Creí que mi nueva vida había empezado al subir sola a aquel tren. Pero, al volver a Zaragoza, encontré una carta de Ramiro que lo cambió todo.
Regresé de Teruel un domingo por la tarde.
Solo habían pasado dos noches, pero sentía que llevaba mucho más tiempo fuera. Quizá porque era la primera vez en treinta años que había viajado sin preocuparme por los horarios, el hambre o el humor de otra persona.
Había caminado sin prisa.
Había entrado en una pequeña tienda porque me gustó un cuenco de cerámica azul. No lo necesitaba. Tampoco combinaba con nada de mi cocina.
Lo compré de todos modos.
Durante mucho tiempo, cada objeto que entraba en casa tenía que ser útil o recibir la aprobación de Ramiro.
Aquel cuenco no servía para gran cosa.
Por eso me encantaba.
Cuando abrí la puerta del piso, encontré un sobre en el suelo.
Reconocí la letra de Ramiro antes de agacharme.
Había escrito mi nombre con esa caligrafía inclinada que usaba cuando quería parecer tranquilo. Durante años había dejado notas parecidas junto al teléfono.
“Comprar leche.”
“Llevar abrigo a la tintorería.”
“Llamar al taller.”
Aquella vez solo decía:
“Para Berta.”
Dejé la maleta en el pasillo y puse el sobre sobre la mesa.
No lo abrí.
Saqué la ropa, coloqué el cuenco azul junto a la cafetera y me preparé una tortilla pequeña para cenar.
El sobre siguió allí.
Lo miré mientras comía.
Después lo llevé al dormitorio y lo guardé en el cajón de la mesita.
No quería que Ramiro volviera a entrar en mi vida en cuanto yo regresara de descubrir la mía.
A la mañana siguiente me desperté temprano.
Por costumbre, estiré el brazo hacia el lado vacío de la cama. Ya no me dolió como las primeras semanas, pero todavía había momentos en los que mi cuerpo recordaba una vida que mi cabeza intentaba dejar atrás.
Me levanté, abrí la ventana y escuché el ruido de los coches en la calle.
Zaragoza seguía exactamente igual.
Yo no.
Me preparé café y lo bebí en el salón, junto a la planta que había puesto donde antes estaba el sillón de Ramiro.
Entonces me acordé de algo que llevaba años prometiéndome.
El taller de cerámica.
Busqué información y encontré uno cerca de casa. Las clases eran los martes y jueves por la tarde.
El precio no era barato, pero tampoco imposible.
Mi primer impulso fue pensar en todo lo que podía comprar con ese dinero.
Después recordé cuántas veces había renunciado a algo para que Ramiro tuviera una camisa nueva, un teléfono mejor o una cena con sus compañeros.
Llamé antes de cambiar de opinión.
—¿Qué experiencia tienes? —me preguntó una mujer al otro lado.
—Ninguna.
—Perfecto. Así no tendrás malos hábitos.
Me reí.
Hacía tiempo que una desconocida no me hacía sentir tan bienvenida.
El martes llegué diez minutos antes.
El taller olía a tierra húmeda y café. Había estanterías llenas de tazas torcidas, jarrones de colores y platos que no eran perfectamente redondos.
La mujer que me había atendido por teléfono se llamaba Pilar.
Tendría unos sesenta años y llevaba el cabello recogido con un lápiz. Tenía barro seco en las mangas y una forma directa de hablar que me gustó desde el primer momento.
—Tú eres Berta, la de los malos hábitos que todavía no existen.
—Esa misma.
Me presentó a los demás.
Éramos siete personas. Algunas llevaban años allí. Otras, como yo, apenas sabían cómo tocar el barro sin destrozarlo.
Me senté delante de una porción gris y fría.
Pilar nos pidió que hiciéramos un cuenco.
Pensé que sería sencillo.
No lo fue.
El barro se me pegó a los dedos. Cuando intentaba levantar un lado, el otro se hundía. La primera pieza parecía un cenicero aplastado.
Miré las manos de mis compañeros.
Las suyas se movían con seguridad.
Las mías temblaban.
—No soy buena en esto —dije.
Pilar se acercó y observó mi desastre.
—Todavía no.
Aquellas dos palabras me acompañaron durante toda la tarde.
Todavía no.
No sabía hacer cerámica todavía.
No sabía viajar sola todavía.
No sabía vivir sin pedir permiso todavía.
Pero podía aprender.
Al llegar a casa, tenía barro debajo de las uñas y una mancha en la blusa.
Sonreí al verme en el espejo.
Durante años, mis manos habían olido a detergente, comida o crema para planchar.
Aquella noche olían a tierra.
El sobre de Ramiro seguía en el cajón.
Pasaron cuatro días antes de que lo abriera.
Me senté en la cama y respiré hondo.
La carta empezaba con una disculpa.
Ramiro decía que había pensado mucho desde nuestra última conversación. Reconocía que lo que había hecho era cobarde y que había confundido la comodidad con el amor.
También admitía que durante años había dado por sentado todo lo que yo hacía.
Leí esa parte dos veces.
Había esperado oír aquellas palabras durante tanto tiempo que, al encontrarlas por fin, no sentí la alegría que imaginaba.
Solo cansancio.
Ramiro escribía que las cosas con Iria habían terminado.
No explicaba demasiado. Decía que ambos habían descubierto que querían vidas diferentes.
Después venía la frase que yo temía.
“Me gustaría volver a casa.”
Cerré los ojos.
Durante unos segundos vi nuestra antigua vida como una habitación a la que todavía podía regresar.
