Después de un día extraño, por fin íbamos a hacer algo que tenía sentido para ella.
Llegamos al estacionamiento.
Bajó del coche.
Caminó hacia la entrada como siempre.
Algunas personas la reconocieron.
Una mujer detrás del mostrador sonrió al verla.
Pero luego miró nuestras caras.
Su sonrisa desapareció.
Subimos.
Luna tiraba suavemente de la correa.
Conocía el pasillo.
Conocía cada giro.
Llegamos a la habitación que había sido de mi padre durante seis meses.
La puerta estaba abierta.
La cama estaba hecha.
Habían retirado sus cosas.
La manta ya no estaba.
Las fotografías tampoco.
No había vaso.
No había libros.
No había Tomás.
Luna entró.
Fue directo a la cama.
Puso las patas delanteras en el borde.
Esperó.
Nada.
Bajó.
Caminó alrededor.
Empezó a olfatear.
Primero la silla.
Después una esquina.
Luego el baño.
Volvió a la cama.
Nosotros no nos movíamos.
Yo nunca había visto a un animal buscar a alguien de aquella manera.
No era una carrera desesperada.
Era algo metódico.
Como si estuviera comprobando todas las posibilidades.
“Tal vez está aquí.”
“No.”
“Entonces aquí.”
“Tampoco.”
Volvió a la cama una tercera vez.
Esta vez no intentó subir.
Se quedó quieta.
Después se acostó en el suelo, justo al lado.
En el lugar donde habría estado si mi padre siguiera allí.
Apoyó la cabeza sobre las patas.
Y esperó.
Mariana empezó a llorar.
Yo ya estaba llorando.
Elena, la enfermera que había ayudado a organizar las visitas, apareció al final del pasillo.
Alguien le había contado que estábamos allí.
Se acercó a la puerta.
Vio a Luna acostada junto a la cama vacía.
Y se quedó inmóvil.
Después se llevó una mano a la boca.
Había visto muchas despedidas en su trabajo.
Pero aquella escena también pudo con ella.
Pasaron varios minutos.
Luna seguía esperando.
Entonces entendí algo que hasta ese momento no había considerado.
Nosotros sabíamos lo que había ocurrido.
Luna no.
Nosotros teníamos palabras.
Muerte.
Funeral.
Despedida.
Ausencia.
Ella solo tenía rutinas.
Olores.
Lugares.
Horas.
Durante seis meses había aprendido una regla sencilla: a las dos de la tarde, en aquella habitación, estaba Tomás.
Y aquel día la regla había dejado de funcionar.
Desde su perspectiva, quizá mi padre simplemente no había llegado todavía.
Así que hacía lo que había hecho toda su vida cuando esperaba algo conocido.
Esperaba un poco más.
La miré allí y pensé en lo fácil que habría sido repetir aquello al día siguiente.
Y al otro.
Llevarla al hospital cada vez que pidiera su correa.
Dejarla buscar.
Dejarla esperar.
Pero no podíamos hacerlo.
Por mucho amor que hubiera detrás de esa decisión, habría significado mantenerla atrapada en una búsqueda sin respuesta.
Regresamos a casa.
Durante el trayecto, nadie habló.
Luna iba acostada en el asiento trasero.
Ya no estaba emocionada.
Al llegar, bebió agua.
Después volvió a la puerta.
No con la correa.
Solo se acostó cerca.
Esa noche, Mariana dijo algo.
—Tenemos que llevarla con papá.
La miré.
—¿Cómo?
—Cuando termine todo. Tenemos que llevarla al lugar donde esté enterrado.
No respondí inmediatamente.
No sabía si aquello tenía sentido.
No sabía qué podía entender un perro frente a una tumba.
Y tampoco quería inventar respuestas para sentirme mejor.
Pero sí sabía una cosa.
Luna estaba buscando a mi padre.
Y nosotros conocíamos el último lugar al que podíamos llevarla.
El funeral se realizó pocos días después.
Fue sencillo.
Mi padre siempre había pedido algo así.
Nada exagerado.
Nada complicado.
Solo su familia y algunas personas que lo habían acompañado durante muchos años.
Luna no fue.
Preferimos esperar hasta que todo estuviera tranquilo.
Dos días después, a la una y media, ocurrió otra vez.
Luna tomó su correa.
La diferencia era que aquella vez ya sabíamos adónde ir.
La subimos al coche.
Al principio esperó la ruta del hospital.
Cuando tomé una calle diferente, levantó la cabeza.
Me observó desde atrás.
Seguimos conduciendo.
Llegamos al cementerio.
Era un lugar sencillo en las afueras de la ciudad.
Caminamos despacio.
Luna iba olfateando el suelo.
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