La perra salvó cinco cachorros de la inundación, pero volvió al agua porque sabía que faltaba uno

La perra ya había salvado cinco cachorros de la inundación, pero se lanzó otra vez porque sabía que todavía faltaba uno.

Cuando alcé al cachorro envuelto en una toalla, apenas se le veía la nariz por encima del agua café. Pensé que por fin podríamos sacar también a su madre.

Me equivoqué.

La perra gris forcejeó contra la cuerda que yo había sujetado a su collar y volvió la cabeza hacia una pequeña bodega casi cubierta por la corriente.

Desde dentro llegó un chillido.

Muy débil.

Duró menos de dos segundos.

Pero ella lo escuchó.

—Ya no puedes regresar —le dije mientras sujetaba su collar con ambas manos.

La perra ni siquiera me miró.

Sus ojos estaban clavados en aquella construcción.

La corriente había convertido aquel barrio a las afueras de Huauchinango, Puebla, en un laberinto de techos, ramas, muebles, láminas y objetos que antes pertenecían a casas.

Nuestra lancha no podía avanzar.

Había una cerca de alambre completamente sumergida entre nosotros y la bodega.

La perra sí podía pasar.

Se echó hacia atrás, consiguió soltarse de la cuerda y cayó otra vez al agua.

—¡No! —grité.

Ya era tarde.

La vimos desaparecer entre ramas y basura flotante.

Yo llevaba dentro de mi chamarra al primer cachorro que había rescatado.

Era negro.

Y había algo extraño en él.

No se parecía a los demás.

Pero eso lo entenderíamos mucho después.

En ese momento solo sabíamos que una madre agotada acababa de regresar a una construcción que podía venirse abajo en cualquier instante.

Mi nombre es Mariana Salgado.

Tenía cuarenta y un años y trabajaba como técnica veterinaria en una pequeña clínica de la zona. También colaboraba como voluntaria cuando había animales atrapados durante inundaciones.

Nuestro equipo era sencillo.

Una lancha de fondo plano.

Chalecos salvavidas de diferentes tamaños.

Cuerdas.

Transportadoras donadas.

Toallas viejas.

Y gente dispuesta a levantarse a cualquier hora cuando alguien decía:

—Todavía queda un animal adentro.

Aquella madrugada, Arturo Mendoza me recogió poco después de las cuatro.

Tenía cuarenta y ocho años, trabajaba dando mantenimiento en una escuela y llevaba muchos años ayudando durante emergencias.

Ya habíamos sacado a varias personas de sus casas cuando una señora mayor, envuelta en una manta, nos dio una información que cambió todo.

—Más abajo vive una mujer con su hijo —nos dijo—. Su perra acaba de tener cachorros.

—¿Cuántos?

La señora levantó seis dedos.

—Seis.

Ese número se me quedó grabado.

Llegamos hasta una vivienda pequeña cerca del arroyo.

La mitad del terreno estaba bajo el agua.

Una bicicleta roja había quedado atrapada entre las ramas de un árbol.

La puerta de la casa ya no cerraba.

Las cortinas salían por una ventana rota.

No vimos a nadie.

Gritamos.

Nada.

Entonces escuchamos un cachorro.

Detrás de la casa había una bodega de lámina donde, según la vecina, la familia había colocado a la perra y a sus crías mientras reparaban una parte del piso.

El agua cubría casi toda la puerta.

Una perra tipo pitbull, gris azulada, salió por una pequeña ventana alta.

Tenía una mancha blanca en el pecho, una cicatriz sobre el ojo derecho y un collar rojo.

De su collar colgaba una pequeña cuenta amarilla atada con un cordón azul.

Todavía no sabíamos que se llamaba Mora.

Mora nos observó durante unos segundos.

Después volvió a entrar.

Arturo intentó acercar la lancha.

Algo golpeó el casco.

Luego apareció un poste de alambre debajo del agua.

No podíamos avanzar sin arriesgarnos a quedar atrapados.

—Hay que buscar otro ángulo —dijo Daniel, otro de los voluntarios.

Entonces Mora apareció en la ventana.

Llevaba un cachorro negro entre los dientes.

No tuvimos tiempo de decidir nada.

Ella decidió por nosotros.

Saltó.

La corriente la golpeó de lado.

Durante un instante desaparecieron ella y el cachorro.

Arturo apagó el motor.

Yo me arrodillé junto al borde de la lancha.

—¡Ven!

Mora no nadó directamente hacia mí.

Buscó la parte más tranquila del agua, protegida por nuestra propia embarcación.

Nos sorprendió.

Parecía entender la corriente.

Llegó agotada.

Tomé al cachorro con ambas manos.

Estaba frío y casi no se movía.

Daniel lo envolvió en una toalla y lo colocó junto a una bolsa térmica.

Mora apoyó una pata en la lancha.

Intenté agarrarla.

Ella se apartó.

Primero acercó la nariz al cachorro negro.

Después giró.

Volvió hacia la bodega.

—Hay otro —dijo Daniel.

