Mi perro casi no sabía nadar, pero hizo lo imposible para sacarme vivo de aquel lago

Lo coloqué a una altura cómoda.

Añadí una pequeña rampa para facilitarle la entrada.

Cuando terminé, lo miré y me reí solo.

Aquello parecía un trono.

Y pensé que estaba bien.

Capitán se lo había ganado.

El primer día que volvimos al lago, yo estaba más nervioso que él.

No sabía cómo reaccionaría.

Tal vez tendría miedo.

Tal vez recordaría el accidente.

Tal vez no querría acercarse.

Me equivoqué.

En cuanto vio la embarcación, comenzó a mover la cola.

Despacio al principio.

Después con toda la parte trasera del cuerpo.

Subió con mi ayuda.

Olfateó cada esquina.

Y cuando vio aquel asiento delantero, se acomodó exactamente como lo hacía en nuestra vieja lancha.

Mirando hacia adelante.

Como siempre.

Encendí el motor.

Nos alejamos poco a poco.

No llevábamos cañas.

No llevábamos carnada.

No llevábamos una hielera para guardar pescado.

No íbamos a pescar.

Solo íbamos a dar una vuelta.

Capitán levantó la cabeza.

Sus orejas se movían con el aire.

Miraba un lado.

Después el otro.

De vez en cuando giraba la cabeza para comprobar que yo seguía detrás.

Y durante aquella primera vuelta entendí algo.

Nunca había necesitado realmente los peces.

Pensaba que sí.

Durante años había dicho que mi gran afición era pescar.

Pero sentado allí, viendo a Capitán en su asiento, me di cuenta de que lo que realmente me gustaba era aquello.

Salir.

Estar lejos de las obligaciones.

Compartir unas horas con alguien que no necesitaba conversación.

Antes, mientras pescaba, Capitán me acompañaba.

Ahora era al revés.

Yo lo acompañaba a él.

Y me gustaba mucho más.

Desde entonces convertimos aquello en nuestra nueva costumbre.

Cada fin de semana que podemos, vamos al lago.

Subo a Capitán con cuidado.

Él ocupa su asiento.

Yo enciendo el motor.

Y damos vueltas.

Nada más.

Algunas personas nos miran con curiosidad.

Ven una embarcación preparada para pasar horas en el lago.

Ven a un hombre que claramente sabe pescar.

Ven un perro sentado adelante.

Pero no ven cañas.

No ven anzuelos.

No ven redes.

Solo nos ven pasar.

Al principio alguno preguntaba:

—¿No hubo suerte hoy?

Yo respondía:

—No estamos pescando.

—Entonces, ¿qué hacen?

—Paseando.

Después la historia empezó a correr entre la gente de la zona.

En los lugares pequeños las historias viajan rápido.

Alguien conocía a una de las personas que me había ayudado.

Otro había escuchado hablar del perro que sacó a un hombre del agua.

Otro sabía que Capitán se había lesionado.

Poco a poco dejaron de preguntarnos por los peces.

Ahora algunas personas simplemente levantan la mano cuando pasamos.

Otras se acercan cuando estamos junto al embarcadero.

—¿Él es Capitán?

Yo sonrío.

—Él es.

Entonces ocurre algo que siempre me parece extraño y bonito.

Le hablan.

A él.

No a mí.

—Buen perro.

—Eres un campeón.

—Cuida a Jorge.

Capitán acepta todo aquello con una tranquilidad que me hace reír.

Se deja acariciar.

Observa a la gente.

Después vuelve a mirar la embarcación como si quisiera decirme que ya hemos perdido suficiente tiempo hablando.

Su hombro nunca volvió a ser el mismo.

Tiene una pequeña cojera.

Algunos días casi no se nota.

Otros sí.

Con los años se ha hecho más evidente.

Ahora Capitán también es mayor.

Ya no sube solo.

Yo coloco una mano bajo su pecho y otra cerca de las patas traseras y lo ayudo.

Él permite que lo haga, aunque conserva esa dignidad de perro orgulloso que parece decir que, en realidad, no necesitaba ayuda.

Luego se acomoda en su asiento.

Su trono.

Y salimos.

Hay veces que observo el agua y pienso en aquel día.

Yo no tengo recuerdos del rescate.

Eso es lo más extraño.

La historia más importante de mi vida ocurrió mientras yo estaba inconsciente.

No vi a Capitán lanzarse.

No sentí cuando agarró mi chamarra.

No escuché su respiración.

No vi cuánto luchó.

No estaba consciente cuando llegó conmigo hasta la orilla.

Nunca podré recordar el momento en que mi perro me salvó.

Solo puedo mirar las consecuencias.

Estoy aquí.

Ese es un resultado.

Y Capitán camina con una pequeña cojera.

Ese es el otro.

A veces lo observo caminar delante de mí y siento una mezcla difícil de explicar.

Una parte de mí quisiera borrar aquella lesión.

Por supuesto que sí.

Daría lo que fuera por devolverle un hombro completamente sano.

Pero al mismo tiempo, cada vez que veo esa forma particular de caminar, recuerdo por qué existe.

No es simplemente una lesión.

Es la marca que dejó aquel día.

La prueba silenciosa de algo que Capitán hizo cuando nadie podía ordenárselo, premiarlo ni convencerlo.

Yo estaba inconsciente.

No podía llamarlo.

No podía prometerle comida.

No podía animarlo.

No podía decir:

“Ven por mí.”

Él simplemente me vio en el agua.

Y fue.

Durante años escuché conversaciones sobre lo que sienten los perros.

Hay personas que dicen que es cariño.

Otras dicen que es costumbre.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio