Una perra colgaba de un árbol tras la inundación, pero lo que llevaba dentro cambió a cinco motociclistas
Solo una pata cubierta de lodo se movía dentro de aquella red de pesca. Cuando el motociclista la cortó, descubrió algo inesperado.
La perra colgaba varios metros sobre el suelo, atrapada entre las ramas de un árbol donde el agua la había dejado después de retirarse.
A su alrededor había restos de todo tipo: bolsas de plástico en las ramas más altas, una silla atorada contra el tronco y pedazos de madera cubiertos de barro.
Pero Ramiro Mendoza solo miraba a la perra.
Era una mestiza de pitbull, atigrada, con el pecho blanco y una pequeña cicatriz sobre el hocico. El lodo cubría prácticamente todo su cuerpo.
Las cuerdas de la red rodeaban sus patas, el pecho y el abdomen.
Ya casi no podía moverse.
—Sujeten bien la cuerda —dijo Ramiro.
Los otros motociclistas levantaron la mirada.
Eran doce hombres y mujeres que habían llegado a una zona rural de Tabasco para llevar agua, comida, ropa limpia y productos básicos a varias familias afectadas por una fuerte inundación.
Ramiro tenía 57 años y había trabajado durante décadas reparando líneas eléctricas y subiendo postes.
Sabía trepar.
Lo que no sabía era cuánto tiempo llevaba aquella perra colgando allí.
Se amarró una cuerda a la cintura y comenzó a subir.
—Despacio —gritó Luis Ortega desde abajo.
Ramiro avanzó hasta la rama.
La perra abrió los ojos.
No gruñó.
No intentó morderlo.
Aquello preocupó más a Ramiro que cualquier reacción agresiva.
Un animal con fuerzas normalmente intenta defenderse.
Ella apenas podía mantener la cabeza levantada.
—Tranquila, bonita —murmuró mientras acercaba una mano—. Ya te vamos a bajar.
Comenzó a cortar la red.
Cada movimiento tenía que ser lento. Si cortaba demasiado rápido, la perra podía caer.
Ramiro pasó un brazo por debajo de su cuerpo y retiró una última cuerda.
La perra cayó contra su pecho.
Entonces sintió algo.
Su abdomen se contrajo.
Ramiro dejó de moverse.
Esperó unos segundos.
Otra contracción.
—Luis…
—¿Qué pasa?
Ramiro volvió a colocar la mano sobre el vientre de la perra.
Sintió varios movimientos.
—Está embarazada.
Nadie respondió durante un instante.
Después escucharon a Luis gritar:
—¡Bájenlos ya!
Entre varios hombres tensaron la cuerda mientras Ramiro descendía abrazado a la perra.
Cuando sus botas tocaron el suelo, intentaron ayudarla a ponerse de pie.
Ella dio un paso.
Después otro.
Giró sobre sí misma y cayó sobre la chamarra de cuero que Ramiro acababa de quitarse.
Su respiración cambió.
Ramiro la miró.
—Creo que no solo está embarazada.
Luis entendió inmediatamente.
—¿Ya?
Ramiro asintió.
—Ya.
La clínica veterinaria más cercana que seguía atendiendo estaba al otro lado de una carretera parcialmente dañada.
No podían perder tiempo.
Subieron a la perra en la camioneta que utilizaban para transportar suministros. Ramiro puso su chamarra debajo de ella y Luis llamó por teléfono a una veterinaria.
Todavía no habían recorrido mucho cuando llegó la primera contracción fuerte.
La perra estiró las patas traseras y apoyó la cabeza contra la pierna de Ramiro.
Minutos después nació el primer cachorro.
Era diminuto.
Estaba mojado.
Y no se movía.
—No respira —dijo Ramiro.
Al teléfono, la veterinaria les explicó qué debían hacer.
Retirar con cuidado la membrana de su cara.
Limpiar nariz y boca.
Frotarlo suavemente con una toalla limpia.
Mantenerlo caliente.
Ramiro obedeció.
Diez segundos.
Nada.
Veinte segundos.
Nada.
La madre levantó la cabeza.
Miraba al cachorro.
Luis se arrodilló junto a Ramiro dentro de la camioneta.
—Vamos, pequeño.
Ramiro siguió frotándolo.
Entonces el pecho del cachorro se movió.
Una vez.
Después otra.
Y soltó un sonido débil.
La madre estiró el hocico y lo tocó con la nariz.
Ninguno de los motociclistas dijo nada.
No hacía falta.
Llegaron poco después al pequeño taller donde el grupo acostumbraba reunirse.
Ese día dejó de parecer un taller.
Sacaron herramientas.
Movieron piezas.
Cubrieron una mesa baja con lonas limpias.
Calentaron toallas.
Colocaron agua junto a la madre.
Las chamarras de cuero terminaron convertidas en mantas.
El segundo cachorro nació poco después.
El tercero llegó catorce minutos más tarde.
El cuarto venía en una posición complicada y tuvieron que seguir las instrucciones de la veterinaria mediante una videollamada.
La madre gruñó cuando una mano se acercó demasiado rápido.
Ramiro sonrió.
—Eso está mejor. Ya tienes fuerzas para protestar.
El cuarto cachorro comenzó a respirar.
Entonces llegó el quinto.
Era el más pequeño de todos.
Luis lo sostuvo entre sus manos.
Durante casi un minuto no hizo ningún sonido.
Luis llevaba más de treinta años trabajando como mecánico. Podía desmontar una transmisión prácticamente con los ojos cerrados.
Pero allí estaba, con las manos temblando, sosteniendo algo que pesaba menos que algunas de sus herramientas.
—Vamos, campeón —susurró.
Una pata diminuta se movió.
Después llegó el llanto.
Cinco cachorros.
Cinco vivos.
La madre permaneció despierta hasta que todos estuvieron acomodados junto a su cuerpo.
Solo entonces cerró los ojos.
Mientras la limpiaban, encontraron un collar debajo del lodo.
Ramiro lo lavó con un poco de agua.
Había una placa.
CANELA.
También aparecía una dirección y un número de teléfono.
El número ya no funcionaba.
La dirección pertenecía a una colonia donde muchas viviendas habían quedado seriamente dañadas.
Un empleado de emergencias consiguió localizar a la familia.
Estaban alojados temporalmente en el gimnasio de una escuela junto con decenas de personas evacuadas.
Y habían reportado una perra desaparecida.
Canela.
Ramiro y Luis fueron hasta allí llevando el collar.
Una mujer llamada Adriana reconoció la placa antes de que ellos llegaran a decir una palabra.
Se levantó de golpe.
—¿De dónde sacaron eso?
Su esposo, Martín, se acercó.
Ramiro sostuvo el collar entre las manos.
—La encontramos cerca del río.
Adriana palideció.
—¿Está…?
Ramiro no la hizo esperar.
—Está viva.
Dos niños que estaban cerca escucharon la respuesta.
Sofía, de ocho años, corrió hacia él.
—¿Canela está viva?
—Sí.
—¿Dónde está?
—Con unos amigos. Está descansando.
La niña miró el collar.
—¿Entonces por qué no lo tiene puesto?
Ramiro les explicó lo ocurrido.
El árbol.
La red.
El rescate.
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