Encontramos una perra moribunda protegiendo a cinco cachorros, pero lo que hizo al acercarnos nos dejó paralizados

Encontramos a una madre casi muerta bajo un coche abandonado. Lo que hizo cuando tocamos a sus cachorros nos dejó sin palabras.

—No metas la mano todavía —me dijo Renata en voz baja—. Mira cómo nos está viendo.

Yo ya estaba arrodillado en el agua sucia, junto a un coche viejo apoyado sobre bloques de cemento, en un terreno abandonado a las afueras de Puebla.

Debajo del vehículo había una perra.

Y alrededor de su vientre, apretados contra ella, había cinco cachorros.

La perra estaba empapada.

Los cachorros, no.

Eso fue lo primero que me golpeó.

No sé cuánto tiempo llevaba ahí, pero había convertido su propio cuerpo en una pared.

Su lomo recibía el agua que entraba por un lado.

Su vientre cubría a los pequeños.

Y las pocas zonas secas que quedaban bajo el coche eran para ellos, no para ella.

Yo colaboraba desde hacía años con pequeños grupos de rescate.

No era mi trabajo principal.

Lo hacía los fines de semana, en ratos libres, ayudando con traslados, animales asustados, camadas abandonadas y casos en los que alguien simplemente llamaba diciendo:

—Hay un perro que necesita ayuda.

Después de un tiempo, uno cree que aprende a no llevarse cada historia a casa.

Crees que puedes mirar, ayudar, resolver lo urgente y seguir con tu vida.

Pero aquella perra atravesó todas esas defensas.

Todavía pienso en ella.

La llamada había llegado esa mañana desde una bodega cercana.

Uno de los trabajadores escuchaba pequeños chillidos desde hacía dos días.

Había dejado algo de comida cerca del terreno, pero cada vez que se aproximaba, la madre se escondía bajo el coche y no le permitía acercarse.

Nos explicó que los cachorros estaban debajo de un sedán abandonado, sin llantas, rodeado de maleza y charcos.

Cuando Renata y yo llegamos, entendimos el problema.

El terreno estaba inundado en varias partes.

El coche era prácticamente una isla.

Debajo del chasis quedaban apenas unos centímetros de suelo seco.

Y ahí estaba ella.

Era una mestiza de cuerpo fuerte, probablemente mezcla de pitbull.

Al menos eso habría parecido en condiciones normales.

En aquel momento parecía solo huesos, barro y ojos enormes.

Tenía las costillas completamente marcadas.

Las caderas sobresalían como dos puntas bajo la piel.

El pelo estaba pegado al cuerpo, lleno de lodo.

No podíamos saber si alguna vez había sido café, gris o atigrada.

Estaba acostada de lado.

Había curvado el cuerpo alrededor de sus crías.

Cinco cachorros pequeños, de pocas semanas, se movían contra ella.

Lloraban.

Buscaban leche.

Estaban vivos.

Renata los miró.

Después miró a la madre.

—Están alimentados —dijo—. Mira sus barrigas.

Volví a mirar.

Tenía razón.

No estaban fuertes, pero tampoco estaban tan delgados como ella.

La diferencia era brutal.

Entonces entendí lo que estaba viendo.

Aquella madre estaba desapareciendo para que ellos siguieran creciendo.

Cuando dimos un paso más, levantó la cabeza.

Apenas podía hacerlo.

Emitió un sonido bajo.

No fue un ladrido.

Ni siquiera fue un verdadero gruñido.

Parecía más bien una advertencia agotada.

Como si dijera:

“No me queda nada, pero lo poco que me queda todavía es para ellos”.

Nos detuvimos.

Renata llevaba más años que yo rescatando animales.

Había visto perros que mordían por miedo, madres protectoras, animales heridos, perros que ya no confiaban en nadie.

Pero aquella escena también la afectó.

—Está muerta de hambre —murmuró—. Y aun así los cachorros están comiendo.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

La perra nos observaba.

Yo podía ver cómo respiraba.

Cada movimiento del pecho marcaba sus costillas.

Estaba tan débil que parecía imposible que pudiera hacer algo más que permanecer acostada.

Me equivoqué.

Cuando extendí la mano hacia uno de los cachorros, la perra se puso de pie.

Todavía no sé cómo lo hizo.

Sus patas temblaron.

El cuerpo se balanceó.

Una de las patas traseras casi cedió.

Pero se levantó.

Y se colocó entre nosotros y sus cinco crías.

No tenía fuerza para atacarnos.

No tenía energía para escapar.

Ni siquiera parecía capaz de mantenerse en pie durante mucho tiempo.

Pero estaba ahí.

Bloqueándonos el paso.

Su cuerpo entero decía una sola cosa:

“Primero tendrán que pasar por mí”.

Renata y yo retrocedimos un poco.

No por miedo.

Por respeto.

La perra respiraba con dificultad.

Sus patas temblaban cada vez más.

Aun así no se movía.

Nos había visto acercarnos al único motivo por el que, probablemente, seguía viva.

Para ella no éramos rescatistas.

