El millonario se burló de la empleada y le entregó un violín, pero segundos después nadie pudo reír

Lucía pareció incómoda.

No estaba acostumbrada a que tantas personas la miraran.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—Lucía…

Pero ella ya estaba dejando cuidadosamente el violín en su estuche.

—Tengo que seguir trabajando, señor.

Aquella frase le dolió a Alejandro más de lo que esperaba.

No porque fuera ofensiva.

Precisamente porque no lo era.

Lucía no aprovechó la situación para burlarse de él.

No mencionó su cruel propuesta.

No exigió ninguna disculpa delante de los invitados.

Simplemente volvió a ser la empleada que recogía copas.

Y eso hizo que Alejandro se sintiera todavía peor.

La fiesta terminó varias horas después.

Él no disfrutó el resto de la noche.

Las conversaciones le parecieron vacías.

Las bromas dejaron de hacerle gracia.

Cuando el último invitado se fue, Alejandro entró de nuevo al salón.

Había vasos a medio terminar sobre las mesas.

Sillas fuera de lugar.

Restos de comida.

El estuche del violín estaba cerrado sobre un sillón.

Lo miró durante mucho tiempo.

Recordó su propia frase.

“Toca el violín y me casaré contigo”.

Le pareció vergonzosa.

No porque hubiera quedado mal frente a sus invitados.

Sino porque por primera vez comprendió que había convertido a una persona en parte del espectáculo de una fiesta.

Esa noche casi no durmió.

A la mañana siguiente buscó a Lucía.

Quería disculparse.

Pero la encargada de la casa le entregó un sobre.

—Lo dejó temprano.

Dentro había una breve carta.

Lucía agradecía el trabajo, explicaba que prefería marcharse y pedía que le entregaran cualquier salario pendiente mediante el procedimiento habitual.

Nada más.

Alejandro leyó aquellas líneas dos veces.

—¿Dijo a dónde iba?

—No.

—¿Por qué se fue?

La mujer lo miró en silencio.

Alejandro entendió la respuesta sin necesidad de escucharla.

Pasaron varios días.

Después dos semanas.

Alejandro intentó averiguar dónde estaba Lucía preguntando a quienes la conocían, pero tuvo cuidado de no invadir su privacidad.

Descubrió que probablemente había regresado durante un tiempo al pueblo donde había crecido.

También supo algo que desconocía por completo.

Lucía enviaba cada mes una pequeña parte de su sueldo a una tía mayor que todavía vivía allí.

Aquello le produjo una nueva sensación de vergüenza.

Él podía gastar en una cena lo que Lucía ganaba en varios meses.

Sin embargo, nunca se había preguntado qué hacía ella cuando terminaba su turno.

Ni si tenía familia.

Ni por qué había llegado a su casa.

Ni siquiera sabía el nombre de su padre.

Alejandro comenzó a observar su propia vida con una mirada diferente.

Tenía habitaciones que casi nunca utilizaba.

Ropa que compraba y olvidaba.

Objetos caros cuya historia conocía mejor que la historia de las personas que trabajaban para él.

Durante años había confundido respeto con obediencia.

Éxito con importancia.

Dinero con valor.

Y, aunque aquella noche no lo convirtió de pronto en otra persona, abrió una grieta en algo que llevaba mucho tiempo endurecido.

Un mes después tuvo que visitar una propiedad familiar cerca de un pequeño municipio del Estado de México.

Al terminar, decidió regresar por una carretera secundaria.

Fue entonces cuando escuchó música.

No era fuerte.

Venía de una pequeña casa comunitaria junto a una iglesia del pueblo.

Alejandro redujo la velocidad.

Reconoció la melodía.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

Estacionó a cierta distancia y caminó hasta la entrada.

Dentro había unas quince personas sentadas en sillas sencillas.

La mayoría eran niños.

Al frente estaba Lucía.

Tenía un violín apoyado bajo la barbilla.

Era viejo.

Tenía pequeñas marcas en la madera.

Pero ella lo tocaba con una sonrisa que Alejandro nunca había visto en su casa.

Esperó afuera hasta que terminó.

Los niños salieron poco a poco.

Algunos llevaban guitarras prestadas.

Otros pequeños instrumentos.

Lucía estaba guardando unas partituras cuando lo vio.

Su expresión cambió.

—Señor Montiel.

Alejandro permaneció junto a la puerta.

—¿Puedo entrar?

Ella dudó.

Finalmente asintió.

Él se acercó despacio.

—No vine a pedirte que regreses a trabajar.

Lucía no respondió.

Alejandro respiró profundamente.

Durante años había dado órdenes con facilidad.

Pedir perdón resultaba mucho más difícil.

—Vine porque te debo una disculpa.

Lucía bajó la mirada hacia las partituras.

—Lo que hice aquella noche estuvo mal —continuó—. No fue una broma inocente. Te puse frente a un grupo de personas para que se rieran de ti.

Ella permaneció callada.

—No tengo una excusa.

Alejandro tragó saliva.

—Solo quería decirte eso mirándote a los ojos.

Lucía levantó la cabeza.

—Gracias.

Alejandro miró el violín que ella acababa de guardar.

—¿Es tuyo?

Lucía sonrió ligeramente.

—Me lo presta un vecino. Perteneció a su abuelo.

Alejandro asintió.

—Pensé que habías dejado de tocar.

—Lo hice durante años.

—¿Por tu padre?

Ella pareció sorprendida.

—¿Cómo sabe eso?

—Pregunté algunas cosas después de que te fuiste. Solo lo necesario para encontrarte. Cuando supe que habías regresado aquí, dejé de preguntar.

Lucía se quedó pensativa.

—Mi padre hacía violines.

—Me lo dijeron.

—Era muy bueno.

—Estoy seguro.

Ella acarició el estuche viejo.

—Después de su muerte no podía tocar. Cada vez que veía un violín, sentía que volvía a perderlo.

Alejandro miró al suelo.

—Y yo te puse uno en las manos delante de cincuenta personas.

—Sí.

La palabra fue tranquila.

Pero directa.

Alejandro asintió.

—Lo siento.

Lucía guardó silencio unos segundos.

—Aquella noche fue horrible.

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