O apego.
O instinto.
Yo no discuto con nadie.
No necesito hacerlo.
Solo sé lo que hizo Capitán.
Un perro que apenas nadaba entró al agua cuando podía haber buscado la orilla solo.
Encontró a un hombre mucho más pesado que él.
Lo sostuvo.
Y siguió avanzando hasta donde pudo.
Tal vez no entendía la palabra sacrificio.
Probablemente tampoco entendía que podía dañarse el hombro.
No sabía cuánto faltaba.
No sabía si alguien nos encontraría.
Solo sabía una cosa.
Yo estaba allí.
Y él no iba a dejarme.
Hay noches en las que pienso en eso y siento un nudo en la garganta.
Porque los seres humanos calculamos muchas cosas.
Pensamos cuánto costará.
Cuánto esfuerzo requerirá.
Qué obtendremos después.
Qué perderemos.
Capitán no hizo ninguna cuenta.
Me vio.
Fue por mí.
Eso fue todo.
Por eso cuando vendí mi vieja lancha nunca lo consideré realmente un sacrificio.
Tampoco considero un sacrificio haber dejado la pesca.
Mucho menos haber comprado otra embarcación y haberla adaptado para él.
Capitán puso su cuerpo entre el lago y mi vida.
Yo simplemente reorganizé unas cuantas costumbres.
No hay comparación.
A veces alguien me pregunta:
—¿Nunca has pensado en volver a pescar?
Sí lo he pensado.
Pero no porque lo extrañe.
Lo pienso porque me sorprende no extrañarlo.
Pesqué prácticamente toda mi vida.
Durante años creí que aquellas horas eran importantes por los peces.
Ahora salgo al mismo lago y no atrapo absolutamente nada.
Y regreso más contento.
Capitán va adelante.
Yo voy detrás.
Damos vueltas sin un destino concreto.
A veces recorremos una parte del lago.
A veces simplemente avanzamos despacio y regresamos.
No necesitamos hacer nada.
Ese es el punto.
Antes la pesca era la razón para subir a la lancha.
Ahora Capitán es la razón.
Y cuando uno entiende eso, todo cambia.
A veces me pregunto qué habría ocurrido si él no hubiera estado conmigo aquella mañana.
Intento no pensarlo demasiado.
La respuesta es bastante sencilla.
Probablemente yo no estaría contando esta historia.
Pero también pienso en la otra posibilidad.
¿Qué habría pasado si Capitán hubiese decidido que era demasiado difícil?
Después de diez metros.
Después de veinte.
Después de cincuenta.
¿Qué habría ocurrido si hubiera soltado mi chamarra cuando empezó a dolerle el hombro?
Nadie podría haberlo culpado.
Era un perro pequeño comparado conmigo.
No era buen nadador.
Estaba agotado.
Su cuerpo estaba sufriendo.
Y aun así siguió.
Hay cosas que uno nunca puede pagar.
Una vida es una de ellas.
Yo no puedo sentarme frente a Capitán y explicarle:
“Te debo estar aquí.”
Él no entendería esas palabras.
Pero entiende otras cosas.
Entiende cuando saco las llaves.
Entiende cuando preparo su rampa.
Entiende cuando lo ayudo a subir.
Entiende cuando señalo su asiento.
Entiende cuando encendemos el motor.
Entiende que vamos juntos.
Tal vez ese sea mi modo de decir gracias.
No con palabras.
Con fines de semana.
Con paseos.
Con un asiento cómodo.
Con paciencia cuando tarda más en caminar.
Con una mano bajo su pecho cuando necesita subir.
Con una vida organizada para que él siga disfrutando de aquello que casi perdió intentando salvarme.
Hace poco una persona me dijo algo mientras veía a Capitán sentado adelante.
—Ese perro vive como un rey.
Miré a Capitán.
Estaba sentado muy derecho, observando el lago como si realmente le perteneciera.
Y respondí:
—Se lo ganó.
No conté toda la historia.
No hacía falta.
Capitán conoce el lago mejor que muchas personas que van allí cada semana.
Conoce el sonido del motor.
Conoce el lugar donde se sienta.
Conoce el camino desde mi casa.
Y todavía se emociona cuando entiende adónde vamos.
Nunca volvió a nadar.
No pienso pedirle que lo haga.
Ya nadó suficiente para toda una vida.
La última vez que salimos, se acomodó en su asiento y apoyó una pata ligeramente hacia un lado para no cargar demasiado el hombro.
Yo lo observé durante un momento.
Vi el pelo gris que empieza a aparecer alrededor de su hocico.
Vi esa pequeña cojera que se ha convertido en parte de él.
Y pensé en el perro joven y fuerte que una vez se lanzó detrás de mí.
Después miré mis propias manos.
También están más viejas.
Más lentas.
Los dos hemos cambiado.
Pero seguimos haciendo lo mismo.
Él adelante.
Yo detrás.
Solo que ahora conozco el verdadero significado de esa imagen.
Antes decía que Capitán era mi compañero de pesca.
Ya no lo digo.
No pescamos.
Ahora simplemente digo que es mi compañero.
Y creo que esa palabra le queda mejor.
Hay gente que pasa media vida esperando algo extraordinario.
Yo aprendí que a veces lo extraordinario duerme junto a tu puerta, come del mismo plato todos los días y te sigue por la casa sin hacer ruido.
Hasta que llega un momento en que todo depende de él.
Capitán apenas sabía nadar.
Pero cuando mi vida quedó flotando en medio de aquel lago, no importó.
Entró.
Me encontró.
Me sostuvo.
Y nadó.
Lastimó su hombro.
Perdió para siempre la posibilidad de volver a hacerlo de la misma manera.
Pero me llevó hasta la orilla.
Así que yo hice una promesa que nunca tuve que decir en voz alta.
Si Capitán ya no podía nadar sobre esas aguas, yo encontraría una manera de que siguiera disfrutándolas.
Por eso tiene su embarcación.
Por eso tiene su asiento.
Por eso ya no llevo cañas.
Por eso cada vez que alguien pregunta qué hacemos dando vueltas por el lago sin pescar nada, sonrío.
Porque sí estamos haciendo algo.
Estamos aprovechando el tiempo que él me regaló.
Capitán salvó mi vida con su cuerpo.
Yo no puedo devolverle algo equivalente.
Nunca podré.
Pero mientras tenga fuerzas para ayudarlo a subir, ese perro tendrá su lugar en la parte delantera.
Mientras pueda encender el motor, tendrá sus paseos.
Mientras podamos seguir yendo juntos, seguirá mirando el agua desde su asiento.
Como un capitán.
Como un rey.
Él se ganó ese trono.
Yo solo tuve que construir el resto de nuestra vida alrededor de él.






