La Mañana de Mi Boda Los Encontré Juntos, y Convertí la Traición en Libertad Pública

Éramos sólidos. O eso pensaba.

Me dormí con una sonrisa, soñando con caminar hacia él.

El 15 de junio amaneció luminoso, con una brisa suave que parecía hecha a propósito.

Yo había dormido en casa de mis padres, “por tradición”, ya sabes. Eso de que el novio y la novia no se ven antes. A mí me parecía un poco tonto, pero también bonito. Un ritual.

Me desperté con la luz entrando por las cortinas de encaje que mi madre colgó cuando yo tenía doce años. Durante un segundo me sentí como una niña de nuevo.

Luego recordé.

Hoy me caso.

El ruido en la casa era el de una película: puertas, voces, platos, secador de pelo, alguien buscando algo que “estaba aquí hace un momento”.

Mi madre en la cocina, seguro que haciendo comida como si viniera medio pueblo a comer a casa. Mi padre al teléfono, con su “voz de resolver problemas”. Javi cantando en la ducha, desafinando como siempre.

Mi móvil vibró en la mesita.

Mensaje de Mateo:

“Buenos días, preciosa. Deseando verte. Te quiero.”

Yo sonreí y escribí:

“Yo también. Nos vemos en el altar, marido.”

Otro mensaje. Noelia.

“Día de boda. No he dormido de la emoción. Me están peinando. Luego voy a tu casa y te dejo perfecta. Va a salir todo redondo.”

Me dejé llevar por el torbellino.

Llegó la fotógrafa. Me maquillaron. Me hicieron el recogido. Mis amigas —Noelia, mi prima Clara y la hermana de Mateo, Irene— iban dando vueltas a mi alrededor como si yo fuera una pieza frágil.

El vestido era exactamente lo que yo quería: sencillo, elegante, con mangas de encaje y una falda que caía suave, sin exageración. Cuando me miré al espejo, me vi guapa, sí, pero sobre todo me vi… feliz.

—Hija —susurró mi madre, con los ojos ya brillantes—. Estás radiante.

La tía Rosi estaba sentada en un rincón, observándolo todo con calma. Cuando nuestras miradas se cruzaron en el espejo, sonrió… pero hubo algo en su expresión, una sombra mínima, que me hizo dudar un segundo.

Fue tan rápido que pensé que me lo inventé.

A mediodía salimos hacia la finca.

La ceremonia era a las dos. Las fotos empezaban a la una. Íbamos bien de tiempo. Todo estaba encajando.

La finca parecía un cuento. Rosas blancas, paniculata, la carpa impoluta, las sillas alineadas mirando hacia un cenador adornado con telas ligeras. Había un olor a hierba recién regada que me llenó el pecho.

—Es perfecto —dije, casi sin voz.

—Tú estás perfecta —me dijo Noelia, apretándome el brazo—. Mateo se va a quedar tonto cuando te vea.

Nos quedaba una hora.

Me llevaron a la “suite” de la novia, una habitación bonita dentro de la casa principal, para retocar el pintalabios y respirar un poco. La fotógrafa estaba con el novio y los amigos en otro edificio cercano.

Yo me senté un segundo sola, con las manos en el regazo, pensando en Mateo.

¿Estaría nervioso?

¿Estaría emocionado?

¿Sentiría esa certeza que yo sentía, como si todo nos hubiese llevado allí?

A la una y media, Noelia dijo que iba a revisar que las flores estuvieran bien, que los músicos estuvieran colocados.

—Vuelvo en cinco minutos —prometió—. Ni se te ocurra comerte el pintalabios mientras no estoy.

A la una cuarenta y cinco sonó mi móvil.

Era Lidia, la coordinadora de la boda.

—Alba, cielo… tenemos un pequeño asunto —dijo, con esa voz controlada de la gente que intenta no alarmar.

—¿Qué pasa?

—Mateo va un poquito tarde. Nada grave, seguro. Solo quería avisarte.

Sentí un aleteo en el estómago.

—¿Tarde? Mateo nunca llega tarde. ¿Ha pasado algo?

—Seguro que tráfico o nervios. Vamos a retrasar quince minutos, ya está.

Colgué intentando calmarme.

“Es normal”, me repetí. “Las bodas nunca empiezan a la hora.”

A las dos en punto, Lidia volvió a llamar.

—Alba… vamos a necesitar retrasar un poquito más. No conseguimos localizar a Mateo. Su móvil no da señal.

Mi estómago dejó de aletear. Se convirtió en un nudo.

—¿Cómo que no lo localizáis? ¿Dónde está su mejor amigo? ¿Dónde está su padre?

—Están aquí, buscándolo. Tranquila. Tiene que haber una explicación.

Intenté llamar a Mateo. Buzón de voz.

Le escribí. Nada.

Me giré hacia Clara, que estaba de pie cerca, con cara de susto.

—¿Dónde está Noelia?

Clara tragó saliva.

—Se fue hace… veinte minutos. Y… no ha vuelto.

Mi pecho se apretó.

Llamé a Noelia.

Buzón de voz.

Una vez. Dos. Tres.

Nada.

A las dos y cuarto, oí el murmullo de la gente fuera, esa mezcla de confusión y “¿qué está pasando?”. Mis padres aparecieron en la puerta. Mi madre ya tenía los ojos rojos. Mi padre estaba serio, pero se le veía la rabia contenida.

—Cariño —dijo él—, lo vamos a arreglar. Tiene que ser un malentendido.

Pero yo ya estaba uniendo puntos. Punto tras punto. Y la imagen que se formaba en mi cabeza era una imagen que yo no quería mirar.

Mateo desaparecido.

Noelia desaparecida.

Los dos sin contestar.

El día de mi boda.

—El hotel —dije de pronto, como si alguien me hubiera empujado la palabra desde dentro—. Mateo se quedó en el hotel del pueblo anoche… por la tontería esa de no ver a la novia.

Mi madre me agarró el brazo.

—Alba, quizá… quizá es mejor esperar.

—No —dije, y mi propia voz me sorprendió. Sonó más firme de lo que me sentía—. Tengo que saber dónde está.

Me recogí la falda con las manos y eché a andar.

Mi familia vino detrás. Y, a mi lado, apareció la tía Rosi, moviéndose con una rapidez que no le conocía.

—Voy contigo —dijo.

—No hace falta, tía.

—Sí hace falta, niña. Yo ya he visto muchas cosas en esta vida. Y cuando algo huele mal… es porque huele mal.

El hotel estaba a cinco minutos en coche.

A mí me pareció una hora.

Yo miraba por la ventanilla como si el pueblo se hubiese vuelto un decorado extraño. Las manos me temblaban. Intentaba pensar en explicaciones inocentes.

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