Durante tres años, don Aurelio caminó hasta un buzón vacío. El día que no apareció, un perro silencioso empezó a pedir ayuda.
Cuando doblé por el camino de terracería y miré hacia la casa de don Aurelio, supe de inmediato que algo estaba mal.
Él no estaba caminando hacia el buzón.
El perro sí estaba allí.
Pero no junto al camino.
Estaba arriba, en el pequeño corredor de la casa, golpeando la puerta con las patas delanteras una y otra vez.
Y estaba ladrando.
Fuerte.
Desesperado.
Tuve que frenar la camioneta.
Durante seis meses había visto a aquel perro casi todos los días.
Nunca lo había escuchado hacer un solo sonido.
Ni uno.
Y ahora parecía querer derribar la puerta.
Me llamo Lucía. Durante nueve años trabajé repartiendo correspondencia en varias comunidades rurales del norte de Durango.
La ruta de don Aurelio era una de las más alejadas.
Su casa quedaba aproximadamente a dos kilómetros del camino principal, al final de una brecha de tierra rodeada de terrenos pequeños, cercas viejas y unas cuantas casas tan separadas que, desde una puerta, apenas se alcanzaba a distinguir la siguiente.
Durante mucho tiempo, el buzón de don Aurelio fue la parada que más tristeza me daba.
No porque estuviera roto.
Ni porque fuera viejo.
Sino porque siempre estaba vacío.
Don Aurelio había perdido a su esposa y a su único hijo con pocos meses de diferencia.
Después de aquello se quedó solo.
Tenía familiares lejanos, según me contó alguna vez, pero ninguno vivía cerca. Algunos llamaban de vez en cuando. Otros habían formado sus propias familias y la vida simplemente los había llevado por otros caminos.
Él nunca se quejaba.
Pero yo veía ese buzón.
Y un buzón puede contar muchas cosas sobre una persona.
Facturas.
Cartas.
Invitaciones.
Una tarjeta.
Un sobre escrito a mano.
En el de Aurelio casi nunca había nada.
Aun así, todas las mañanas hacía el mismo recorrido.
Salía de su casa, tomaba su bastón y caminaba esos dos kilómetros hasta el camino principal.
Abría el buzón.
Miraba dentro.
Lo cerraba.
Y regresaba.
Una vez le pregunté por qué seguía haciéndolo si sabía que probablemente no encontraría nada.
Él apoyó las dos manos sobre su bastón y me miró como si la respuesta fuera muy sencilla.
—No camino por las cartas, Lucía.
Luego señaló el camino hacia su casa.
—Camino porque todavía tengo un lugar al que llegar.
No entendí del todo aquella frase en ese momento.
Mucho después la entendí demasiado bien.
Aurelio decía que las mañanas eran la parte más difícil desde que se había quedado solo.
Por la noche podía encender la televisión, preparar algo de cenar o escuchar la radio.
Pero despertar era diferente.
Abría los ojos y no había una voz en la cocina.
No había pasos.
No había alguien preguntando si quería café.
Entonces se inventó una obligación.
Ir al buzón.
Aunque estuviera vacío.
Durante tres años, aquella caminata fue su manera de comenzar el día.
Y entonces apareció el perro.
Fue a finales de noviembre.
Aurelio abrió la puerta una mañana y encontró un animal echado al pie de los escalones.
No era uno de esos perros bonitos que parecen esperar una fotografía.
Era un desastre.
Grande, quizá mezcla de pastor con quién sabe qué más, pero tan delgado que se le marcaban las costillas.
Tenía el pelo oscuro lleno de polvo y pequeños nudos.
Una oreja estaba rasgada.
Caminaba con dificultad de una pata trasera.
Y miraba a Aurelio sin acercarse.
Aurelio tampoco intentó tocarlo.
Solo se quedó observándolo unos segundos.
Después dijo:
—Bueno.
Tomó su bastón y comenzó a caminar.
El perro lo siguió.
No a su lado.
No tan cerca.
Se mantenía varios metros detrás de él, casi siempre hacia la izquierda.
Si Aurelio se detenía, el perro se detenía.
Si Aurelio avanzaba, él avanzaba.
Llegaron juntos al buzón.
Aurelio lo abrió.
Vacío.
Lo cerró.
Dio media vuelta.
El perro estaba sentado en medio del camino esperando.
Regresaron de la misma manera.
Cuando Aurelio llegó a casa, el perro volvió a echarse al pie de los escalones.
