No sé si un perro piensa en términos de sacrificio.
No sé si Reina entendía la situación como la entendería una persona.
Pero los hechos estaban ahí.
Había cinco cachorros razonablemente alimentados.
Y una madre que parecía haberse consumido.
Lo que conseguía, de una forma u otra, terminaba en ellos.
El veterinario dijo algo que se me quedó grabado:
—Su cuerpo ha estado alimentándolos a costa de sí mismo.
Yo pensé en el terreno.
En el agua.
En su espalda mojada.
En los cinco cachorros protegidos contra su vientre.
Y sentí una presión en el pecho.
Pero lo que ocurrió después fue todavía peor.
O mejor.
Todavía no sé cómo llamarlo.
Intentamos darle comida.
Muy poca.
El veterinario quería hacerlo con cuidado porque un animal tan debilitado no puede recibir una gran cantidad de golpe.
Pusieron una pequeña porción en un plato.
Reina olió.
No comió.
Esperamos.
Volvieron a acercarle el alimento.
Nada.
Apartaba la cabeza.
Renata y yo nos miramos.
Pensamos que quizá estaba demasiado enferma.
A veces, cuando un animal llega al límite, deja de mostrar interés por la comida.
Eso preocupó al veterinario.
Intentó de nuevo.
Reina seguía sin comer.
Entonces Arturo observó hacia dónde miraba la perra.
Al otro lado de la sala estaban los cachorros.
Los habían puesto en una transportadora limpia.
Habían recibido alimento adicional.
Estaban calientes.
Pero Reina no podía saber eso.
Solo veía que estaban lejos.
Cada vez que el plato se acercaba a su hocico, ella miraba hacia ellos.
El veterinario se quedó pensando.
—Acérquenlos —dijo.
Trajimos a los cinco.
Los pusimos junto a ella.
En cuanto sintió sus cuerpos, Reina cambió.
Empezó a olerlos uno por uno.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Los empujaba suavemente con el hocico.
Comprobaba que se movían.
Uno de ellos intentó mamar.
Otro se acomodó bajo su pata.
Los cachorros habían recibido alimento complementario y estaban tranquilos.
Reina los olió durante un buen rato.
Y después ocurrió.
Giró la cabeza.
Miró el plato.
Se acercó.
Y empezó a comer.
Muy despacio.
Acostada.
Casi sin levantar el cuerpo.
Pero comió.
Renata se llevó una mano a la cara.
Yo salí un momento de la sala.
No porque estuviera mal.
Porque necesitaba aire.
Habíamos puesto comida delante de una perra que se estaba muriendo de hambre.
Y no había querido tocarla hasta comprobar que sus cinco cachorros estaban alimentados y cerca de ella.
Una vez los tuvo junto al cuerpo, seguros, calientes y tranquilos, aceptó comer.
Aquella fue su primera comida real en varios días.
Y aun así parecía necesitar permiso.
No de nosotros.
De ellos.
Como si la regla que había seguido bajo aquel coche todavía siguiera funcionando dentro de su cabeza:
“Ellos primero”.
La recuperación fue lenta.
No se arregló con una comida.
Durante varios días controlaron cuidadosamente cuánto comía.
Su cuerpo necesitaba tiempo.
Los cachorros permanecieron cerca porque separarlos la alteraba demasiado.
Si Reina despertaba y no los veía, intentaba levantarse.
Aunque todavía estuviera débil.
Así que el equipo decidió mantener a la familia junta mientras ella mejoraba.
Poco a poco empezó a cambiar.
Primero comió sin que tuviéramos que acercarle a los cachorros.
Luego comenzó a levantarse con más firmeza.
Después empezó a mover la cola cuando veía entrar a Renata.
Una semana más tarde ya no parecía a punto de romperse al caminar.
Su pelo comenzó a limpiarse.
Debajo de todo aquel barro apareció un pelaje atigrado.
Tenía una mancha blanca en el pecho.
Una oreja se mantenía derecha.
La otra caía un poco hacia un lado.
Con el tiempo recuperó peso.
Las costillas dejaron de marcarse.
Los ojos hundidos volvieron a tener expresión.
Y lo más extraño fue ver cómo su personalidad cambiaba al mismo tiempo.
Bajo el coche, Reina era una guardia.
En la clínica, durante los primeros días, también.
Todo en ella era tensión.
Vigilar.
Contar.
Revisar.
Proteger.
Pero a medida que los cachorros crecieron, algo empezó a aflojarse.
Ellos ya caminaban.
Luego jugaban.
Después mordían mantas, perseguían patas, se empujaban entre sí y se dormían en cualquier posición.
Parecían cinco pequeños desastres con cola.
Reina los observaba.
Ya no con desesperación.
Con calma.
Era como ver a alguien que por fin entendía que no tenía que hacerlo todo sola.
Después de unas semanas, ella y los cachorros pasaron a una casa temporal.
Seguían juntos.
La mujer que los recibió nos mandaba fotos.
En una aparecían los cinco durmiendo alrededor de Reina.
En otra, dos cachorros estaban encima de su espalda.
En otra, Reina dormía sola en una cama, profundamente, como si por fin hubiera descubierto que podía descansar.
Eso me impresionó más de lo que esperaba.
Durante días, tal vez semanas, esa perra había vivido como si dormir profundamente fuera un lujo peligroso.
Como si cerrar los ojos significara dejar de vigilar.
Ahora podía hacerlo.
Porque los pequeños estaban a salvo.
Los cachorros encontraron familia antes que ella.
Era de esperar.
Los cachorros siempre llaman más la atención.
Uno se fue con una pareja con hijos mayores.
Otro con una mujer que vivía con su madre.
Dos fueron adoptados por familias distintas en la misma zona.
El último tardó un poco más.
Cada vez que uno se iba, yo pensaba en Reina.
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