Cuando nos acercamos a la tumba de mi padre, aflojó el paso.
No quiero exagerar lo que pasó.
No puedo decir qué percibió exactamente.
No puedo afirmar qué entiende un perro sobre la muerte.
Solo puedo contar lo que vimos.
Luna bajó la cabeza.
Comenzó a olfatear la tierra.
Al principio rápidamente.
Después con una concentración distinta.
Dio una vuelta alrededor.
Regresó.
Olfateó otra vez.
Su cuerpo cambió.
Dejó de tirar de la correa.
Dejó de buscar alrededor.
Se quedó completamente quieta.
Después se acostó sobre la tierra.
Apoyó la cabeza.
Y soltó un sonido bajo.
No era un ladrido.
Tampoco un gemido común.
Era un sonido largo y extraño que ninguno de nosotros le había escuchado antes.
Mariana se sentó en el suelo.
Yo hice lo mismo.
Luna siguió acostada.
No sé cuánto entendió aquel día.
Quizá reconoció un olor.
Quizá entendió simplemente que allí había algo relacionado con la persona que buscaba.
Quizá nosotros interpretamos parte de la escena a través de nuestro propio dolor.
No importa.
Lo que ocurrió después sí fue claro.
Luna dejó de buscar a mi padre en el hospital.
Ya no volvió a esperar que tomáramos aquella ruta.
Durante algunos días tampoco llevó la correa a la puerta a la una y media.
Pensé que la costumbre había terminado.
Me equivocaba.
Una semana después, a la una y media, Luna apareció frente a mí con la correa.
La miré.
Ella miró la puerta.
Mariana estaba en la cocina.
—Creo que quiere salir.
Mi hermana se asomó.
—Llévala con papá.
La subí al coche.
Tomé la ruta del cementerio.
Esta vez Luna no pareció confundida.
Al contrario.
Cuando reconoció el camino, se sentó erguida.
Llegamos.
Caminó directamente hacia la zona de la tumba.
Olfateó unos segundos.
Después se acostó.
Nos quedamos allí cerca de una hora.
A las tres me levanté.
—Vamos, Luna.
Ella se puso de pie.
Regresamos a casa.
Al día siguiente volvió a ocurrir.
Y al siguiente.
La cita de las dos no había desaparecido.
Solo había cambiado de lugar.
Con el tiempo, aquella rutina se volvió parte de nuestras vidas.
No todos los días podía llevarla la misma persona.
A veces iba Mariana.
A veces yo.
Si alguno tenía un compromiso, nos organizábamos.
Luna no entendía calendarios.
Pero entendía perfectamente cuándo se acercaban las dos.
Media hora antes comenzaba a mirar la puerta.
Después buscaba su correa.
Siempre la misma.
La misma con la que había recorrido durante meses los pasillos del hospital.
Algunas personas nos preguntaban por qué seguíamos haciéndolo.
No lo hacían con mala intención.
Simplemente les parecía extraño estructurar una parte del día alrededor de una perra que quería visitar una tumba.
Yo también me lo pregunté muchas veces.
¿La ayudábamos?
¿Nos ayudábamos nosotros?
¿Era solo una rutina que ninguno quería romper?
Probablemente había un poco de todo.
Pero nunca sentimos que Luna estuviera sufriendo allí.
En el hospital buscaba.
Se levantaba.
Olfateaba.
Esperaba mirando una cama vacía.
En el cementerio era diferente.
Llegaba.
Se acostaba.
Descansaba.
Ya no buscaba nada.
Aquella diferencia fue suficiente para nosotros.
Pasaron meses.
El personal del cementerio empezó a reconocerla.
No conocían toda la historia.
Solo sabían que una perra aparecía casi siempre a la misma hora, caminaba hasta una tumba y se acostaba allí.
Un trabajador nos preguntó una tarde:
—¿Era de la persona que está enterrada aquí?
—Sí —respondí—. Era de mi papá.