Ese día, Aurelio le dejó un plato pequeño con comida y agua.
Solo eso.
Según él, no significaba nada.
—No voy a quedármelo —me dijo cuando nos encontramos unos días después.
Lo dijo con una firmeza que me hizo sonreír.
Porque para entonces el perro llevaba cuatro mañanas siguiéndolo.
—Tengo ochenta y siete años —continuó—. A esta edad uno no debería hacerse responsable de un perro joven.
Miró hacia la casa.
El animal estaba acostado a varios metros.
—¿Y si un día me pasa algo? ¿Quién lo cuida después?
Aurelio tenía las manos temblorosas.
Algunos días las rodillas le dolían tanto que necesitaba detenerse varias veces durante la caminata.
Él lo sabía.
Sabía que los años no iban hacia atrás.
—No es justo traerlo a la casa para que luego vuelva a quedarse solo —me dijo.
Así que don Aurelio no adoptó al perro.
Por supuesto.
Simplemente empezó a dejarle comida.
Y agua.
Y un pedazo de cobija vieja junto a los escalones.
Pero no lo había adoptado.
Eso repetía.
Cada mañana, cuando Aurelio salía, el perro ya estaba esperando.
Aurelio comenzaba a caminar.
Y el perro ocupaba su sitio.
Siempre a la izquierda.
Siempre varios metros separado.
Los dos iban hasta el buzón.
Aurelio lo abría.
Miraba dentro.
Lo cerraba.
Y volvían juntos.
Al principio pensé que el perro seguía desconfiando de la gente.
Probablemente había vivido mucho tiempo solo.
Si alguien intentaba acercarse demasiado, retrocedía.
Nunca movía mucho la cola.
Nunca pedía caricias.
Tampoco ladraba.
Era un animal extraño.
Silencioso.
Observador.
Como si hubiera aprendido que llamar la atención nunca traía nada bueno.
Con las semanas empezó a verse diferente.
Aurelio insistía en que apenas le daba de comer.
Yo no le creía.
Las costillas dejaron de notarse tanto.
La pata mejoró.
El pelo oscuro empezó a crecer sobre las zonas donde antes tenía la piel descubierta.
Pero la distancia entre ellos continuaba igual.
Aurelio tampoco le puso nombre.
—Si le pongo nombre, ya perdí la discusión —me decía.
—¿Qué discusión?
—La de que no es mío.
Yo miraba al perro.
El perro miraba a Aurelio.
Y los dos parecían saber que esa discusión estaba perdida desde hacía tiempo.
Había otro detalle.
El perro nunca entraba en la casa.
Ni siquiera subía al corredor.
Aurelio había marcado el límite desde los primeros días.
Podía dormir al pie de los escalones.
Podía quedarse en el patio.
Podía acompañarlo durante la caminata.
Pero la casa no.
Aurelio creía que así evitaría acostumbrarlo demasiado.
Durante seis meses, el perro respetó esa frontera.
Jamás subió un solo escalón.
Y yo los veía casi todas las mañanas.
Desde la carretera principal aparecían como dos figuras pequeñas avanzando por la brecha.
Un anciano con bastón.
Y un perro negro a su izquierda.
Aquello terminó convirtiéndose en mi parte favorita de la ruta.
Antes, cuando llegaba al buzón de Aurelio, pensaba en lo solo que estaba.
Después empecé a pensar:
“Ya vienen los dos”.
Durante un tiempo incluso procuré que alguna pequeña tarjeta de servicio o aviso comunitario que legítimamente correspondiera a su zona quedara bien acomodada en el buzón, porque sabía cuánto significaba para él encontrar algo allí.
Nunca se lo dije.
Tampoco hacía falta.
Aurelio empezó a caminar un poco más rápido en los últimos metros.
Abría la tapa con cierta expectativa.
A veces había un papel.
Muchas veces no.
Pero ya no parecía importar tanto.
Porque ahora, cuando cerraba el buzón, alguien lo estaba esperando.
El perro.
Pasaron diciembre.
Enero.
Febrero.
Marzo.
Abril.
Seis meses enteros.
La misma rutina.
La misma distancia.
El mismo perro que oficialmente no pertenecía a nadie.
Hasta aquella mañana de mayo.
Era día 16.
Recuerdo la fecha porque la anoté después.
Yo venía por el camino principal y, como siempre, miré hacia la brecha esperando encontrar dos figuras.
No estaban.
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