La perra salvó cinco cachorros de la inundación, pero volvió al agua porque sabía que faltaba uno

Mora no apartó los ojos de la ventana.

Daniel me miró.

—Si la detienes y hay otro adentro…

No terminó la frase.

Aflojé las manos.

Mora se fue.

Por sexta vez.

Arturo llevó la lancha lo más cerca posible.

La perra falló dos veces intentando entrar.

Finalmente metió una pata por la ventana y giró el cuerpo de lado.

La lámina le arrancó pelo del hombro.

Desapareció.

El techo se movió.

Una esquina de la bodega comenzó a hundirse.

Salieron flotando una manta roja, un plato de comida y una pequeña linterna de plástico.

Pasaron cuarenta segundos.

La pared se dobló.

Daniel se preparó para saltar.

Entonces Mora apareció.

Llevaba un cachorro gris azulado, parecido a ella, con una línea blanca entre los ojos.

Sus patas traseras ya casi no respondían.

Entró al agua.

Y la bodega se vino abajo.

Láminas y madera cayeron detrás de ella.

La ola cubrió completamente a Mora.

Salté.

La cuerda de seguridad se tensó a mi espalda.

No veía casi nada.

Metí el brazo.

Toqué pelo.

La cabeza de Mora salió primero.

El cachorro seguía en su boca.

Pasé un brazo por debajo de su pecho.

Ella seguía intentando nadar.

Daniel tiró de la cuerda.

Arturo movió la lancha para acercarnos.

Mora luchó contra mi brazo hasta que vio mi otra mano debajo del cachorro.

Entonces dejó de resistirse.

Por primera vez aceptó ayuda.

Subimos juntos.

Daniel recibió al cachorro.

Mora quedó tendida entre seis pequeños cuerpos mojados.

Pero todavía no descansó.

Se levantó.

Sus piernas temblaban tanto que su cuerpo se movía de lado a lado.

Daniel colocó al sexto cachorro junto a los demás.

—Todos respiran.

Mora fue directamente al negro.

Le descubrió la cara con el hocico.

Tocó su nariz.

Después la segunda.

La tercera.

La cuarta.

La quinta.

La sexta.

Volvió al principio.

Repitió el conteo.

Más despacio.

Al llegar al sexto, su cola golpeó una vez el piso de aluminio.

Entonces cayó.

Su temperatura era peligrosamente baja.

Las encías estaban pálidas.

El pulso pasaba de rápido a irregular.

La cubrimos con mantas y acercamos oxígeno a su nariz.

Cada vez que alejábamos a los cachorros, se inquietaba.

Puse al cachorro negro cerca de su cara.

Mora abrió un ojo.

Colocó una pata sobre su toalla.

Su respiración se calmó.

Llegamos a tierra firme poco después.

Varias personas llevaron a los cachorros dentro de una canasta cubierta con toallas.

A Mora tuvimos que cargarla entre cuatro.

La clínica veterinaria no tenía electricidad normal, pero un generador mantenía funcionando el equipo básico.

Examinamos primero a Mora.

Tenía hipotermia, agotamiento, agua en los pulmones, heridas en las patas y una fuerte lesión muscular en una pierna.

Ninguna lesión parecía mortal por sí sola.

Todas juntas casi la habían matado.

Intentamos ponerla en una jaula grande.

Mora empezó a arañar la puerta en cuanto se llevaron a los cachorros.

Cambiamos de idea.

La acostamos en el suelo del área de tratamiento y colocamos a los seis a su lado.

Cinco parecían tener casi dos semanas.

El cachorro negro parecía varios días mayor.

—No es hijo suyo —dijo la veterinaria.

—¿Podría rechazarlo?

Mora estiró una pata y arrastró al cachorro negro hasta su pecho.

La veterinaria sonrió cansada.

—Creo que ese no será el problema.

Horas después pudimos identificar a la perra.

Mora Herrera.

Cuatro años.

Su responsable era Lucía Herrera.

La dirección coincidía con la casa inundada.

No logramos comunicarnos.

Pensamos que tal vez la familia seguía evacuada.

Al mediodía, Mora había recuperado algo de temperatura.

Bebió agua.

Comió un poco.

Los cachorros empezaron a mamar.

Parecía que el rescate había terminado.

Habían entrado seis cachorros en aquella inundación.

Habían salido seis.

La madre estaba viva.

Creíamos que ese número explicaba todo.

Hasta que alguien golpeó la puerta de la clínica.

Era una mujer de unos treinta y cinco años.

Tenía barro seco en la ropa y una venda en una pierna.

A su lado estaba un niño delgado de once años llamado Diego.

Llevaba en la mano media linterna roja de plástico.

—Mi hijo dice que encontraron a Mora —dijo la mujer.

Diego entró antes de que pudiera responder.

Mora escuchó sus pasos.

Levantó la cabeza.

Intentó ponerse de pie.

—No te levantes —dijo el niño.

Mora dejó de intentarlo.

Diego se arrodilló.

La perra apoyó el rostro contra su pecho.

El niño sujetó su cuello y pegó la frente junto a la pequeña cicatriz sobre su ojo.

No habló durante unos segundos.

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