El hombre miró a Luna.
Ella estaba acostada con la cabeza sobre las patas.
—Entonces todavía viene a visitarlo.
No supe qué responder.
Porque era exactamente eso.
Todavía iba a verlo.
Antes lo encontraba en una cama.
Ahora encontraba una lápida y un pedazo de tierra.
Pero para Luna, la parte importante parecía ser la misma.
Estar cerca de Tomás entre las dos y las tres.
Con el tiempo, también nosotros empezamos a necesitar aquella hora.
Durante los primeros meses después de la muerte de mi padre, todo el mundo nos decía que teníamos que seguir adelante.
Sé que lo decían con cariño.
Y tenían razón.
La vida continúa.
Regresas al trabajo.
Pagas cuentas.
Compras comida.
Limpias la casa.
Te ríes de nuevo.
Hay días en los que pasan horas sin que pienses en la persona que perdiste.
Y después ves algo pequeño.
Una taza.
Una camisa.
Una silla.
Y durante un segundo esperas escuchar su voz.
La ausencia funciona así.
Se esconde en objetos ordinarios.
Luna, de una manera extraña, nos dio un lugar concreto para esa ausencia.
A las dos no teníamos que fingir que todo había vuelto a la normalidad.
Íbamos al cementerio.
Nos sentábamos junto a mi padre.
Luna descansaba.
A veces Mariana hablaba.
A veces yo.
Otras tardes no decíamos absolutamente nada.
Una vez llevé un café.
Me senté en el césped y terminé contando en voz alta una discusión absurda que había tenido en el trabajo.
Cuando acabé, me reí.
—Mira lo que me haces hacer, papá. Estoy hablando con una piedra.
Luna levantó la cabeza.
Después volvió a bajarla.
Por primera vez en mucho tiempo, la risa no me hizo sentir culpable.
Había pasado casi un año cuando una vecina conoció finalmente toda la historia.
Había visto salir a Mariana muchas tardes con Luna.
Un día le preguntó adónde iban siempre a la misma hora.
Mi hermana se lo explicó.
La vecina escuchó en silencio.
Después hizo una pregunta con mucho cuidado.
—¿No es difícil ir todos los días?
Mariana tardó unos segundos en responder.
Yo estaba cerca y todavía recuerdo exactamente lo que dijo.
—Ella sigue visitando a papá a las dos. Solo que ahora está en otro lugar.
Nunca encontré una explicación mejor.
Porque eso era todo.
Durante seis meses, a las dos de la tarde, Luna cruzó la puerta de una habitación de hospital y se acostó junto al hombre que había sido su mundo durante ocho años.
Después, durante un día terrible, llegó a la misma habitación y encontró una cama vacía.
Buscó.
Esperó.
Y nosotros comprendimos que no podíamos dejarla esperando para siempre en un lugar donde él ya no iba a volver.
Así que le mostramos el único lugar que nos quedaba.
No sabemos exactamente qué entendió.
Nunca lo sabremos.
Pero dejó de buscarlo.
Y empezó a visitarlo.
Hoy, cuando se acerca la una y media, Luna todavía levanta la cabeza.
Camina hasta la puerta.
Busca su correa.
Nos mira.
Y alguien en la casa termina diciendo siempre lo mismo:
—Sí, Luna. Ya sé.
Entonces salimos.
Subimos al coche.
Tomamos aquella ruta que ya conoce de memoria.
Llegamos al cementerio.
Luna camina hasta la tumba de mi padre.
Da una vuelta.
Se acomoda.
Apoya la cabeza sobre las patas.
Y permanece allí hasta aproximadamente las tres.
Después se levanta.
Regresamos a casa.
Mañana lo hará otra vez.
Porque algunas costumbres nacen de la rutina.
Otras nacen del amor.
Y hay unas pocas que, incluso cuando todo cambia, encuentran simplemente otro camino para continuar.






