La perra salvó cinco cachorros de la inundación, pero volvió al agua porque sabía que faltaba uno

Después buscó a los cachorros.

Estaban juntos en una caja con mantas.

Diego fue directamente al negro.

Le tocó la nariz.

—Uno.

Después tocó al color arena.

—Dos.

Café con blanco.

—Tres.

Gris y blanco.

—Cuatro.

El claro.

—Cinco.

El gris azulado.

—Seis.

Diego dejó la mano sobre la caja.

—No falta nadie.

Mora soltó el aire y bajó la cabeza.

Nos miramos.

—¿Siempre los cuentas así? —pregunté.

—Por la mañana y por la noche.

—¿Siempre en ese orden?

Diego señaló al cachorro negro.

—Botón va primero porque le cuesta encontrar el lugar caliente.

Lucía se sentó.

Entonces entendimos.

Botón no era hijo biológico de Mora.

Una semana antes, Lucía y Diego habían recibido al cachorro temporalmente después de que una perra sin hogar muriera al tener su camada.

Solo había sobrevivido él.

Era demasiado pequeño para alimentarse solo.

Mora había parido cinco cachorros pocos días antes.

Lucía advirtió a su hijo que quizá no aceptaría a un cachorro con otro olor.

Diego insistió en intentarlo.

Llevaron a Botón a casa dentro de una caja.

Mora lo olió durante casi un minuto.

Después revisó a sus cinco cachorros.

Volvió con Botón.

Lo agarró con cuidado.

Y lo colocó justo en medio de su propia camada.

Desde aquella noche, Diego empezó a contar seis.

Botón siempre iba primero.

Se alejaba buscando espacio, se enfriaba y luego no tenía fuerza suficiente para regresar al centro.

Diego le tocaba la nariz, lo acercaba a Mora y después contaba a los otros cinco.

Mora observaba.

Cada mañana.

Cada noche.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Diego nunca le enseñó una orden.

Nunca le enseñó números.

Mora aprendió otra cosa.

Seis narices significaban que ningún cachorro estaba perdido.

Seis significaban que Diego dejaba de buscar.

Seis significaban que todos podían descansar.

Y dentro de nuestra lancha, Mora había hecho exactamente lo mismo.

Por eso había salvado primero a Botón.

No porque fuera suyo.

Sino porque era el que más ayuda necesitaba.

Lucía también nos explicó qué había pasado aquella madrugada.

El agua entró en la casa mientras dormían.

El piso comenzó a moverse.

Lucía sacó a Diego por una ventana.

Intentó llegar a la bodega donde estaban Mora y los cachorros, pero la corriente la derribó.

Un vecino consiguió sacar a madre e hijo en una pequeña embarcación.

No pudieron acercarse a la bodega por la misma cerca sumergida que nos había detenido a nosotros.

Diego gritó el nombre de Mora mientras se alejaban.

Después trasladaron a Lucía para atenderle una herida.

Había perdido el teléfono y casi todas sus pertenencias.

Por eso no pudimos comunicarnos.

La pequeña cuenta amarilla del collar también tenía una explicación.

Pertenecía a una pulsera que Diego utilizaba para contar.

Mora había mordido el cordón semanas antes y una cuenta se soltó.

Diego la ató a su collar.

Durante los conteos, movía una cuenta por cada cachorro.

Mora conocía aquel ritual.

Comprendimos entonces que los viajes tampoco habían sido al azar.

Botón dormía cerca del borde.

Era el primero en enfriarse.

El cachorro gris azulado solía dormir en el rincón más protegido, junto al cuerpo de Mora.

Por eso salió último.

Mora había vaciado el nido desde la parte más expuesta hacia la más segura.

Y había cambiado de camino cada vez que la corriente bloqueaba la ruta anterior.

No se limitó a nadar seis veces por instinto.

Observó.

Esperó.

Buscó pasos diferentes.

Comprobó cada cachorro después de entregarlo.

Y solo se permitió caer cuando encontró seis narices.

Durante los días siguientes, Diego visitó a Mora por la mañana y por la tarde.

Siempre hacía lo mismo.

Empezaba por Botón.

Uno.

Después continuaba.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Mora seguía su mano.

A veces intentaba adelantarse y tocaba la siguiente nariz antes que Diego.

El niño se reía.

—Sin saltarse ninguno.

Mora esperaba.

Y empezaban otra vez.

Varios días después, Botón dejó de comer.

Giraba la cabeza cuando intentábamos alimentarlo.

También empezó a respirar de manera extraña.

Había aspirado agua durante la inundación y sus pulmones estaban afectados.

Tuvimos que mantenerlo separado temporalmente.

Mora se acostó frente a la puerta.

Detrás de ella estaban sus cinco cachorros biológicos.

Mora no se movió.

Mantuvo la nariz pegada a la parte inferior de la puerta.

