Eso era lo importante.
Por el momento.
La situación, sin embargo, era mala.
Los hombres habían entrado en una zona estrecha cuando una parte inestable de la ladera cedió.
Las rocas habían bloqueado el camino por el que habían llegado.
Del otro lado, las paredes del cañón se elevaban casi verticales.
Tenían algo de comida.
Pero poca agua.
Joaquín y sus hombres intentaron retirar piedras durante horas.
Era imposible hacerlo a mano.
Algunas pesaban más que una carreta.
Necesitaban ayuda.
Regresó al pueblo.
Esta vez nadie comentó lo ocurrido con las familias apaches.
Todos hablaban de los cuatro hombres atrapados.
Varios vecinos se ofrecieron para ir.
Llevaron palas, picos, cuerdas y animales.
Trabajaron desde la mañana hasta la noche.
Consiguieron mover piedras pequeñas.
Las grandes no cedieron.
—Podríamos intentar subir por el costado —dijo Eusebio.
Joaquín miró la pared.
—Es demasiado vertical.
—Quizá con cuerdas.
—Y quizá perdamos a alguien más.
Desde el otro lado, Tomás gritó que ya les quedaba poca agua.
Joaquín apretó la mandíbula.
No podía permitir que el pánico lo dominara.
—Racionen lo que tienen —gritó—. Vamos a sacarlos.
No sabía cómo.
Esa noche casi nadie durmió.
Al amanecer continuaron.
Probaron otro acceso.
Terminaba en un precipicio.
Un hombre recordó un sendero antiguo por el norte.
Lo siguieron durante horas.
No llevaba al cañón.
Al tercer día, la esperanza comenzó a convertirse en miedo.
Los hombres atrapados estaban cada vez más débiles.
Desde el pueblo enviaron más comida para los equipos de rescate.
Pero nadie encontraba una ruta.
Entonces, poco antes del mediodía, un muchacho apareció a caballo en el rancho de Joaquín.
No tendría más de quince años.
Preguntó por él.
Joaquín se acercó.
El joven señaló hacia las colinas.
—Nantan viene.
Joaquín tardó un momento en comprender.
—¿Nantan?
El muchacho asintió.
Una hora después aparecieron seis jinetes.
Nantan iba al frente.
Habían escuchado la noticia por viajeros que pasaban entre comunidades y ranchos de la región.
No llegaron con discursos.
Ni exigieron agradecimientos.
Nantan desmontó y preguntó:
—¿Dónde?
Joaquín le mostró el mapa.
Explicó la zona.
Nantan escuchó.
Después negó con la cabeza.
—Por ahí no.
Señaló una ruta más larga, al sur.
Eusebio frunció el ceño.
—Eso parece alejarse del cañón.
Nantan lo miró.
—Primero se aleja.
Luego señaló una línea entre montañas.
—Después entra por detrás.
Joaquín observó el mapa.
No había ningún camino marcado.
—¿Hay un paso?
Nantan asintió.
—Estrecho.
—¿Para caballos?
—Parte.
—¿Y el resto?
—A pie.
No hubo mucho que discutir.
Joaquín quiso ir.
Nantan se lo permitió.
Partieron con agua, cuerdas y comida.
Durante las primeras horas, Joaquín creyó varias veces que estaban siguiendo la dirección equivocada.
La ruta rodeaba completamente la sierra.
Después se internó entre lomas donde no había senderos visibles.
Al menos, no visibles para él.
Nantan y sus hombres, en cambio, se movían con seguridad.
Reconocían marcas en las rocas.
Pequeños cambios en el terreno.
Árboles aislados.
Entradas entre paredes que parecían no conducir a ninguna parte.
En un punto tuvieron que dejar los caballos.
Continuaron caminando.
El terreno se volvió más estrecho.
Joaquín comenzó a dudar.
—¿Estás seguro?
Nantan se detuvo.
—Sí.
Siguieron.
Una hora después llegaron a una pequeña abertura entre dos paredes de roca.
Al cruzarla, Joaquín escuchó algo.
Una voz.
—¡Joaquín!
Era Tomás.
Joaquín echó a correr.
Los cuatro hombres estaban sentados bajo una pared del cañón.
Mateo tenía un tobillo hinchado.
Otro peón se había lastimado una mano.
Todos estaban agotados.
Pero vivos.
Tomás miró a Nantan.
Después miró a Joaquín.
—¿Cómo llegaron?
Joaquín soltó una carcajada que terminó casi en llanto.
—Por un camino que nosotros no sabíamos que existía.
Nantan hizo una señal a sus hombres.
Repartieron agua.
No permitieron que nadie bebiera demasiado rápido.
Después sacaron comida.
Mateo tomó su cantimplora con manos temblorosas.
—Creí que no íbamos a salir.
Uno de los apaches revisó su tobillo.
Luego habló con Nantan.
—Puede caminar —tradujo Nantan—. Despacio.
Tomás bebió otro pequeño trago.
Entonces miró a Joaquín.
—¿Cuánto les debemos?
Nantan entendió la pregunta.
Joaquín iba a responder cuando él se adelantó.
—Tres barriles.
Tomás se quedó inmóvil.
Joaquín empezó a reír.
Nantan también.
La tensión se rompió.
Pero aún tenían que regresar.
El trayecto era demasiado difícil para hacerlo en una sola jornada con los hombres debilitados.
Nantan tomó otra decisión.
—Primero al agua.
Joaquín pensó que hablaba de las cantimploras.
No era así.
Los condujeron durante casi una hora por una grieta estrecha.
Al final, el terreno descendía hacia una pequeña zona de sombra entre rocas.
Allí, casi escondido, había un manantial.
No era grande.
El agua salía lentamente entre las piedras y formaba una pequeña poza.
Para Joaquín, parecía un milagro.
Mateo se arrodilló.
—¿Cómo sabían que estaba aquí?
Nantan respondió:
—Porque escuchamos a quienes caminaron antes que nosotros.
Descansaron junto al manantial.
Por primera vez en días, los cuatro peones bebieron suficiente agua.
Lavaron sus rostros.
Comieron.
Mateo se quedó mirando la pequeña corriente.
—Esto podría salvar ganado.
Joaquín lo miró.
—Primero vamos a salvarte a ti.
Regresaron al día siguiente.
Cuando el grupo apareció en las cercanías del rancho, alguien los vio desde lejos.
La noticia corrió.
Familias del pueblo comenzaron a llegar.
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