Cada día, Luna esperaba las dos para visitar a su dueño… pero aquella tarde él ya nunca volvería

Durante seis meses, Luna visitó a mi padre a las dos. Al día siguiente de enterrarlo, volvió a pedir su correa

Durante seis meses, Luna visitó a mi padre cada tarde a las dos. Cuando él murió, ella siguió esperando junto a la puerta.

A la una y media de la tarde, Luna se levantó del suelo, caminó hasta la entrada de la casa y bajó su correa del gancho.

La tomó con cuidado entre los dientes.

Después se quedó mirándonos.

Mi hermana Mariana dejó de hablar por teléfono.

Yo también me quedé inmóvil.

Luna movió la cola una vez.

Luego otra.

No parecía nerviosa. Tampoco asustada.

Simplemente estaba lista.

Como todos los días.

Faltaban treinta minutos para las dos.

Y durante los últimos seis meses, las dos de la tarde habían significado una sola cosa para ella.

Ir a ver a mi padre.

El problema era que mi padre había muerto el día anterior.

Y ninguno de nosotros sabía cómo explicárselo a una perra.

Luna tenía ocho años. Era una mezcla de beagle y pastor, de pelo café y canela, con una mancha blanca en la punta de la cola y unas orejas largas que se movían cuando caminaba.

Había llegado a la vida de mi padre, Tomás, muchos años antes.

Mi madre murió cuando Mariana y yo ya éramos adultos, y después de aquello mi padre se quedó viviendo solo en la casa familiar, en las afueras de Querétaro.

Bueno, solo no.

Estaba Luna.

Mi padre decía que él la había adoptado.

Nosotros siempre respondíamos que había sido al revés.

Porque desde el primer día, aquella perra decidió que Tomás era su persona.

Si él iba a la cocina, Luna iba detrás.

Si salía al patio, ella esperaba junto a la puerta.

Si se sentaba a leer después de comer, Luna se acomodaba junto a sus pies.

Mi padre era un hombre de rutinas.

Se levantaba temprano.

Desayunaba casi siempre lo mismo.

Salía a caminar con Luna.

Compraba el periódico en una pequeña tienda de la colonia y volvía a casa antes de que comenzara el movimiento de la mañana.

A mediodía calentaba algo sencillo.

Después descansaba en su sillón.

Luna conocía cada parte del día.

Sabía cuándo era hora de caminar.

Sabía cuándo él iba a comer.

Sabía incluso qué tardes venía algún vecino a conversar un rato.

Mi padre se divertía mucho con eso.

—Mira el reloj —me decía cuando yo iba de visita—. En cinco minutos va a pedir salir.

Yo pensaba que exageraba.

Cinco minutos después, Luna estaba junto a la puerta.

Siempre.

Entonces, aproximadamente un año antes de aquella tarde en que la vimos con la correa entre los dientes, mi padre enfermó.

No importa el nombre exacto de la enfermedad.

Lo importante es que terminó pasando mucho tiempo internado.

No fueron unos días.

Fueron meses.

Cuando una persona permanece tanto tiempo en un hospital, su vida comienza a reducirse.

Primero llevas una bolsa con ropa.

Luego unas fotografías.

Después una manta.

Un libro.

Un vaso favorito.

Y, sin darte cuenta, una habitación pequeña empieza a convertirse en todo tu mundo.

Mi padre tenía una cama junto a una ventana.

Desde allí podía ver parte del estacionamiento y algunos árboles detrás de una pared.

Había días buenos.

Había días muy malos.

Pero la pregunta que repetía casi todos los días era la misma.

—¿Cómo está Luna?

Le decíamos que bien.

A veces era mentira.

Porque Luna no estaba bien.

Los primeros días después de que mi padre ingresó, ella esperaba junto a la puerta hasta muy tarde.

Escuchaba cualquier automóvil que se detenía afuera y levantaba la cabeza.

Si alguien caminaba por la banqueta, corría hacia la entrada.

Dormía poco.

Comía menos.

Una tarde encontré su plato casi intacto.

Me senté a su lado y traté de acariciarla.

Ella permitió que lo hiciera unos segundos.

Después volvió a mirar la puerta.

Esperaba a Tomás.

No entendía por qué el hombre que había estado presente cada día de su vida había desaparecido de repente.

Mi hermana fue quien preguntó primero si podíamos llevarla al hospital.

Yo pensé que nos dirían que no.

No era una visita normal.

Era un animal.

Había reglas de higiene, pacientes delicados y muchas razones para rechazar la idea.

Pero explicamos la situación.

Una enfermera veterana llamada Elena habló con nosotros.

Llevaba muchos años trabajando allí y conocía a mi padre bastante bien después de tantas semanas.

Nos dijo que revisaría si podía organizarse una visita controlada.

Días después nos llamaron.

Habían encontrado una manera de permitirlo bajo ciertas condiciones.

La primera visita fue un martes.

Nunca olvidaré la reacción de mi padre.

Luna entró en la habitación y durante un segundo se quedó paralizada.

