Ahora nadie la molestaba.
Tampoco se acercaban.
Ricardo la había colocado dentro de una burbuja.
Segura.
Pero aislada.
Entonces apareció un nuevo problema.
El profesor de historia anunció el proyecto final.
Sería casi la mitad de la calificación.
Y él elegiría las parejas.
—Valeria Mendoza con Alejandro Salazar.
Los dos se miraron.
—Esto tiene que ser una broma —murmuró ella.
—Nuestro profesor se cree muy inteligente —respondió Alejandro.
No podían trabajar en casa de él.
Ricardo no lo permitiría.
Valeria tampoco quería llevar a Alejandro a su pequeño apartamento.
Así que quedaron en una biblioteca pública.
Al principio hablaron únicamente del trabajo.
El tema era la desigualdad social y las oportunidades.
Valeria propuso estudiar a las personas que sostenían silenciosamente la vida de las familias con dinero.
—Gente como mi madre —explicó—. Personas que limpian, cocinan, conducen, cuidan niños, cargan cosas. Todo el mundo las ve, pero casi nadie las mira.
Alejandro asintió.
—Podríamos llamarlo el motor invisible.
Después mostró sus propias notas.
Su parte trataba sobre las expectativas que acompañaban a las familias poderosas.
—¿Estás diciendo que ser rico también es un problema? —preguntó Valeria.
—No como tus problemas.
Alejandro fue claro.
—No quiero fingir eso. Pero mi vida está decidida desde antes de que pudiera opinar. Qué estudiar. Dónde estudiar. Qué negocio dirigir. Qué tipo de persona debo ser.
Valeria pensó en Ricardo.
—Una jaula bonita.
—Exactamente.
Por primera vez se miraron sin ver etiquetas.
Ni la hija de la trabajadora doméstica.
Ni el hijo del millonario.
Solo dos jóvenes intentando entender vidas que no habían elegido.
Trabajaron durante horas.
Necesitaban un libro difícil de conseguir.
Alejandro sabía dónde había uno.
En el estudio privado de su padre.
Al día siguiente apareció en el edificio de Valeria con el libro bajo el brazo.
Ella bajó rápidamente.
—Dámelo y vete.
—Encantado de verte también.
Entonces se abrió el viejo ascensor.
Ernesto salió en su silla.
Miró a Alejandro durante diez segundos que parecieron diez minutos.
—Salazar.
Alejandro se enderezó.
—Señor.
—Conocí a tu abuelo hace muchos años. Era un hombre duro, pero justo.
Alejandro asintió.
Ernesto señaló el libro.
—¿Eso es para el proyecto?
—Sí, señor.
—¿Tú eres el muchacho del restaurante?
Silencio.
—Sí.
—¿Y el de la bandeja?
Valeria cerró los ojos.
—Abuelo…
Ernesto ignoró la protesta.
—¿Por qué lo hiciste?
Alejandro pensó antes de responder.
—Porque lo que estaban haciendo estaba mal.
Ernesto lo observó.
—Te enfrentaste a tus amigos.
—No son mis amigos si se comportan así.
Por primera vez, el abuelo sonrió ligeramente.
Tomó el libro y se lo entregó a Valeria.
—Haz un buen trabajo con este muchacho.
Después miró a Alejandro.
—Gracias por traerlo.
Alejandro soltó el aire cuando el anciano se alejó.
—Creo que acabo de presentar un examen.
Valeria sonrió.
—Y casi repruebas.
El día de la exposición, Ricardo Salazar estaba sentado al fondo del aula.
Alejandro no sabía que iría.
Valeria sintió que las piernas le temblaban.
Pero comenzó.
Habló del motor invisible.
De personas como Rosa.
No pidió compasión.
Presentó datos, ejemplos y horas de trabajo.
Explicó que muchas comodidades dependen de personas cuyos nombres rara vez aparecen en ningún sitio.
Después habló Alejandro.
Su tema era la jaula.
Explicó cómo un apellido poderoso podía convertirse en una obligación permanente.
Miró al fondo.
Ricardo permanecía inmóvil.
—Nuestro error —dijo Alejandro— es pensar que estos dos mundos están separados.
Señaló el trabajo de Valeria.
—En realidad se sostienen mutuamente.
Valeria dijo la última frase:
—La pregunta no es quién tiene una vida más difícil. La pregunta es qué hacemos cuando dejamos de mirar a los demás como categorías.
El aula quedó en silencio.
Después el profesor comenzó a aplaudir.
Los demás lo siguieron.
Ricardo no aplaudió.
Se levantó.
Miró a su hijo.
Luego a Valeria.
Hizo un pequeño gesto con la cabeza y salió.
Obtuvieron la máxima calificación.
Pasaron varias semanas.
La historia de la cita falsa dejó de ser el centro de atención.
Valeria volvió a ser simplemente Valeria: la estudiante tranquila de la beca que sacaba buenas notas.
Era exactamente lo que quería.
Hasta que recibió un mensaje de Alejandro.
—Casa del Puerto. Siete de la tarde.
Valeria sintió un vuelco en el estómago.
Era el mismo restaurante.
Respondió:
—No.
—¿Por qué?
—Porque no soy una broma, Salazar. Ni un proyecto.
La respuesta llegó inmediatamente.
—Lo sé.
Otro mensaje.
—Solo quiero cenar contigo.
Valeria estuvo varios minutos mirando la pantalla.
Finalmente escribió:
—Voy. Pero pago lo mío.
Alejandro respondió:
—Perfecto.
Cuando llegó, la guiaron hasta la misma mesa pequeña de aquella primera noche.
Alejandro estaba allí.
Sin chaqueta cara.
Sin su padre.
Sin socios.
Sobre la mesa había dos refrescos de cola y una cesta grande de papas fritas.
Valeria miró la comida.
Después lo miró a él.
—¿Qué es esto?
Alejandro estaba nervioso.
—Nuestra cena.
—Dijiste que pagaríamos cada uno lo suyo.
—Sí.
Empujó la cesta hacia el centro.
—Pedí exactamente ochenta pesos en comida para compartir.
Valeria se quedó inmóvil.
Después entendió.
Abrió el bolso.
Todavía conservaba aquellos cuatro billetes de veinte pesos de la noche de la broma.
Los había guardado.
Los puso sobre la mesa.
—Entonces invito yo.
Alejandro sonrió.
—Trato hecho.
Valeria tomó una papa.
Él levantó su refresco.
—Por la máxima calificación.
Ella chocó la botella contra la suya.
—Por la máxima calificación.
Comieron en aquella pequeña mesa del restaurante donde semanas antes Valeria había deseado desaparecer.
Esta vez nadie estaba rescatando a nadie.
Nadie era un proyecto.
Nadie estaba allí por lástima.
Solo eran Valeria y Alejandro.
Dos personas que habían comenzado aquella historia desde extremos completamente distintos.
Y, por primera vez, estaban sentados en la misma mesa porque ambos habían elegido estar allí.