Éramos dos desconocidos.

Dos personas mojadas, grandes, inclinándose hacia sus cachorros.

No tenía ninguna razón para confiar en nosotros.

Así que hicimos todo despacio.

Renata comenzó a hablarle con voz tranquila.

Yo me senté en el suelo, a cierta distancia, para no parecer una amenaza.

No intentamos tocar a los cachorros otra vez.

Solo esperamos.

La perra nos olía desde donde estaba.

Miraba nuestras manos.

Después volvía la cabeza hacia sus crías.

Luego hacia nosotros.

Cada minuto que permanecía de pie parecía costarle demasiado.

Finalmente las patas empezaron a fallarle.

Pero incluso al bajar no se desplomó.

Se acostó lentamente.

Con cuidado.

Cerca de los cachorros.

Siguió mirándonos.

Ya no nos bloqueaba.

Renata avanzó primero.

Tocó a uno de los cachorros.

La madre se tensó.

Pero no se levantó.

Después tomamos otro.

Luego otro.

Ella vigilaba cada movimiento.

No apartaba los ojos.

Fue una de las cosas más difíciles que he vivido en un rescate.

No porque estuviera peleando.

Sino porque sentías que aquella perra estaba tomando una decisión enorme con la poca energía que le quedaba.

Nos estaba permitiendo acercarnos.

Nos estaba dando una confianza que todavía no habíamos ganado.

Pusimos a los cinco cachorros en una transportadora con mantas secas.

Cuando llegó el momento de levantar a la madre, Renata extendió una manta en el suelo.

Entre los dos la cargamos.

Pesaba casi nada.

Era una perra que, en buen estado, debería haber sido sólida y pesada.

En aquel momento parecía una estructura vacía.

La pusimos en la parte trasera de la camioneta.

Pero no se relajó.

Intentó levantar la cabeza.

Buscaba algo.

—Los cachorros —dijo Renata.

Abrimos un poco la transportadora para que pudiera verlos.

Ahí estaban los cinco.

Juntos.

Secos.

Moviéndose bajo la manta.

La madre los miró durante varios segundos.

Solo entonces apoyó la cabeza.

Durante todo el trayecto hacia una clínica veterinaria no dejó de vigilarlos.

Más tarde la llamaríamos Reina.

En aquel momento todavía no tenía nombre.

No llevaba placa.

No tenía microchip.

Nadie de la zona dijo reconocerla.

Nunca encontramos a una persona que pudiera decirnos de dónde había salido.

Solo pudimos reconstruir parte de la historia por lo que vimos.

Probablemente había vivido en la calle durante un tiempo.

Quizá llegó a ese terreno ya embarazada.

Quizá dio a luz en algún rincón cercano y después trasladó a sus crías bajo el coche cuando empezó a entrar agua en otras zonas.

No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es lo que hizo después.

Encontró el único espacio más o menos seco.

Colocó a sus cinco cachorros ahí.

Y se puso ella en el lado expuesto.

Durante días.

La comida que lograba conseguir era mínima.

El trabajador de la bodega había dejado algunos restos a distancia.

Pero para comerlos, Reina tenía que abandonar por unos minutos a los cachorros.

Al principio quizá pudo hacerlo.

Después ya no.

Su cuerpo estaba demasiado débil.

Y además estaba amamantando.

El veterinario nos explicó algo sencillo.

Una madre que alimenta a cinco cachorros necesita mucha energía.

Muchísima.

Reina no estaba recibiendo ni una pequeña parte de lo que necesitaba.

Así que su cuerpo empezó a gastar sus propias reservas.

Primero grasa.

Después músculo.

Todo lo que tenía.

Pero la leche seguía llegando a los cachorros.

Ellos seguían comiendo.

Por eso sus cuerpos pequeños todavía tenían algo de redondez.

Y por eso ella parecía haberse quedado sin nada.

Cuando llegamos a la clínica, un veterinario llamado Arturo salió a recibirnos.

Renata había avisado por teléfono que el caso era urgente.

Primero revisó a los cachorros.

Estaban deshidratados.

Necesitaban alimento adicional y vigilancia.

Pero, en general, tenían buenas posibilidades.

Después examinó a Reina.

Y el ambiente cambió.

Arturo empezó a tocarle el abdomen.

Revisó las encías.

Los ojos.

Tomó muestras.

Escuchó el corazón.

Miró los resultados iniciales.

Y se quedó callado.

Yo ya había aprendido que, cuando un veterinario deja de hablar mientras revisa un animal, normalmente no significa nada bueno.

—No está simplemente delgada —nos dijo al fin—. Su cuerpo está agotado.

Nos explicó que llevaba demasiado tiempo sin recibir suficiente alimento.

Su organismo había empezado a consumir sus propias reservas para mantener las funciones básicas.

Todavía había posibilidades.

Pero habíamos llegado en un momento límite.

—Si hubieran venido varios días después, quizá ya no estaría viva —dijo.

Miró a los cachorros.

Luego volvió a mirar a Reina.

—Y sin ella, estos pequeños tampoco habrían aguantado mucho.

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