—Por lo menos hice algo.
Ricardo lo miró fijamente.
—La compasión no siempre ayuda. A veces solo hace que quien la recibe se sienta más pequeño.
Alejandro recordó las palabras de Valeria.
Por primera vez aquella noche, no tuvo respuesta.
Valeria llegó a casa agotada.
Encontró a Rosa dormida en el sofá, todavía con la ropa de trabajo.
Le cubrió las piernas con una manta.
Desde la habitación del fondo escuchó la voz de su abuelo.
—¿Valeria?
Ernesto Mendoza estaba sentado en su silla de ruedas.
Había sido un hombre fuerte durante toda su vida. Una lesión muchos años atrás había cambiado su cuerpo, pero no su carácter.
—¿Cómo fue la cita?
Valeria intentó sonreír.
No pudo.
Le contó todo.
Los mensajes.
La fotografía.
Los 80 pesos.
El mesero.
Alejandro.
Ricardo.
La discusión.
Cuando terminó, estaba llorando.
Ernesto no la consoló con lástima.
—¿Les dijiste a qué se dedica tu madre?
—Sí.
—¿Lo escondiste?
—No.
—Bien.
Valeria levantó la mirada.
—¿Bien?
—Nunca te avergüences de la mujer que mantiene esta casa trabajando con sus propias manos.
Después señaló las lágrimas.
—Aquí puedes llorar. Aquí estás en casa. Pero el lunes vas a regresar a esa escuela.
Valeria negó con la cabeza.
—Todos lo sabrán.
—Perfecto.
—Abuelo…
—Que lo sepan.
Ernesto acercó la silla.
—Vas a entrar, vas a mirar al frente y vas a recordar algo: tener dinero no vuelve grande a una persona, igual que no tenerlo no vuelve pequeña a otra.
El lunes, en cuanto Valeria cruzó la entrada de la preparatoria, las conversaciones disminuyeron.
Camila estaba esperando.
Diego estaba con ella.
—Valeria —dijo Camila con una sonrisa—. ¿Cómo fue la cena?
Algunos rieron.
Valeria se detuvo.
—Fue educativa.
La sonrisa de Camila desapareció.
—¿Qué?
—Aprendí algo sobre ustedes.
Valeria miró primero a Camila y después a Diego.
—Aprendí de qué están hechos.
Hizo una pausa.
—Y no es gran cosa.
Pasó junto a ellos.
Nadie rió.
Alejandro había visto todo desde el pasillo.
Podía haber intervenido.
No lo hizo.
Esta vez dejó que Valeria ganara sola.
Después caminó hacia Diego y Camila.
—Lo que hicieron fue cruel.
Camila soltó una risa incómoda.
—Solo fue una broma.
—No.
Alejandro miró a Diego.
—Fue cobarde.
Diego se puso rojo.
—¿Qué dijiste?
—Que fue cobarde hacerle eso a alguien que nunca les hizo nada.
Alejandro siguió caminando.
Valeria había escuchado cada palabra.
Y, aunque todavía estaba enfadada con él, notó una diferencia.
No había intentado hablar por ella.
Había esperado hasta que ella terminara.
Durante los días siguientes, algunas personas continuaron molestándola.
En el comedor, una estudiante dejó caer una bandeja cerca de Valeria de manera demasiado perfecta para ser accidental.
Alejandro terminó con salsa en la camisa al ponerse en medio.
—¿Qué haces? —susurró Valeria.
Él se sentó frente a ella.
—Comer.
—No tienes comida.
—Entonces observaré.
Valeria intentó no sonreír.
—Sigues empeorándolo.
—Probablemente.
La situación cambió cuando la dirección llamó a Valeria.
Pensó que había perdido la beca.
Pero ocurrió lo contrario.
Ricardo Salazar había telefoneado.
Había exigido que terminaran las burlas.
No porque de pronto apreciara a Valeria, según explicó el director, sino porque no quería más conflictos alrededor de su hijo ni problemas dentro de la escuela.
Valeria salió del despacho sintiéndose extrañamente peor.
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