La mesa puesta para dos.
Sus zapatos en la entrada.
La radio encendida mientras yo planchaba.
Ramiro sentado en el salón, preguntándome qué había para cenar.
Era una vida conocida.
Y lo conocido puede parecer seguro incluso cuando te hace pequeña.
La carta terminaba así:
“Sé que no puedo pedirte que olvides lo ocurrido. Solo quiero que me des la oportunidad de demostrarte que puedo cambiar.”
Doblé las hojas y volví a guardarlas en el sobre.
No respondí aquel día.
Tampoco al siguiente.
Fui a mi clase de cerámica y empecé otro cuenco.
Esta vez quedó un poco más alto.
Seguía siendo irregular, pero se sostenía.
—Está torcido —dije.
—Tú también estabas torcida el primer día y aquí sigues —respondió Pilar.
La miré sorprendida.
Ella soltó una carcajada.
—No te estoy llamando torcida de aspecto. Hablo de aquí.
Se tocó el pecho.
No le había contado toda mi historia.
Solo sabía que mi marido se había marchado y que yo estaba empezando de nuevo.
Pilar limpiaba una herramienta cuando añadió:
—A veces pensamos que rehacer algo significa dejarlo como estaba. Pero no siempre merece la pena recuperar la forma antigua.
Miré mi cuenco.
Tenía una pequeña curva en un lado.
Por primera vez, no intenté corregirla.
Una semana después, Ramiro me llamó.
Dejé sonar el teléfono tres veces antes de contestar.
—Hola, Berta.
Su voz ya no sonaba segura.
—Hola.
—¿Has leído mi carta?
—Sí.
Hubo un silencio.
Antes, yo habría intentado llenarlo. Habría hecho una pregunta, cambiado de tema o dicho algo para que él se sintiera más cómodo.
Aquella vez esperé.
—Quería saber qué piensas —dijo al fin.
—Pienso que deberías haberlo entendido antes de marcharte.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Me sorprendió la calma de mi propia voz.
No estaba gritando. No quería castigarlo.
Solo estaba diciendo la verdad.
—Cuando te fuiste —continué—, no solo me dejaste por otra mujer. Me dejaste después de años en los que yo ya me sentía sola a tu lado.
—Podemos arreglarlo.
—¿Qué quieres arreglar, Ramiro?
No respondió.
—¿Me echas de menos a mí? —pregunté—. ¿O echas de menos tu antigua vida?
—Te echo de menos.
Quise creerle.
Treinta años crean reflejos difíciles de romper.
—Dime tres cosas que eches de menos de mí y que no tengan que ver con lo que hacía por ti.
El silencio duró tanto que aparté el teléfono de la oreja para comprobar que la llamada seguía conectada.
—Tu forma de reír —dijo finalmente.
Esperé.
—Cómo te emocionas con las películas antiguas.
Volvió a callarse.
—Y… cuando bailabas en la cocina.
Sentí una presión en la garganta.
Yo había dejado de bailar en la cocina muchos años atrás.
Ramiro lo recordaba.
Pero no había notado cuándo dejé de hacerlo.
—No voy a volver contigo —dije.
Al otro lado escuché su respiración.
—¿Hay otra persona?
La pregunta me enfadó.
No porque fuera cruel, sino porque demostraba que todavía no entendía.
—Sí —respondí—. Hay otra persona.
—¿Quién?
—Yo.
Ramiro no dijo nada.
—Estoy intentando conocerme —añadí—. Y no pienso abandonarme otra vez para que tú no te sientas solo.
Terminamos la llamada sin insultos.
Él dijo que lo entendía.
Yo sabía que todavía no, pero quizá algún día lo haría.
Durante las semanas siguientes, mi vida empezó a llenarse de pequeñas cosas.
Los martes y jueves iba al taller.
Los sábados caminaba por barrios de Zaragoza que conocía de nombre, pero nunca había recorrido sin prisa.
Una tarde entré sola al cine.
Compré una entrada para una película que Ramiro habría llamado aburrida. Me senté en el centro de la sala con una bolsa pequeña de palomitas.
Al principio me preocupó que alguien pensara que me habían dejado plantada.
Después miré alrededor.
Nadie me prestaba atención.
La gente estaba demasiado ocupada viviendo su propia vida.
Me reí de mí misma.
Había renunciado durante años a cosas que deseaba por miedo a opiniones que probablemente nunca existieron.
Al salir del cine, llovía.
No llevaba paraguas.
En lugar de enfadarme, caminé despacio bajo la lluvia. Llegué a casa con el pelo pegado a la frente y los zapatos mojados.
Me preparé una sopa caliente.
Fue una noche sencilla.
También fue una de las mejores que recordaba.
Mi perfil en la aplicación de citas seguía abierto.
Respondí a algunos mensajes.
La mayoría de las conversaciones terminaban después de unas pocas frases. Unos hombres hablaban demasiado de sí mismos. Otros preguntaban enseguida si vivía sola o si cocinaba bien.
Esas preguntas me hacían cerrar la conversación.
No había dejado de planchar las camisas de Ramiro para empezar a planchar las de un desconocido.
Un domingo recibí un mensaje diferente.
Se llamaba Andrés y tenía cincuenta y nueve años.
No empezó hablando de mi aspecto.
Me preguntó por el cuenco azul que aparecía detrás de mí en una de mis fotografías.
Le conté que lo había comprado en Teruel.
Él respondió que parecía hecho por alguien que no buscaba la perfección.
Aquello me hizo gracia.
Hablamos durante varias semanas.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