Después vio la cama.

Vio a Tomás.

Y salió disparada hacia él.

Mi padre comenzó a reír.

No lo habíamos escuchado reír así desde que ingresó.

Luna puso las patas delanteras en el borde de la cama.

Mi padre golpeó suavemente la manta con la mano.

—Ven, muchacha.

Ella subió.

Se acostó a su lado.

Apoyó la cabeza sobre su pecho.

Y durante casi una hora, mi padre dejó de parecer un paciente.

Volvió a ser simplemente mi papá.

El hombre de la casa.

El hombre del sillón.

El hombre que caminaba por la colonia con su perra cada mañana.

Cuando llegó el momento de irnos, Luna no quiso bajar.

Tuvimos que convencerla.

Mi padre le acarició las orejas.

—Mañana vuelves.

Y volvió.

Al día siguiente.

Y al siguiente.

Finalmente encontramos una rutina.

Las dos de la tarde eran una buena hora para mi padre.

Ya había comido.

Todavía no llegaba el cansancio más fuerte de la tarde.

Así que todos los días, alrededor de la una y media, Luna empezaba a prepararse.

Mariana o yo la subíamos al coche.

Tomábamos la misma ruta.

Entrábamos por la misma puerta.

Subíamos a la misma planta.

Llegábamos a la misma habitación.

Y a las dos, Luna se acostaba junto a mi padre.

Una hora.

Todos los días.

Durante seis meses.

La gente empezó a conocerla.

Algunos trabajadores sonreían cuando la veían pasar.

Otros pacientes preguntaban:

—¿Ya llegó la perrita de las dos?

Para mi padre, aquella hora se convirtió en lo más importante del día.

A veces estaba demasiado cansado para hablar con nosotros.

Pero nunca estaba demasiado cansado para acariciar a Luna.

Ella tampoco le exigía nada.

No necesitaba explicaciones.

No preguntaba resultados.

No hablaba de tratamientos.

No intentaba animarlo.

Solo estaba allí.

Cabeza sobre su pecho.

Respirando junto a él.

Y a veces eso era exactamente lo que necesitaba.

Con los meses, Luna aprendió la nueva rutina tan bien como había aprendido todas las anteriores.

A la una y veinte comenzaba a moverse por la casa.

A la una y media esperaba en la entrada.

Si tardábamos, nos buscaba.

Las dos significaban Tomás.

Tan sencillo como eso.

Después llegó un miércoles que ninguno de nosotros quería que llegara.

Mi padre murió mientras dormía.

Mariana y yo estábamos cerca.

Todo ocurrió con tranquilidad.

Pero no hay nada tranquilo en lo que viene después.

De pronto hay llamadas.

Papeles.

Personas entrando y saliendo.

Familiares preguntando cosas.

Ropa que recoger.

Objetos personales que guardar en bolsas.

Decisiones que parecen demasiado grandes para una cabeza que apenas puede pensar.

Regresamos a casa agotados.

Luna estaba allí.

Nos recibió de una manera extraña.

No saltó como otras veces.

No corrió hacia nosotros.

Se acercó lentamente.

Olfateó la ropa de Mariana.

Después la mía.

Caminó hasta la puerta.

Esperó.

Aquella noche permaneció cerca de nosotros.

Yo pensaba que sabía que algo había cambiado.

Pero no sabía cuánto entendía.

A la mañana siguiente, la casa se llenó de gente.

Llegaron familiares.

Unos vecinos llevaron comida.

Mi hermana hablaba por teléfono.

Yo intentaba responder mensajes.

Luna pasó casi toda la mañana acostada en una esquina.

Hasta que dieron la una y media.

Entonces se levantó.

Se estiró.

Caminó directamente hacia la entrada.

Tomó su correa.

Y esperó.

Eso fue todo.

No hizo ningún ruido.

No ladró.

No lloró.

No necesitaba hacerlo.

La imagen de aquella perra con la correa en la boca rompió a toda la familia.

Mi hermana se tapó la cara.

Una tía salió de la habitación.

Yo sentí que algo me golpeaba en el pecho.

Luna movió ligeramente la cola.

Sus ojos pasaban de uno a otro.

Parecía decir:

“¿Qué ocurre?”

“Es hora.”

“Vamos a verlo.”

¿Cómo le dices a un animal que la persona alrededor de la cual construyó toda su vida ya no está?

No podíamos explicarlo con palabras.

Y tampoco pudimos hacer lo que quizá habría parecido más lógico.

No pudimos quitarle la correa y cerrar la puerta.

Mariana me miró.

Yo la miré.

No tuvimos que discutirlo.

Mi hermana se secó los ojos.

Tomó la correa.

—Está bien, Luna —dijo—. Vamos.

Y la llevamos al hospital.

Hicimos el mismo recorrido.

Luna lo conocía perfectamente.

Al doblar por ciertas calles, levantó la cabeza.

Cuando nos acercamos al edificio, comenzó a moverse en el asiento trasero.

Estaba emocionada.

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