Yo no había escuchado nada.

Ella sí.

El segundo cachorro era color arena.

Lloró en cuanto una ola le tocó la cara.

Mora levantó la cabeza para mantenerlo fuera del agua.

La ruta que había usado la primera vez ya estaba bloqueada por una rama enorme.

Así que rodeó nuestra lancha y dejó que la corriente la acercara desde atrás.

Tomé al cachorro.

Mora tocó primero la nariz del negro.

Luego la del segundo.

Uno.

Dos.

Y regresó.

El tercero era café con blanco.

Aquella vez apareció flotando una sección completa de madera.

Arturo tuvo que mover la lancha para evitar que nos golpeara.

Mora se escondió unos segundos detrás de un poste.

Esperó.

Cuando la madera pasó, siguió nadando.

La corriente la volteó casi por completo.

Pensé que perdería al cachorro.

No lo soltó.

Enderezó el cuerpo y levantó otra vez la cabeza.

Cuando llegó hasta nosotros, sus uñas rasparon el metal de la lancha.

Recogí al cachorro.

Ella revisó al negro.

Después al color arena.

Después al café con blanco.

Uno.

Dos.

Tres.

Siempre en el mismo orden.

—El negro parece un poco mayor —dijo Daniel.

Lo examinamos rápido.

Tenía el cuerpo algo más largo y las uñas más desarrolladas.

—Quizá no sea de la misma camada —respondí.

Mora no parecía saberlo.

O quizá sí lo sabía y simplemente no le importaba.

El cuarto viaje estuvo a punto de terminar mal.

Mora salió con una cachorra gris y blanca.

Intentó apoyarse en una tabla flotante, pero la tabla giró.

Una de sus patas quedó atorada.

La perra tiró.

No soltó a la cachorra.

Arturo acercó la lancha todo lo que pudo.

Daniel lanzó una cuerda sobre las tablas y consiguió cambiar su posición.

La pata de Mora quedó libre.

Cuando llegó, dos uñas estaban partidas.

Intentó subir a la lancha.

Las patas delanteras pasaron el borde.

Las traseras quedaron colgando.

La sujeté por el pecho.

Podía sentir su corazón golpeando contra mi brazo.

—Quédate aquí —le dije.

Mora caminó sobre las toallas.

Negro.

Arena.

Café con blanco.

Gris y blanco.

Cuatro.

Luego miró hacia la bodega.

Daniel intentó cerrarle el paso.

—Tu cuerpo ya no puede más.

Mora bajó la cabeza.

Lo rodeó.

Y se lanzó por quinta vez.

El nivel del agua había subido.

La pequeña ventana estaba casi cubierta.

Ya no podía usar la tabla.

Encontró una caja de plástico flotando contra la pared y trató de impulsarse con ella.

La caja se hundió.

Mora golpeó la lámina.

Cayó al agua.

Lo intentó de nuevo.

Arturo me miró.

—Si esa bodega se mueve, tendremos que entrar.

Pero entrar significaba acercarnos a una cerca de alambre que no podíamos ver.

Mora consiguió meterse por la ventana.

Esperamos.

Treinta segundos.

Cuarenta.

Un minuto.

Escuchamos llorar a un cachorro.

Después, silencio.

Me enganché una línea de seguridad al chaleco.

Daniel aseguró el otro extremo.

Entonces apareció el hocico de Mora.

Llevaba un cachorro muy claro, con una mancha blanca sobre la frente.

Un pedazo de aislamiento estaba atorado en su collar.

La lámina le rozó la espalda al salir.

La bodega se inclinó.

—Ahora —dijo Arturo.

Mora entró al agua.

Un tanque vacío flotó entre nosotros.

Arturo movió la lancha.

La pequeña ola que produjo empujó a Mora hacia un poste.

Cambió de dirección.

El cachorro tocó el agua.

Mora lo levantó más.

Para conseguirlo, hundió su propia cara.

Nadó varios segundos sin poder ver.

Cuando volvió a sacar el hocico, tosió.

Pero mantuvo al cachorro sujeto.

Me estiré todo lo que pude.

Agarré las patas traseras del pequeño.

Mora no lo soltó.

—Ya lo tengo.

Puse la otra mano bajo su pecho.

Solo entonces abrió la boca.

Esta vez Mora no intentó regresar inmediatamente.

Se quedó junto a la lancha respirando con dificultad.

Arturo la levantó.

La perra cayó entre los cinco cachorros.

Estaba helada.

Tenía heridas en las patas.

Una pierna trasera le temblaba.

—Tenemos cinco —dijo Arturo—. Tal vez la señora se equivocó.

Mora empezó a revisar las narices.

Negro.

Arena.

Café con blanco.

Gris y blanco.

Claro.

Cinco.

Se quedó quieta.

Movió las orejas.

Desde la bodega llegó un sonido.

Rasguños.

Mora se levantó.

—No —dije.

Intentó pasar sobre mi pierna.

La agarré del collar.

La cuenta amarilla se clavó en mi pulgar.

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