tarde.
Raúl fue el último en marcharse.
Cuando salíamos, lo vi sentado dentro de la camioneta que nos había prestado aquel trabajador.
Tenía las dos medallas fuera de la camiseta.
Las sostenía en una mano.
No hizo ningún gesto cuando me acerqué.
Yo tampoco pregunté.
Solo me senté junto a él.
Pasaron varios minutos.
Finalmente habló.
—Daniel odiaba verme preocupado.
No supe qué responder.
—Incluso cuando estaba enfermo de niño —continuó—, siempre me decía que estaba bien.
Miró las medallas.
—Yo sabía que no estaba bien.
Volvió a guardarlas bajo la camiseta.
—Esa perra hizo lo mismo.
No volvimos a hablar del tema.
Mamá sobrevivió aquella noche.
Después sobrevivió otra.
Y otra.
Los primeros días fueron complicados.
Su organismo estaba tan debilitado que no podían alimentarla de cualquier manera. Había que hacerlo poco a poco y bajo vigilancia.
Cada mañana Raúl llamaba.
A veces llamaba dos veces.
—¿Cómo amaneció?
La respuesta casi siempre era parecida.
—Estable.
Durante la segunda semana incluso eso empezó a sonar maravilloso.
Óscar llevó una manta.
Héctor llevó un juguete que Mamá ignoró por completo.
Martín llevó alimento especial después de preguntar qué podían darle.
Yo llevé nada.
Solo fui.
Mamá empezó a levantarse unos segundos.
Después podía caminar unos pasos.
El pelo comenzó a crecer otra vez.
Las heridas del cuello fueron cerrando.
Sin embargo, había algo que no toleraba.
Nada alrededor de la garganta.
La primera vez que intentaron ponerle un collar suave, se quedó rígida.
No gruñó.
No intentó morder.
Simplemente dejó de moverse.
Se lo quitaron inmediatamente.
Raúl apareció al día siguiente con un arnés.
—Con esto no necesita nada en el cuello.
Nadie tuvo que explicarle por qué.
A las seis semanas, Mamá parecía otro animal.
Seguía delgada, pero sus ojos habían cambiado.
La primera vez que la vi mover la cola pensé que Óscar iba a llorar otra vez.
La movió una sola vez.
Luego dos.
Y después caminó hasta Raúl.
Él se agachó.
Mamá puso la cabeza contra su pecho exactamente igual que el día del bosque.
Raúl cerró los ojos.
—Ya sé —murmuró—. Yo también me acuerdo.
Todos suponíamos que él terminaría adoptándola.
Tenía sentido.
Había sido quien la cargó.
Quien la sostuvo durante horas.
Quien llamó todos los días.
Quien parecía entenderla sin necesidad de demasiadas palabras.
Pero la historia no terminó así.
Y, con el tiempo, entendí que fue mejor.
En la recepción de la clínica trabajaba una mujer llamada Fernanda.
Tenía 33 años.
Había estado allí la noche en que llegamos.
Era una de las primeras personas que había visto a Mamá cuando todavía llevaba la cadena.
Fernanda empezó a entrar a verla cada vez que tenía un descanso.
Al principio solo se sentaba cerca.
No intentaba tocarla.
Después comenzó a ofrecerle comida con la mano.
Mamá la observaba durante mucho tiempo antes de aceptar.
Un día apoyó la cabeza sobre su rodilla.
A partir de entonces, empezó a buscarla.
Raúl fue el primero en darse cuenta.
—La eligió.
Fernanda negó con la cabeza.
—No sé si estoy preparada.
Unos días después nos contó por qué.
Meses antes había perdido un embarazo bastante avanzado.
No había hablado mucho de aquello.
No quería que nadie sintiera lástima por ella.
—Cuando la veo —dijo mirando a Mamá—, siento algo que no sé explicar.
Raúl sí parecía entenderlo.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