Esa noche la respiración de Botón empeoró.

Permitimos que Mora entrara.

Caminó hasta él, se acostó al lado de la manta y rodeó al cachorro con su cuerpo.

Botón avanzó lentamente.

Apoyó la cara sobre la mancha blanca del pecho de Mora.

Ella permaneció inmóvil.

A la mañana siguiente, Botón había mejorado un poco.

Cuando Diego llegó, tocó su nariz.

—Uno.

Botón abrió la boca y mordisqueó débilmente su dedo.

Diego se quedó congelado.

Después sonrió.

Y continuó.

—Dos.

Botón se recuperó poco a poco.

Los otros cinco cachorros crecieron fuertes y fueron adoptados por familias de la zona cuando llegó el momento.

Una vecina mayor se quedó con la cachorra gris y blanca.

Botón permaneció con Mora.

Lucía no estaba segura de poder hacerse cargo de dos perros.

Diego no discutió.

Solo acarició a Botón y se fue a casa en silencio.

Al día siguiente apareció un sobre debajo de la puerta de la clínica.

Dentro había apoyo suficiente para cubrir durante un tiempo el alimento y los cuidados básicos del cachorro.

No había nombre.

Solo una frase escrita a mano:

El primero que ella salvó no debería ser el primero que pierda.

Nunca supimos quién lo dejó.

Lucía se llevó a Botón.

Cuando Mora llegó a la vivienda temporal donde estaban alojados, entró primero.

Revisó la cocina.

El dormitorio.

El baño.

El pequeño espacio debajo de la cama de Diego.

Después volvió a la entrada.

Se quedó allí.

Esperó hasta que Diego apareció con Botón en brazos.

Mora le tocó la nariz.

Solo entonces se acostó.

Un año después, la familia pudo mudarse a una pequeña casa en una zona más alta.

Mora eligió un lugar cerca de la puerta.

Desde allí podía ver la entrada y escuchar cuando Diego regresaba de la escuela.

Botón creció.

Se convirtió en un perro negro de patas largas y pecho estrecho.

Seguía durmiendo con una pata encima de la cola de Mora.

No era un buen nadador.

Diego, en cambio, aprendió a manejarse con seguridad cerca del agua.

Con el tiempo comenzó a ayudar a preparar kits sencillos para emergencias con toallas, correas, recipientes, mantas y material para mantener calientes a animales pequeños.

Diego siempre colocaba también una pulsera amarilla con seis cuentas.

—Algunas camadas tienen más de seis —le dije una vez.

—Ya sé.

Levantó la pulsera.

—Seis es para recordar.

Mora dormía debajo de la mesa mientras él preparaba las cosas.

Botón robaba alguna toalla y se la llevaba.

Al cumplirse un año de la inundación, varias de las familias que habían adoptado a los cachorros se reunieron con Lucía y Diego cerca del lugar donde antes estaba la vivienda.

La bodega había desaparecido.

Solo quedaban algunas marcas del terreno.

Diego llevó a Mora y a Botón sujetos con correas largas.

Mora se detuvo cerca del agua.

Abrió las patas sobre la tierra.

Observó la corriente.

Botón intentó avanzar.

Mora puso el hombro delante de él.

Diego se agachó.

—No pasa nada. Hoy nadie tiene que nadar.

Poco a poco fueron llegando los otros perros.

La cachorra color arena.

El café con blanco.

La gris y blanca.

El claro.

Y el gris azulado con aquella línea blanca entre los ojos.

Ya no eran pequeñas bolas que cabían dentro de una toalla.

Mora se levantó cuando los vio.

Los cinco se acercaron.

Botón permaneció junto a su hombro.

Diego se arrodilló.

Empezó por él.

—Uno.

Color arena.

—Dos.

Café con blanco.

—Tres.

Gris y blanco.

—Cuatro.

El claro.

—Cinco.

Gris azulado.

—Seis.

Mora siguió la mano del niño.

Tocó una nariz.

Luego otra.

Después otra.

Cuando terminó, regresó hasta Botón.

Apoyó el hocico sobre su cabeza.

Nadie preguntó si recordaba aquella inundación.

No hacía falta.

Todavía hoy, cada tarde, Mora deja su lugar junto a la puerta y recorre la casa.

Mira el cuarto de Diego.

Busca la silla de Lucía.

Revisa la manta de Botón.

Se asoma debajo de la mesa.

Si todos están en casa, vuelve a su lugar.

Botón se acuesta junto a ella.

Antes de apagar la luz, Diego toca primero la nariz negra de Botón.

Después toca la de Mora.

Ella cierra los ojos.

Porque hace mucho que ya no necesita ver seis cachorros para entenderlo.

Solo necesita comprobar una cosa.

Que su familia está completa.

Que nadie quedó atrás.

Que no falta nadie.

Scroll al inicio