La Mañana de Mi Boda Los Encontré Juntos, y Convertí la Traición en Libertad Pública

Dicen que el día de tu boda es el más feliz de tu vida.

No te dicen que también puede ser el día en que todo lo que creías firme se vuelve ceniza delante de tus ojos, mientras tú sigues ahí, vestida de blanco, intentando entender en qué momento tu vida se partió en dos.

Me llamo Alba, y esta es la historia de cómo descubrí que las dos personas en las que más confiaba —mi prometido y mi mejor amiga— llevaban meses mintiéndome a la cara.

Pero, sobre todo, esta es la historia de lo que hice después.

Hay quien lo llama venganza. Yo lo llamo justicia.

Tres meses antes de aquel día, yo pensaba que lo tenía todo bastante claro.

Tenía 28 años, trabajaba como maestra de infantil en un pueblo pequeño del interior al que todo el mundo llama “pueblo” aunque tenga su ayuntamiento, su plaza y su vida propia. En mi caso, nuestro pueblo se llama Villaverde del Ríonn —un lugar donde la gente aún se saluda por la calle y donde las noticias corren más deprisa que los coches.

Cada mañana me despertaba en el piso acogedor que compartía con mi prometido, Mateo, y sentía ese calorcito en el pecho que te hace pensar: vale, estoy en el lugar correcto.

Mateo y yo llevábamos cuatro años juntos. Estábamos prometidos desde hacía uno. Y la boda estaba puesta para el 15 de junio. Un sábado de verano. Sol. Jardín. Flores blancas. Eso que una imagina cuando cierra los ojos y se permite soñar un poquito.

Mateo trabajaba en la empresa de reformas de su padre. Era alto, de espalda ancha, con el pelo castaño claro siempre un poco revuelto y unos ojos verdes que se le arrugaban cuando sonreía. La gente decía que hacíamos buena pareja. “La pareja perfecta”, decían algunos, como si las personas fueran escaparates.

—Qué suerte tienes, Alba —me repetían algunas madres en la puerta del cole, cuando venían a recoger a los niños—. Ese chico es un partidazo.

Y luego miraban el anillo.

No era enorme, ni de revista. Era bonito. Sencillo. Pero tenía ese brillo que yo miraba a veces en clase, mientras los niños pintaban, y pensaba: esto es real.

Yo me lo creía. Me creía la historia completa.

Mi “dama de honor” —sé que aquí no se lleva tanto eso como en las películas, pero nosotras lo hicimos a nuestra manera— era Noelia, mi mejor amiga desde que teníamos siete años.

Noelia era de esas personas que entran en un sitio y el sitio cambia un poco. Tenía el pelo negro largo, siempre como peinado sin esfuerzo, y una risa que se escuchaba desde la otra punta de la plaza. Los hombres giraban la cabeza cuando pasaba, sí… pero para mí eso nunca fue importante. Para mí, Noelia era mi persona.

La que me sujetó el pelo cuando pillé una gastroenteritis de adolescente. La que se quedó despierta conmigo la noche antes de unas oposiciones, repasando hasta que nos ardían los ojos. La que lloró más que yo cuando murió mi abuela, porque mi abuela también la quería a ella.

Cuando Mateo me pidió matrimonio, Noelia fue la primera a la que llamé.

—¡No me lo creo! —gritó por teléfono—. ¡Alba, me muero! ¡Soy tan feliz por ti!

Y se lanzó a organizar la boda con una energía que parecía que la boda fuera suya.

Me ayudó a elegir el sitio: una finca preciosa a las afueras, La del Arro, una casa antigua con jardín, árboles altos y una carpa blanca para el banquete. Fue con nosotras a probar tartas. Se sentó conmigo a elegir flores. Me ayudó a escribir invitaciones porque mi letra, comparada con la suya, parecía la de un niño de tres años.

—Te mereces esto —me decía, apretándome la mano cuando yo me agobiaba con los presupuestos y los detalles—. Eres la persona más buena que conozco, Alba.

—Mateo tiene una suerte que no se la cree.

Y yo confiaba. Confianza ciega. Confianza de las que te dan paz.

Los días antes de la boda pasaron como pasan las semanas cuando estás a mil cosas: pruebas de vestido, llamadas, mensajes, “¿dónde se sienta tu primo?”, “¿qué hacemos con el tío que no se habla con la tía?”. Lo típico.

Mi familia estaba como loca, pero de ilusión.

Mi madre lloraba cada vez que veía el vestido colgado en el armario, como si el vestido fuera una persona.

Mi padre practicaba el discurso delante del espejo cuando pensaba que nadie lo veía, con ese tono serio que le sale cuando se emociona y no quiere que se note.

Y mi hermano pequeño, Javi, iba por la casa haciendo bromas:

—Alba, si te arrepientes, yo puedo entrar en la finca y gritar “¡que no se case!” y lo salvamos todo.

Yo le tiraba un cojín y nos reíamos.

También vino mi tía abuela Rosario, que para mí siempre fue “la tía Rosi”. Tenía 83 años y una mirada de esas que parece que te quita las excusas sin levantar la voz. Había estado casada más de cincuenta años. Decía las cosas sin adornos.

La noche antes de la boda, mientras mi madre iba y venía con bolsas y mi padre revisaba por enésima vez la lista de cosas, la tía Rosi se sentó conmigo en mi antigua habitación, la de mi adolescencia, y me cogió las manos.

—El matrimonio no es el día de la boda, niña —me dijo—. Es el día después. Y el siguiente. Y el siguiente.

—Es elegir a alguien cuando estás cansada, cuando la vida aprieta, cuando ya no hay flores ni fotos.

Me miró fija.

—Asegúrate de que tú eliges a alguien que también te elige a ti.

Yo asentí convencida, porque en aquel momento yo creía que lo sabía.

Mateo y yo habíamos pasado cosas. Habíamos estado con su padre cuando se puso malo. Habíamos contado monedas cuando yo encadenaba contratos cortos en el cole. Habíamos ahorrado para un futuro que imaginábamos.

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