Durante seis meses aquel perro jamás ladró, hasta la mañana en que su dueño no salió de casa

Aurelio bajó de la camioneta despacio.

Usaba el bastón.

El perro se levantó.

Por unos segundos ninguno de los dos hizo nada.

Aurelio entró.

Dejó la puerta abierta.

El perro permaneció abajo.

Aurelio lo miró.

—Bueno —dijo.

Fue la misma palabra que había pronunciado seis meses antes.

Luego movió la mano.

—Ven.

El perro miró los escalones.

Después miró a Aurelio.

Subió uno.

Se detuvo.

Subió otro.

Luego otro.

Por primera vez entró al corredor sin escuchar que alguien lo detuviera.

Llegó hasta la puerta.

Aurelio se hizo a un lado.

El perro cruzó.

Caminó hasta la sala.

Dio dos vueltas sobre una alfombra vieja.

Y se echó.

Aurelio cerró la puerta.

—Supongo que ahora sí es suyo —le dije.

Él hizo una mueca.

—Parece que nunca tuve mucha opinión en el asunto.

Pero faltaba una cosa.

Durante seis meses, el perro no había tenido nombre.

Esa tarde, mientras tomábamos café en la cocina, se lo pregunté.

—¿Y cómo va a llamarlo?

Aurelio se quedó pensando.

Miró al perro.

Luego me miró a mí.

—Cartero.

Me reí.

—¿Cartero?

—Sí.

—¿Por qué?

Aurelio señaló hacia el camino donde estaba el buzón.

—Durante tres años fui hasta ese pedazo de metal esperando que me trajera algo.

Se quedó callado unos segundos.

—Nunca llegó lo que estaba esperando.

Miró al perro.

—Hasta que apareció este.

Le dije que técnicamente el buzón no le había enviado al perro.

El perro había llegado por su propia cuenta.

Aurelio levantó una ceja.

—Entonces es mejor todavía.

Volvió a mirar a Cartero.

—Las mejores cosas no siempre llegan dentro de un sobre.

Después de aquel día, algunas cosas cambiaron.

Otras no.

Aurelio siguió caminando hasta el buzón.

Más despacio.

Algunos días necesitaba descansar a mitad del recorrido.

Cartero continuó acompañándolo.

Al principio seguía colocándose varios metros hacia la izquierda por costumbre.

Pero la distancia comenzó a reducirse.

Seis metros.

Cuatro.

Dos.

Hasta que una mañana los vi caminando casi hombro con hombro.

Bueno.

Hombro y lomo.

También ocurrió algo inesperado con el buzón.

Aurelio empezó a escribir cartas.

Buscó las direcciones de dos viejos amigos con quienes había trabajado muchos años antes.

Mandó una carta a cada uno.

Uno respondió.

Después respondió el otro.

Comenzaron a escribirse de vez en cuando.

Nada extraordinario.

Una página.

A veces dos.

Preguntas sobre los hijos.

Recuerdos del pasado.

Alguna fotografía.

Pequeñas historias de gente mayor que descubre que todavía tiene cosas que contar.

De pronto el buzón dejó de estar siempre vacío.

Pero para entonces ya no era tan importante.

Una tarde, varios meses después, me senté otra vez en la cocina de Aurelio.

Cartero dormía debajo de la mesa.

Ya tenía permitido dormir dentro de la casa.

También tenía una cama propia junto a la puerta.

Aunque casi nunca la utilizaba.

Prefería la alfombra desde donde podía ver a Aurelio.

Le pregunté algo que quizá no debía.

—¿Todavía le preocupa qué pasará con Cartero cuando usted ya no esté?

Aurelio tardó bastante en responder.

Acarició la taza con ambas manos.

Luego miró al perro.

—Sí.

No intentó fingir.

—Claro que me preocupa.

Cartero abrió un ojo.

Aurelio sonrió.

—Pero antes pensaba tanto en el final que casi me pierdo lo que había en medio.

Se inclinó un poco y tocó con los dedos la cabeza del perro.

—Él llegó solo hasta aquí. Ya encontró una casa una vez.

Después añadió:

—Pero todavía no tiene por qué buscar otra.

Han pasado casi dos años desde aquella mañana.

Aurelio tiene ahora ochenta y nueve.

Yo todavía paso por su camino.

La caminata tarda más.

Hay días en que utiliza dos bastones.

Cartero también se mueve con más calma.

Ya no parece aquel animal flaco y desconfiado que apareció junto a los escalones.

Tiene el pelo oscuro brillante en algunas zonas y canoso en otras.

La oreja rasgada continúa igual.

Aurelio nunca quiso que nadie intentara hacerla parecer perfecta.

—Así llegó —dice—. Así está bien.

Cada mañana siguen caminando hasta el buzón.

A veces hay una carta.

A veces un recibo.

A veces nada.

La diferencia es que ahora Aurelio abre la tapa, mira dentro y ya no parece decepcionado cuando está vacío.

Porque el buzón nunca fue realmente lo importante.

Durante tres años, Aurelio recorrió aquel camino buscando una razón para levantarse de la cama.

Pensaba que necesitaba tener un destino.

Algo que revisar.

Un lugar donde alguien pudiera haber dejado una señal de que todavía se acordaba de él.

Y durante mucho tiempo no llegó nada.

Entonces, una mañana, algo apareció.

Solo que no estaba dentro del buzón.

Estaba sentado al pie de sus escalones.

Sucio.

Flaco.

Con una oreja rota.

Demasiado asustado para acercarse.

Aurelio creyó que estaba dándole al perro un plato de comida y un lugar donde pasar la noche.

El perro creyó, al parecer, que estaba aceptando un trabajo.

Acompañarlo.

Vigilarlo.

Esperarlo.

Asegurarse de que cada mañana aquel anciano estuviera exactamente donde debía estar.

Y el único día en que Aurelio no apareció, Cartero dejó de respetar la distancia.

Subió donde tenía prohibido subir.

Golpeó una puerta que nunca había atravesado.

Y ladró después de seis meses de silencio hasta que alguien finalmente lo escuchó.

A veces pienso en todos aquellos viajes de Aurelio hasta el buzón vacío.

En tres años caminando hacia algo que nunca llegaba.

Y pienso que quizá no fueron inútiles.

Porque si Aurelio hubiera dejado de caminar, aquel perro posiblemente nunca habría aprendido su rutina.

Nunca habría encontrado un hombre al que seguir.

Nunca habría tenido una razón para quedarse.

Y aquella mañana de mayo quizá nadie habría sabido que Aurelio estaba tirado en el suelo.

El viejo caminaba porque necesitaba sentirse esperado en algún sitio.

Sin darse cuenta, terminó siendo esperado todos los días por alguien.

Ahora, cuando llego con la correspondencia, muchas veces los encuentro regresando.

Aurelio avanza despacio por el centro del camino.

Cartero comienza unos metros a su izquierda, como hacía antes.

Es una vieja costumbre.

Pero casi nunca mantiene la distancia mucho tiempo.

Después de unos pasos se acerca.

Un poco más.

Otro poco.

Hasta caminar junto a la pierna de Aurelio.

Y así siguen los dos hasta la casa.

El hombre que durante años caminó hacia un buzón vacío.

Y el perro que pasó seis meses fingiendo que no necesitaba un hogar.

Ninguno de los dos encontró exactamente lo que estaba buscando.

Encontraron algo mejor.

Se encontraron el uno al otro.

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